Perdí el Ángel

¡Coño, Angelito! Qué bueno que viniste. Siéntate…

Mi hermano: uno a veces se cree tan hombre, tan caballón, que se piensa que estas cosas no le van a pasar. No es que me haya creído superior toda la vida; es que cuando estás joven, fuerte, hiciste tu familia y tienes ganas de comerte el mundo, estas cosas te parecen que son para los demás, no para ti.

El cangrejo, Angelito. La enfermedad que hace que te duela vivir, no importa por dónde ni cuándo te coja. Que Dios me perdone, pero si tengo que llegar al punto de degenerarme como tanta gente que he visto, prefiero que me explote la mondonguera y quedar ahí. No soportaría ver a Gladis y a Gladita aguantando mi peste a meao. Voy a ponerme los sueros por ellas. Si por mí fuera, no hago ni cohete: me iría a una cueva, donde nadie me vea, y esperaría mi día pacientemente, que ojalá y llegara rápido. Pero no puedo. De cualquier manera, quiero que me vean “luchar” (así, entre comillas), porque es lo único que va a aliviar algo lo mal que la están pasando. Es el último buchito de alegría que les voy a dar antes de morirme.     

En fin…

Le mandé a decir a tu mujer que quería verte con urgencia, porque tengo miedo de que se me quite la idea de contarte lo que te quiero contar. Esto no lo sabe más nadie. Llévatelo a la tumba, por favor. Es lo más feo y horrible que me pasó en la vida…

(Estoy orgulloso de ti, mi tocayo. Me hace feliz haber contribuido a eso. Eres tremendo padre, tremendo esposo y el mejor rastrero que he visto en mi vida. No le des el lujo a nadie de verte fallar).

Tú sabes que soy fundador de la Seguridad

A mí la Revolución me volvió loco. Aquello me pareció una película de acción: gente que bajó de la Sierra y eran como los cowboys pero vestidos de verde olivo, con collares de caracoles y armas largas en vez de revólveres. Para mí era indiscutible que venían a traer justicia a esta tierra. Con esas sonrisas y ese entusiasmo, creo que en aquel momento nadie pensaba otra cosa. 

Tenía 13 años en el 59, por supuesto que no podía haber formado parte de eso, pero apenas tuve la oportunidad me sumé, dispuesto a hacer lo que fuera. Como mi sueño de niño era ser un cowboy, me parecía que tenía todo el sentido del mundo unirme a quienes estaban haciendo la Revolución.

Mi tío, que había sido del DR y simpatizaba con el PSP, fue captado desde el principio para fundar lo que fue luego el DSE. Yo le insistía mucho para que me metiera a trabajar con él, aunque no entendía muy bien qué era lo que hacía. Al principio nunca me dio bola, pero a los pocos años parece que hizo falta alguien específico, y mi perfil encajaba perfectamente.

Yo todavía no tenía ni 20 años, pero era un muchacho muy correcto, me expresaba bien, conocía de un montón de cosas, leía mucho y, como crecí al doblar de un solar, sabía pegar duro en el mentón y todo el mundo me respetaba en el barrio, a pesar de no ser un guaposo. Nunca me interesó entrar a la universidad, porque tenía la idea fija de integrarme al trabajo operativo de la Revolución. Esa fue una lucha grande con la vieja, pero ella fue entendiendo. 

Un buen día mi tío me llevó a ver a su gente, y ellos se quedaron encantados conmigo. Alguien tan bien preparado, y tan discreto, tenía las de ganar. Ahí fue que me dieron aquellas primeras, pequeñas misiones.

Al principio lo único que tenía que hacer era sentarme en el Paseo del Prado, o en otros parques, y hacer como si estuviera leyendo; pero en verdad lo que hacía era espiar a ciertas personas, a través de unas fotos que me daban. Los tenía que identificar y llevar un registro: a qué hora los había visto pasar, cuántas veces, si andaban acompañados, etc.

Una vez fue más complicado. Tuve que hacerme pasar por un seminarista junto a otro agente más experimentado que iba disfrazado de sacerdote. Hicimos varios movimientos por el Vedado. De pronto la cosa se puso tensa. Fue la primera y única vez que he visto a un sacerdote sacar un arma y secuestrar a un tipo como si fuera un mafioso. Yo ni sabía que eso iba a pasar. Fue tan discreto todo que no llamó la atención: le sacó el arma, al hombre se le pusieron los huevos en la garganta, ya el carro estaba parqueado junto a él, el cura abrió la puerta, entraron y desaparecieron. La misión fue un éxito. Nunca supe qué pasó con aquel hombre. Me quedé loco aquel día.

Después de eso, parece que vieron que mi potencial era real, e hice otro par de misiones parecidas. Participé en cosas muy extrañas. No me dieron un arma hasta mucho después que empecé el entrenamiento: tuve que estudiar mucho, aprender idiomas, ir a la RDA y prepararme física y mentalmente. Era como una especie de agente 007, para que me entiendas.

Pero antes, a inicios de diciembre de 1964, llegaron a La Habana varios barcos procedentes Europa, con artistas e intelectuales que regresaban de becas que el gobierno revolucionario les había otorgado. El teniente Ichaso nos explicó en una reunión que los “asesores” del DSE sugerían ser rigurosos y vigilar de cerca a los “invertidos” (así se les llamaba a los homosexuales entonces), porque eran muy sensibles a las manipulaciones:

“Como son personas diferentes, y que toda la vida han sido repudiadas por ser diferentes, se van con la de trapo muy fácil y quieren marcar la diferencia a toda costa. Es su naturaleza. Personas de este tipo van a abrazar la contrarrevolución, van a oponerse a nosotros por el simple hecho de que los criticamos y los queremos corregir, aunque sea por su bien. Nosotros sabemos que no todos son así, pero no nos podemos arriesgar. Hay que hacer un buen trabajo, y ya la Revolución está en eso”. 

Algo así nos dijo.

Mi trabajo, como el de otros agentes, iba a ser infiltrarme en uno de esos barcos, vestido de marinero, y “avisarles” (así, entre comillas) a algunas de esas personas que estaban regresando a Cuba, que se comentaba que la Revolución tenía un plan para que toda la gente diferente también se integrara. Dejarles caer eso en una conversación normal. 

Aquel plan era una unidad militar a la que fueron a parar los muchachos, casi como si fuera el servicio militar obligatorio. Muchos lo han llamado campos de concentración. Me molestaba mucho, pero hoy pienso que los que dicen eso tal vez tengan razón.  

El día señalado me llevaron hasta el barco en una lancha, como a otros agentes a otras embarcaciones, y me infiltré como marinero. El procedimiento fue el clásico: la foto. 

Se le veía una cara de loquito y de simpático. No fue difícil de encontrar; cuando lo vi a lo lejos, no tuve ni que volver a mirar la foto. Estaba recostado a la baranda de cubierta, con la mirada perdida; parecía que en cualquier momento iba a empezar a reír o a llorar. Hacía pequeñas muequitas. Se quedaba mirando al cielo cada dos segundos. De pronto empezó a tirarle unas cosas pequeñitas a unas gaviotas. Pensé que podían ser piedrecitas, o a lo mejor algo de comer. El caso es que ese fue el momento en que vi la oportunidad de acercarme y sacarle conversación.

Me acerqué y le dije sonriendo: “Oye, no quieras matar a los pobres pájaros, que no tienen la culpa”. Él me miró y se le dibujó una sonrisa en el rostro. Los ojos se le pusieron vidriosos. Estaba delante de un hombre que yo calculaba como de unos treinta años, pero con cara de niño. Me transmitió mucha paz, te lo confieso, nunca lo olvidaré, pero a la misma vez había algo de tragedia en esa mirada. 

Se quedó callado unos segundos y me dijo: “Para nada. Es comida lo que les estoy tirando. A ver si en recompensa me traen un poco de café de verdad, que el de aquí del barco no me gusta nada. Llevo años sin tomarme un café de verdad, como el de Cuba. ¿Tú tomas café?” 

“No”, le dije yo, “si tomo café no duermo. Aunque a veces me tengo que quedar despierto toda la noche cuando me toca la guardia. Pero prefiero hacerlo a consciencia y no por tener ese hábito”. 

“Pues haces bien”, dijo. “Lo mejor es acostumbrarse desde joven a no crear dependencias… Yo, por ejemplo, dependo de muchas cosas y de mucha gente… Eso a veces es doloroso”.

“¿En qué sentido?”, le pregunté. 

“Cuando haces algo para ganarte la vida, y la función de eso es que la gente lo mire, corres un riesgo. A la gente a veces no le gusta lo que ve, entonces te echan la culpa de ese malestar. Por el contrario, si les gusta lo que ven, entonces te exigen que lo hagas cada vez que ellos quieran, y a la hora que ellos entiendan. Es una tragedia”. 

Me dejó pensando. Entonces le dije: “Eso tiene una sola solución. Tienes que hacer esas cosas olvidándote de lo que vayan a pensar los demás”.

“Es verdad… Pero es que desde que nací siento que todo el mundo está pendiente de lo que yo hago, para ver si lo estoy haciendo bien o mal. Y mira que siempre he tratado de no llamar la atención, soy bueno en eso”. 

Ahí fue cuando vi la oportunidad y le dije: “Pero a veces la gente se preocupa por lo que hacemos porque creen que podemos ser mejores. Así me hice yo marino. Si alguien no hubiera querido que yo fuera mejor, a lo mejor no estaría aquí ahora. Por ejemplo, me han dicho que la Revolución se está ocupando ahora mismo de que la gente que es diferente, la gente que aparentemente es incompatible con la Revolución, cambie para bien. La Revolución necesita que todos la impulsemos. Si no fuera así, a lo mejor nunca hubiera llegado hasta aquí, ni tú tampoco”.

“Tú pareces un filósofo y no un marinero”, me dijo y nos entró tremenda risotada. “Parece que es verdad, ¿no?”, me preguntó de pronto cuando paramos de reír. Me cogió un poco desprevenido. Pero cuando me disponía a responderle, habló él primero: “Efectivamente. Las revoluciones hacen que uno sea más de lo que pensaba que podía ser. Yo lo sé porque se supone que este no es mi lugar, pero mírame aquí. ¿Será que la Revolución me cambió lo suficiente como para esto? Seguro que sí. Yo cambié lo que pude, nada más que lo que pude”. 

De pronto sonrió, y a la misma vez salió una lágrima de su ojo, como un torrente. Me conmovió, pero me comporté como si verlo llorar fuera lo más normal del mundo. Los nervios me dieron por eso. Hice como que me estaban llamando, me excusé y lo dejé ahí. Al rato me vinieron a buscar, me monté en la lancha y volví a tierra. 

Así terminó esa misión, en la que pensaba a cada rato. Nunca olvidé a aquel hombre.

Luego, como tú sabes, me hice oficial del Ministerio del Interior. Tuve que trabajar mucho, como te dije. Hice mi familia. Viste nacer a Gladita. Me llevo bien con todo el mundo y todo el mundo me teme o me respeta un poco, porque saben que soy del Aparato. Así transcurrió mi vida normalmente, hasta un día.

Hace unos años estaba de vacaciones, me fui a la casa de Santa María del Mar con Gladis y Gladita, como siempre hicimos religiosamente, a la misma casa que te ibas con nosotros antes de empatarte con tu esposa… ¡Mira que gozábamos! 

Esa vez invité a una parejita de amigos de Gladita, y al novio. La pasamos superbien. Aunque íbamos de vacaciones, Gladita me pidió que llevara la computadora porque quería trabajar, cada vez que tuviera chance, en un proyecto que estaba armando. Estaba recién graduada de Historia del Arte. Una noche todo el mundo se quedó dormido temprano, el novio, los amigos de Gladita y Gladis, por supuesto. Esa no tiene resistencia a la cerveza, a pesar de que le encanta

Después del partido de dominó que echábamos cada noche, todos se fueron a dormir. Como mi hija no tenía sueño, ni yo tampoco, aprovechamos y nos quedamos casi toda la noche despiertos, conversando y dándonos cariño sin que nadie nos molestara. Esa niña es lo mejor que me ha pasado. Le hablé un poco del trabajo. Me hizo un montón de preguntas que yo traté de responderle sin darle mucha luz, porque no puedo. Ella lo sabe, pero es mi hija y me manipula un poco. Yo también me dejo manipular, eso es parte del amor. 

Discutimos de política, como siempre, pero de manera respetuosa. No pensamos igual, pero yo la enseñé desde chiquita a defender sus criterios; nuestras diferencias son otra cosa. Aunque me duele, considero que no tiene que pensar igual que yo. Ella es de otra generación, vio otras cosas, tiene que ser diferente.

De pronto empecé a preguntarle por el dichoso proyecto en el que estaba trabajando; a veces nos íbamos todos para la playa y ella se quedaba en el cuarto escribiendo. Me dijo que se trataba de una exposición de un pintor ya fallecido. Aquel año se cumplía un aniversario cerrado de su muerte. Fuimos a la computadora y me enseñó fotos de sus pinturas. 

Yo no sé mucho de esas cosas, pero la verdad es que esas imágenes me llegaron. Aquellas pinturas estaban llenas de cosas raras, objetos inanimados que, de alguna forma, parecían tener vida. Me embullé y me puse a jugar al crítico de arte con mi hija, a hacer interpretaciones de aquellos cuadros… Nos reímos como un par de bobos. Le dije que aquel pintor hacía que esas cosas hablaran, que hablaran de sus miedos.

La conversación nos llevó a hablar del pintor en cuestión, de su vida. Me dijo que mucha gente creía que había sido guagüero antes de la Revolución, pero en realidad solo había trabajado en un paradero. Venía de una familia pobre. Era un hombre solitario, con la autoestima un poco baja; él mismo no creía que podía llegar a ser un artista importante. En su familia, casi todos terminaron enfermos de los nervios. Había estudiado en San Alejandro por las noches, en curso para trabajadores, y sus pinturas llamaron la atención de los especialistas desde los primeros años de la Revolución; tanto, que terminó yendo a Holanda con una beca. 

Cuando me dijo eso empecé a sentirme mal, como cuando tienes un disgusto o un mal presentimiento. Pero no le di importancia y seguí con mi trago a la roca.

“¿Y cómo era?”, le pregunté. 

“Mira, te voy a enseñar una foto… Creo que está en la otra carpeta…”. 

Abrió una foto y lo vi. Nada más ver esa cara empecé a sudar. Por suerte ella no se dio cuenta. 

Me dijo: “Cuando vayamos al Museo de Bellas Artes (que te voy a llevar, para que veas que sus pinturas son mucho más impresionantes cuando las ves en persona), verás que en las fichas técnicas de cada obra dice: “La Habana, 1932-Desaparecido en el mar, 1964”. Se tiró al mar desde el barco en que regresaba de Ámsterdam a La Habana. Dicen que la primera vez que lo intentó, lograron impedir que se lanzara. Lo encerraron en un camarote. Cuando alguien encargado pasó a darle una vuelta, encontró la puerta del camarote abierta y él no estaba. No lo volvieron a ver, por mucho que lo buscaron por toda la embarcación. Se asume que se tiró. No he dejado de pensar en eso, papi. Debe haber tenido mucho miedo a algo, para tomar esa decisión… Era homosexual. A lo mejor sabía, de alguna manera, lo que le esperaba en Cuba…”.

Lo reconocí inmediatamente en la foto. No había olvidado ese rostro en toda mi vida, no sé por qué. Era el mismo hombre, desgarbado y de mirada triste, con el que había hablado 40 años antes como parte de mi misión, la primera de las más importantes, y que siempre me había parecido extraña y poco trascendente en mi carrera. Aquel día lo dejé allí, luego de escucharle decir que cambió lo que pudo, nada más que lo que pudo. 

Algo se quebró dentro de mí esa noche, Angelito. Yo había matado a aquel pintor que tenía desvelada y apasionada a mi niña, 40 años después. No lo había matado con un tiro, o por haberlo empujado al agua; lo había matado porque le quité, en esa conversación, la última esperanza; le di un motivo que le confirmó que no había cambiado lo suficiente como para sobrevivir a esta Revolución. 

Desde aquella noche con mi hija, no he dejado de pensar en qué habría pasado si me hubiera dado por decirle otra cosa, por cumplir con mi trabajo de otra manera, diciéndole otras palabras. No he dejado de pensar en qué habría pasado si hubiera conversado más con él… Ay, Angelito…

Yo, que había hecho toda mi vida lo que creí correcto, que creía que era de los buenos, de los que habían defendido siempre al pueblo de Cuba de las amenazas constantes de un enemigo terrible, aquella noche me sentí un criminal. 

Nunca volví a ser el mismo. Mi vida cambió para mal. No aguanté. Hice lo imposible por tratar de salirme para siempre del MININT sin que pareciera sospechoso, tanto que me enfermé. Primero de esa gastritis descojonante, que viste como me hizo mierda en los últimos años, y ahora de cáncer: “adenocarcinoma”, dicen que se llama. 

Si te soy sincero, creo que lo que pasó fue una cosa religiosa, de karma, como dice Gladita. Nunca he creído ni en mi madre, pero con esto siento que es así. He cumplido un destino por haber tomado una decisión específica en mi vida y haber sido parte de una cosa que parecía inofensiva pero que terminó siendo una injusticia, una desgracia. 

Ese hombre era un artista y yo contribuí a que decidiera quitarse la vida. Eso me hace culpable de su muerte y la culpa me está matando; qué importa que lo haga en forma de enfermedad mortal. Lo peor es que creo que es justo.

Perdí el Ángel aquel día, mi tocayo. Perdí el Ángel y parece que viene mi final. Recuerda: no le vayas a contar esto nunca a nadie. Es lo más feo y horrible que me pasó en la vida.




Antonia Eiriz o el reflejo de no bajar la cabeza - Julio Llópiz-Casal

Antonia Eiriz o el reflejo de no bajar la cabeza

Julio Llópiz-Casal

Mi vicio es hacer lecturas simbólicas de las imágenes y sus coincidencias. A pocos metros de donde estaba parado, se encontraba uno de los mosaicos de la Rampa, en el deplorable estado en que están casi todos hoy. Antonia Eiriz a unos metros de un Ditú y a una cruzada de calle del Pabellón Cuba: casi se me dilatan las pupilas al pensar esto


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