Bodegón con urinario y cráneo de diamantes

El siguiente texto es la transcripción de una conversación de WhatsApp entre Miguel Bucán y yo. Ambos autores lo revisamos y estamos de acuerdo en que eso fue lo que se conversó aquella noche:

Julio Llópiz-Casal: ¿Recuerdas aquello de que todo comienza con la naturaleza muerta?

Miguel Bucán: Por supuesto.

J: ¿Te has puesto a pensar en qué cambió la jerarquía?

M: ¿Cuál jerarquía?

J: Lo que implicó que la naturaleza muerta, un género menor, pasara a ocupar el centro de atención en el arte occidental.

M: Ah… Claro, papi. Jajaja. Hemos hablado de eso dos mil veces desde que empezaron a maltratar tu bella psiquis con la Vanguardia, en ese lugarcito en que estudiaste.

J: Cierto. Pero aquel momento fue muy placentero para mí, no te creas. Dadá nunca me descolocó. Duchamp tampoco: es solemne, delicado, eréctil… Pero los minimalistas clásicos, a pesar de ir al seguro con las formas y la sintonía que tienen con Mondrian o la abstracción geométrica, me pusieron en crisis. Y qué decirte de los Accionistas Vieneses, Fluxus, Vito Acconci y todos aquellos… Sin embargo, ahora mismo Vito Acconci me encanta. Pero el punto es que me costó trabajo abrazar tranquilamente aquello como experiencia estética. Era como chuparle las tetas a una pelo en pecho pesadita con vello facial y aliento cigarrero.

M: Jajajaja. Voy a orinar… Espérate.


Bodegón con urinario y cráneo de diamantes - Julio Llópiz-Casal

J: No, en serio. Me costó asumir todo aquello. Luego se integró a mi sensibilidad y lo alineé con mi cosmovisión.

M: ¿Le cogiste el gusto a los pelos de la entreteta?

J: Jajajaj. A lo mejor. Pero lo que recuerdo es que, un buen día, aquellas tetas me empezaron a parecer las de Abella Danger.

M: Ño. Final con eso…

A ver, en serio… Todo tiene que ver con la mierda del antropocentrismo. Demasiados siglos de cultura occidental usando al hombre como eje absoluto. En el arte chino o japonés se puede ver un placer limpio a la hora de entrarle al paisaje, por ejemplo. Le tenían (le tiene) una fe del carajo a la sabiduría con que la naturaleza los amamanta. Esto no quiere decir que en Occidente no la hubiera, pero los asiáticos supieron entrarle a ese asunto sin soberbia. Fíjate en esa bestialidad de Primavera reciente (año 1072), de Gou Xi…

J: Chino. ¿No?

M: Chino… Fíjate que no hay vanidad, y si la hay no se siente. Todo está sugerido y por eso mismo es tan tangible, realista, para usar una palabreja occidental. En Giotto siempre he notado una especie de complejo de inferioridad por no haber podido tirar esas perspectivas como un cañón, como los pintores del cincuecento. Ojo: eso no quiere decir que sus obras no sean una maravilla. Pero lo que te quiero decir es que en Occidente siempre he sentido que vivieron la representación como un asunto un poco trágico. Como una angustia en términos de lenguaje, como un reto atlético para un lisiado.

J: La santidad de la Iglesia no debe haber sido un padecimiento fácil de sobrellevar.

M: Jajaja. ¡Pero mira los iconos bizantinos! Tienen una energía que solo de mirarlos te conecta con lo Absoluto, y sin embargo la escala y la perspectiva están mucho más descoordinadas. El arte es energía desatada que se atrapa de un manotazo y se aprieta en el puño, para dejarla ir de nuevo en un momento perfecto. Es como el orgasmo, siempre te lo he dicho.

J: El paisaje te pone a entender el mundo usando como punto de referencia al espacio y no al hombre. O sea, usando a Dios como referencia, pero no como un tufo, sino como una fragancia…

M: ¡Atrás, Satán! Jajaja. ¡Si te cogen tus amigos cristianos te clavan a la cruz con varillitas de paletica de helado! Jajaja.

J: ¡Ño! De pinga esa imagen…

Mira El nacimiento de Venus, de Boticcelli, en el catálogo que está en tu sala, y abstráete: si quitas a la Venus con concha y todo, y a la Tetis y a la pareja abrazada que sopla, verás un paisaje soberbio, hechizante, con esa encantadora simpleza quattrocentista que da ganas de acariciarse la entrepierna… Y no te mando a que revises la Vista de Toledo del Greco, porque ahí sí es a recogerse. Lo tienen los gringos en el Metropolitan de Nueva York, por cierto. Tan visionarios y pillos ellos, como siempre.

M: Tienes razón con eso del paisaje. Los buenos paisajes son como una invitación a viajar, donde la materia es gelatina y no tiranía.

J: Pero de lo que quería hablar era de la naturaleza muerta. Ahí está la clave de Duchamp, del arte conceptual y toda esa lucrativa conspiración.

M: ¡Niñooo! Estás soltando aforismos de evangelio apócrifo. ¡Mira que te he enseñado!

J: Jajajaja. Y yo a ti. No seas cabrón.

M: Yo creo que los artistas son gente orientada a la bondad que ha tenido la desgracia, la responsabilidad, de ilustrar el mundo real con todo su encanto y sordidez. Las tradiciones de la ciencia, y otros oficios, han tenido la tarea de construir el mundo que conocemos; pero al arte le tocó la tarea de choque de narrarlo, de describirlo, hasta hoy. Y ahí siempre estuvo el poder para dar leña si la narración y la descripción estaban subiditas de tono, abstraídas. Fíjate por cuántos años el arte occidental, al menos, estuvo subordinado de la religión, de la vanidad de la aristocracia, de la ciencia y de las necesidades populares de todo tipo. El surgimiento de la fotografía le tiró un cabo al arte, que es de pinga eso…

J: Elemental, mi querido Warhol. Jajaja. Entonces, ¿qué me puedes decir de la naturaleza muerta a la altura de hoy?

M: Que todo se resume a un Bodegón con urinario y cráneo de diamantes.

J: ¡Vaya! Eso sería como decir que todas las naturalezas muertas, los ready-made y las esculturas de posguerra son como una misma obra. Muy absoluto, ¿no?

M: Sí. Pero te aseguro que, visto así, se entiende mejor la historia del arte conceptual. Las cronologías didácticas de la academia garantizan un tema de doctorado, pero no un entendimiento real sobre lo que es el arte. La Historia del Arte convencional no tiene en cuenta al artista más que como un macramé, para contar su vida como si fuera un objeto más; por eso es que, llegado un punto, es tan aburrida.

J: Las naturalezas muertas han sido generalmente pequeñas, modestas. Pareciera que adoptaron un formato en función de estar siempre en una cocina, sin causar molestia.

M: El problema es que la cabecita y los poderes del hombre se decantaron por contar lo que el hombre es, mediante la representación del hombre mismo y sus mitos. Los objetos hablan más y mejor de él, pero tuvo que llegar el siglo XX para que se diera cuanta. “La espada dice más del hombro que su rostro” (San Juan de la Cruz). Para que este empezara a ser un tema, tuvo que pasar mucho tiempo.

J: ¿La Liebre de Durero es una naturaleza muerta?

M: Por supuesto. ¿No ves lo tranquilita que está, muertecita de miedo?

J: Jajajaja.

M: Hablando de tranquilidad, fíjate lo que son las sutilezas del lenguaje: en inglés naturaleza muerta se dice Still Life (Vida quieta); y en alemán, Stillleben. El concepto, en esas lenguas, tiene que ver más con la idea de quietud que con la de muerte. Pero eso no quiere decir que la muerte no sea su signo fundamental. El sujeto, con la muerte, deja de ser tal. ¿Estarías de acuerdo conmigo en que un cadáver es un objeto?

J: Totalmente.

M: Viéndolo de forma práctica, un cadáver es una fuente de pestilencia potencial, cosa que lo convierte más en un problema que en un objeto. Luego de la descomposición quedan los huesos. No es que los huesos no estén sujetos a la descomposición, pero ese es otro asunto. Los huesos son objetos tranquilos (Still Life). No son tan repulsivos. Son cosas que solo amenazarían a la razón; por tanto, son cosas útiles. El cráneo es como la escultura que todo hombre sería capaz de hacer, aunque no fuera artista.

La escultura que todo hombre sería capaz de hacer tiene que ver más con la idea de muerte que con la de vida: mira el pictograma de veneno. Pero no niega la vida, al contrario. Un cráneo es una imagen que representa que la vida acaba, pero muestra al hombre con sus atributos fundamentales: cuencas oculares vacías que recuerdan que hubo ojos; dientes que recuerdan que hubo boca… El cráneo es una imagen muy recurrente en la tradición de la naturaleza muerta; el cráneo es la naturaleza muerta por excelencia.

J: Por eso siempre te digo que no cojas cráneo.

M: Jajajaj.

Lo del Bodegón con urinario y cráneo de diamantes es algo en lo que creo de veras. Fountaine de Marcel Duchamp y For the Love of God de Damien Hirst son los dos paréntesis que comprenden el arte conceptual que conocemos hasta hoy. Noventa años exactos entre uno y otro.

A inicios del siglo XX, Duchamp exhibió un mueble sanitario en el contexto arte, con actitud semiescatológica y semihumorística: terminó aportando una de las mayores libertades creativas de todos los tiempos y la mayor de las controversias en torno a la creatividad. Legitimar como acto creativo el hecho de exponer un objeto cotidiano, negaba todo lo que el arte había sido para la inmensa mayoría durante siglos.

Casi un siglo después, Hirst produjo la obra de arte con mayor costo de producción de la historia…

J: ¡Claro! El cráneo de diamantes es el gesto simbólico más excéntrico e intimidante de la historia. Ese tareco es de platino: le hicieron un vaciado a un cráneo real. Y tiene incrustados diamantes de verdad, trabajados por una de las mejores joyerías de Inglaterra.

M: Ocho mil y pico de diamantes “sin defectos”. Un diamante rosa del tamaño de un herpe en la frente. Producirlo costó 14 millones de libras esterlinas, y pretendieron venderlo en 50: sacarle el triple del costo de producción con un modesto vuelto de 8 milloncitos.

J: ¡Cojones! Son unos bandidos.

M: No, lo que son muy buenos negociantes. Los buenos negocios son adictivos y las adicciones van in crescendo.

J: ¿El urinario y el cráneo inauguran y cierran el arte conceptual?

M: Claro que no. ¿Es que no viste la guerra que dio Cattelan con el plátano pegado a la pared con tape? Lo que hizo Hirst con el cráneo fue ponerle un tope a las expectativas financieras y simbólicas de todos los públicos, desde los potenciales compradores hasta los activos y pasivos espectadores.

Más allá del cráneo cubierto de cristales de John LeKay, que dicen que inspiró el de Hirst, tengo mi propia trinidad genealógica de cráneos en el arte contemporáneo reciente:

En 1991, como parte de la muestra colectiva Learn to Read Art, Richard Prince estampó en una bolsa de papel cartucho una calavera de perfil con orejas de conejo, como el logo de Playboy

En 1997, Gabriel Orozco cubrió un cráneo humano con una retícula de rombos, para exhibirlo en la Documenta X de Kassel…

Luego está el cráneo de diamantes. No me interesa entrar a discutir cuál de estos tres (por no extendernos a otros cráneos) es más auténtico y legítimo. Sabes que tampoco me interesa discutir sobre el mercado del arte, pero es bastante sintomático que tres de los artistas contemporáneos más importantes, y más vendidos, se hayan acercado con tanto interés al cráneo.


Bodegón con urinario y cráneo de diamantes - Julio Llópiz-Casal

J: ¿Cuál es la conclusión entonces?

M: Que el saber contenido en la naturaleza muerta se impuso como ideología dominante en el arte del siglo XX, porque el hombre empezaría a rendir un culto sin precedentes a los objetos. Marcel Duchamp comprendió ese nuevo matiz, lo vio, estaba llamado a ser él y no otro el que iniciara esa revolución. Al parecer, la baronesa Elsa von Freytag atinó solamente a enviarle el dichoso meadero, y él (que era un poeta, o sea, un ladrón), lo robó para sí… No tuvo ni que firmarlo.

A lo mejor Duchamp solo quería poner en crisis al jurado del evento que finalmente rechazó exponer la pieza, pero terminó alzando el estandarte de un culto al objeto que no ha tenido vuelta atrás. También superó el conflicto de la representación en el arte con un ninguneo: “No se representa, se presenta”.

El cráneo de diamantes demuestra que firmar un mueble sanitario puede ser considerado arte, pero que si el artista no se ocupa de que el mueble sea de material precioso, no se puede vender bien. Una vez, alguien que sabe más de economía que yo, me dijo que las tres mejores inversiones son los bienes raíces, las joyas y el arte. For the Love of God es una joya y una obra de arte: de tres, dos.

La gente adora los objetos porque los desea. Las frutas de una naturaleza muerta dan ganas de cogerlas del cuadro y comerlas. Los sneakers Balenciaga y Yeezy dan ganas de tenerlos, aunque cuesten 1200 dólares; si no puedes permitírtelos, compras imitaciones y punto. Lo mismo pasa con el arte contemporáneo.

J: Estás de pinga. Eres el mejor.

M: Lo sé.

J: Me voy a dormir. Hablamos mañana.

M: Descansa.




Luis Gómez: “Hemos pasado del mundo del arte a la industria del arte” - Julio Llópiz-Casal

Luis Gómez: “Hemos pasado del mundo del arte a la industria del arte”

Julio Llópiz-Casal

“Si un artista ha propuesto un nuevo consenso sobre la política, sobre oponerse políticamente en Cuba, todo el que venga detrás está por fuerza dentro de ese consenso. Y mucha gente va a tratar de verlo desde esa mirada del arte, lo cual incluye múltiples entendimientos, desde la referencia hasta lo estético, pero a todos los tomarán en cuenta como arte”.


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