Quiero ver esa película

El sembrador de tomates Larry J. González le dijo a la retratista Evelyn Sosa que me dijera que yo estaba equivocada, que la película que yo quería ver no era aquella, sino esta. El sembrador de tomates Larry J. González tenía razón. La película que yo quería ver no era aquella, sino esta. Han pasado varias horas desde que terminé de verla y sigo pensando-sintiendo que la película que yo quería ver no era precisamente aquella, sino precisamente esta. Creo, además, que pasarán muchos días y muchas semanas durante los cuales seguiré pensando-sintiendo la misma cosa respecto a querer ver una película (aquella) y terminar viendo la película que en realidad quería ver (esta).

El cine cubano ha desaparecido y el cine cubano ha dejado de desaparecer. A partir de esta película, que yo vi sin saber que era la película que quería ver, el cine cubano desapareció y dejó de desaparecer. Al fin una falta de risotada burlona en el cine cubano. Al fin una falta de humor negro cubano. A partir de esta película, me han empezado a dar ganas de ver un cine cubano emocionante, y no solo ganas de verlo, sino de observarlo, escribirlo, download it.

Por supuesto, esas ganas dan ganas de más ganas, y ya se sabe lo que las ganas provocan: humedad, agua, leche, hidratación, lubricación, menstruación. Un gusanito de deseo metiéndose por los canales sanguíneos de tu cuerpo. Una picazoncita.

El sembrador de tomates Larry J. González no se detuvo ahí. Yo estaba equivocada y era su deber sacarme de esa equivocación, extraerme de esa equivocación con un azadón y un rastrillo, así como los agrestesextraen algo de una equivocación. Con un mensaje de voz, el sembrador de tomates me extrajo de mi equivocación: si tú quieres ver una película, esta es la película que hay que ver.

Como del dicho al hecho, a veces, va mucho trecho, hace apenas unas horas fue que pude ver la película que quería ver y que yo no sabía que quería ver.

No la vi en un cine ni en una sala de video ni en una pantalla plana comprada a plazos ni en una pantalla plana comprada en ofertael Black Friday pasado. No la vi en la cama ni en un sofá cama ni en una butaca estilo cualquier estilo. No la vi de noche después de dormir al niño. No la vi por la mañana al despertar, en ese momento de la mañana en que lo mejor que hace uno es tocarse un poquito para sonreír. La vi por la tarde, en ese momento del mediodía en que deja de ser mediodía, pero lo sigue siendo porque el sol sigue estando perpendicular arriba de la cabeza, quemando la cabeza y quemando el pensamiento.



Quiero hacer una película (por fin un título octosílabo), de Yimit Ramírez, se estrenó en Madrid en noviembre del 2020. Durante ese mes, los miembros de un movimiento disidente en Cuba (el Movimiento San Isidro) decidieron hacer una huelga de hambre y sed. El día 27 de ese mismo mes, más de trescientos artistas se aglomeraron frente a las puertas bipolares del Ministerio de Cultura: una manifestación histórica, la más insospechada y masiva de este siglo XXI cubano.

I want to make a film se estrenó en noviembre, pero yo no lo supe. La Terminal 2 del aeropuerto José Martí empezó a recibir aviones procedentes de Miami, pero yo no pude ir. Se me empezó a caer el pelo de la cabeza, como a la muchacha de la película, pero yo no había visto la película. Todavía no estoy segura de haber visto la película. Quiero decir, la que hizo Yimit Ramírez, una película llamada QHUP. Lo que yo vi fue mi propia película, mi propia poética en mp4.

Pero la película la empecé a ver mucho antes, como cuatro horas antes, más o menos. Porque a mí la película me la mandaron por WeTransfer. Me la mandaron en secreto, nadie puede saberlo y menos Yimit Ramírez, porque también se sabría que una persona se la dio a otra persona y que esa persona se la dio a otra persona y que esa persona fue a un parque a conectarse a la wifi para mandarme la película a mí.

El envío de la película es otra película. Hubo engaño, traición y sufrimiento. Hubo violencia verbal. Hubo tiempo perdido y muchachas en flor. Hubo árbol, teléfono móvil, cámara oculta, Internet lento, ansiedad, desesperanza, besos. Hubo lo que se llama relato paralelo. La obra maestra del cine cubano es una ópera prima de un personaje de ficción.

—¿Qué pinga tú estás grabando? —preguntaron en voz alta, desde un extremo del parque, dos muchachos de dieciséis o diecisiete años. Pero la persona que me estaba enviando la película por WeTransfer no estaba grabando nada, solo estaba manteniéndome al tanto del porcentaje que se iba subiendo cada media hora. La persona que me estaba enviando la película respondió a los muchachos con una expresión que hasta ahora desconozco. Los muchachos no pensaron que ella respondería así. Se quedaron sorprendidos y dejaron a esa persona (en mi opinión, una muy bonita persona) tranquila en su lugar.

Desde ese lugar, La Habana se fue convirtiendo en el lugar donde yo necesitaba estar. No ya por querer ver la película, sino por querer, simplemente, ver mi película. Durante varias horas, la película fue subiendo a la nube de WeTransfer, despacito,como una cafetera colando a fuego lento, como cuando se está yendoel gas en una cocina de gas de La Habana. Yo me acuerdo de mi cocina de gas en La Habana, manchada de grasa, manchada de una comida que no existía, pero que no importaba, porque lo que importaba era otra cosa, como en la película.

No hay otra película cubana que diga lo que dice Quiero hacer una película. No pude contar los diálogos, y solo la vi una vez. No quiero verla de nuevo hasta que se me pasen las ganas. Las ganas y la necesidad. Creo que la película habla de ganas y de necesidad. Y de cómo esas ganas y esa necesidad explotan como una cafetera cerrada puesta en una cocina de gas o eléctrica al amanecer, en una pocilga en el corazón de La Habana, en el interior rotundo de la oscuridad.

Creo que la película habla de mí en forma de cafetera traída del extranjero, una cafetera a la que se le derritió el asa por estar yo parada frente a la cocina pensando en otra cosa. La cafetera explota en el interior rotundo de unos personajes que tienen nombres propios de gente que sí existe. Pero esa gente no existe, quienes existen son ellos (los personajes). La película habla de la existencia rotunda de gente que no existe.


El inglés se habla bajito.
Neisy Alpízar.
QHUP.


Ninguna descripción técnica es posible a la hora de pensar el cine cubano que a mí me interesa. Cuando digo cine cubano que a mí me interesa, estoy hablando de películas que no he visto y que tengo ganas y necesidad de ver. Mandaré mensajes por Messenger y por el chat de Instagram, suplicándole a los directores cubanos que a mí me interesan, a ver si es posible acceder a sus películas a través de una nube o una nubosidad; a mí me sirven las nubes siempre que sean nubes rotundas. Cuando digo directores cubanos que a mí me interesan, estoy hablando de personajes de ficción que hacen películas con teléfonos y con cortes absurdos en diálogos absurdos donde da la impresión de que no se dice nada importante, pero en verdad se ha dicho algo muy importante y apenas me he dado cuenta. Cuando digo nube rotunda, estoy hablando de Internet y de importancia máxima.

El programa de video con el que la laptop abre las películas de manera automática se llama QuickTime y quiere decir, más o menos, tiempo rápido. Vi la película en un tiempo demasiado rápido, pensando todo el tiempo que no me daría tiempo a terminar de verla, que no vería el final. Aterricé en el apartamento y presioné el botón PLAY después de hacer café en una cocina de gas a la que nunca se le va el gas, en una cafetera sin asa derretida.

Desde los dos primeros segundos ya estaba segura de que esa era la película que yo quería ver. Lo supe porque no se veía nada, y en mi cabeza tampoco se veía nada.

En mi corazón, por cierto, se veía a trasluz algo como una persona en la oscuridad colando café y sentándose en una silla a desayunar eso que no es comida ni agua, sino algo sin identificación: el interior de un recipiente de aluminio o el interior de un recipiente de biscuit. A trasluz y desenfocada (que no es igual que movida), una realidad rotunda que no se puede decir real porque sería un error gramático, pero también sería lo más exacto que se puede decir. La casa de ficción donde vive esa gente o donde vivo yo, en el país que es aquel país, o donde vivimos todos para siempre encerrados, haciendo la primera película de la vida.

Lo que sucede con la película de Yimit Ramírez es que no puedo contarla por ningún motivo. La experiencia psicótica de haberla visto después de esperarla durante horas y al mismo tiempo haber empezado a verla en un parque de La Habana cuando todavía no era un archivo de WeTransfer apropiado para descargar, la hace excepcional para mí y la hace mía, solo mía. Identifico el lenguaje con el que ha sido narrada como mi propio lenguaje; reconozco en las escenas cada una de mis palabras en cada uno de los libros que escribí en La Habana y que sigo escribiendo fuera de La Habana.

Me llamo Yimit Ramírez y estoy enamorada.


—A mí me gusta Martí.
—¡Pero tú no lo conoces!
Tony Alonso.
QHUP.


En el año 2016, específicamente en el mes de septiembre, conocí a Neisy Alpízar y a Tony Alonso. Los vi conversar y jugar y reírse, pero no pude conversar ni jugar ni reírme con ellos. Yo estaba en otro lugar, aunque parecía que estaba ahí, frente a un hombre y una mujer o frente a dos personajes de ficción que no me podían ver. Creo que los toqué, toqué su piel de ficción mientras yo misma carecía de piel. Ellos habían leído fragmentos de mi novela y querían representarla. Eran actores, si mal no recuerdo. Pero también eran reales.

Yo no sé lo que estoy diciendo. Yo no puedo explicar lo que digo a esta altura de la película. Voy por la mitad y entiendo que Quiero hacer una película es la película cubana por excelencia más avasalladora del siglo XXI. Lo entiendo y lo veo frente a mí rotundamente, sin poder escribirlo y menos fundamentarlo, sin querer escribirlo y menos fundamentarlo.

En un país deprimido la gente encuentra la felicidad en su depresión. Se trata de deprimirse de manera diferente del otro, porque cada uno es diferente del otro. Cada uno se deprime a su manera y es feliz a su manera, a pesar de (ser) un espacio diseñado para ir desesperanzándose poco a poco hasta dejar de existir en un planeta llamado mundo real. ¿Cuántas veces he repetido la palabra real?

Yimit Ramírez desacraliza los símbolos representativos de una hipocresía histórica y los coloca donde van: en el fango y el corazón, según la credibilidad que cada uno merece. La comparación sutil de ambas figuras políticas ocurre en dos planos diferentes: la fiesta y la intimidad. La inteligencia con que ha nombrado aquello que no se puede nombrar, convirtiéndolo en tumulto, absoluto y risible, no solo relaja, sino que encuentra, ahí donde hay rabia y resentimiento, un estado de indiferencia completa: acaba de morir Fidel Castro (primer presidente de Cuba por más de 40 años), ¿y qué?

Pasando por la madre de ella y el padre de él, por los amigos de ella y los amigos (inexistentes) de él, por la situación de ella y la bandeja del desayuno (bien formada) de él. Cruzando líneas paralelas de dos ficciones (segmentos AB y CD) que se abrazan. Introduciendo en el cine cubano, sin temor a equivocarme, un lenguaje delo verdadero,nunca antes mejor relatado.

Para cerrar con un enamoramiento legítimo donde él le dice a ella que ella es su rosa total, egoísta y única; a lo que ella responde que no quiere ser la rosa blanca de José Martí (el Héroe Nacional de Cuba); a lo que él responde que José Martí no existe, que ahora mismo su José Martí es ella y que la cara de ella es la que debería estar impresa en todas las monedas de todos los monederos de todos los cubanos.

Ella es el dinero. Ella es el valor. Ella es Dios o José Martí. Ella es lo importante. Desde el principio, ella es lo importante. Para mí también, desde el principio, lo importante eres tú.




Legna Rodríguez Iglesias

Literatura cubana: Japi Fébruari Fourtín

Legna Rodríguez Iglesias

Los vapores indiscriminados del amor hacen estragos en los libros de mis escritores cubanos pornográficos, conocidos y menos conocidos. No sé si eso sea bueno o malo, pero es una verdad amorosa y caliente, como un tragamonedas oscuro en una carretera oscura del sur caluroso de la Florida.





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