Fumarse un Marlboro con Petra von Kant

Único acto*

(Al fondo hay una chica dibujando. No se debe escuchar nada. Solo se escucha el lápiz sobre el cartón. La muchacha tiene que dibujar todo el tiempo. Si ella interrumpe el dibujo, esto ya no sirve).

La muchacha-mocasín sobre la cama. La muchacha-mocasín se retuerce espigada sobre las sábanas de seda. Se retuerce y te cuenta que ayer se ha ido con un hombre. Un hombre negro. Las manos de la muchacha dibujan espirales y eses negras sobre su abdomen-spinning, alrededor de sus bulímicas caderas. Eses y círculos que te enloquecen. A ti y a cualquiera. Y que la puso así, te cuenta, y así también, y de esta otra forma. Y de la otra. Otra y otra más. Mientras, tú le sirves el coñac. Un coñac me encantaría. El coñac la va a hacer hablar, lo sabes, y el vaso se va llenando. La va a hacer hablar. Lo sabes. Se va llenando. La muchacha. Se. Retuerce. Ella. se-re-tu-er-ce. Él. ¿Él? Ella. ¿Ella? Las sábanas. ¿Tus sábanas? La seda. Su pelo. Él. Ayer. Ayer en la noche. Ayer en la noche él en su pelo. Negro. Se retuerce el coñac en su garganta. Los bocetos en su garganta. La fama en su garganta. El cinismo en su garganta. Se retuercen los ojos y los colores de la muchacha que pinta al fondo en su garganta. Todo. Todos. Ahora todos retorciéndose menos tú. 


Ojalá pudiera fumar dentro de los teatros. Hay puestas que llevan un cigarro humeante, un Marlboro entre el dedo corazón y el índice. A la gente esto le escandalizaría. No obstante, ¿qué más da? La gente se escandaliza por tantas cosas, ¿cierto, Fassbinder?

Me encantaría ver como caen, una por una, las amargas lágrimas de Petra von Kant fumando un Marlboro que dure dos horas; que comience a dar las últimas cuando se estrellen contra su nombre de prostituta las botellas de coñac. 

El whisky y las ginebras. Los brandis y los vinos. Vidrios y más vidrios sobre el proscenio. Vidrios y más vidrios para pisar con el corazón descalzo. Vidrios a los ojos de cuanto maniquí y cuanto diseño de mangas se te ponga delante, Petra. Vidrios ante todos los ojos.

Hay una sed que no la aplaca el jugo de naranja. La sed que espera un timbre, ese único timbre, Petra, un timbre reverberando en la madrugada, despertando la mano-tarántula que busca el auricular, el auricular que cae nervioso por el suelo, regando su voz de puta sórdida por todo el cuarto, dejando a copas, lámparas, bocetos, pelucas y tacones, escuchar su voz que no alcanzas a oír…

¿El timbre de quién? Su timbre para poder dormir a esa hora en la que el blanco de la rosa no alcanza a ser el blanco del sueño. Un timbre para cerrar los ojos, ¿verdad? Un rato por lo menos. De una vez por todas. Irse antes que Marlene abra las cortinas al sol que nos recuerda, entre bostezos, que se ha ido para siempre. Petra, hacia Parasiempre es donde van los grandes amores…

Los amores-devorantes. 

Los amores-gillette

Los amores-stainless

Los amores-alprazolam-Bovary-tabasco. 

Los amores-funambulismo-chat-sms-maricas. 

Amores-tijera-suzuki-cheques.

Amores-aljibe-cafetera-tallarines.

Los amores-judaspriest-bourdeaux-escalera.

Los amores-restaurante-bar-espejo. 

Los amores-protestantes-ochenteros-bohème. 

Los amores-contra-amores. 

Los amores-auto-amores. 

Los amores-volutas-sport-lujo. 

Los amores-faldicortos-doblepaso-samurái. 

Los amores-fosforera-helado-menta.

Los amores-Bonvoyage-rodaballo-posguerra-canon.

Los amores-trípticos-conjura-kaboose-Mi amor es la puta que llora en el kaboose del tren.

¿Todos los amores el amor? No. El amor todos los amores. 

Parasiempre, Petra. Otro porro de taberna / otro flash que me deja los ojitos rojos / Porque mi amor es la puta / la puta faldicorta que mira el paisaje / Con un desconocido hasta los sesos / Mi amor es la puta / Los sesos / El desconocido / La falda corta / El paisaje / Mi amor se seca la nariz con el puño cuando llora en el kaboose del tren a Parasiempre. Las devociones no tienen otra acogida en los trasfondos de la tristeza. 

Detrás dibuja la muchacha…

Era previsible, Petra, desde el principio, desde que advertiste su buena figura. ¿Tenía una buena figura, a que sí? Su espalda, la más divina.

Petra: Pero lo que uno aprende nadie te lo puede quitar.

¿Nadie? ¿Estás segura, Petra, que nadie te lo puede quitar? No. No estás segura. Uno, realmente, con los años, deja de estar segura sobre tantas cosas. Sobre casi todo y todos y hasta sobre una misma, Petra. Y uno comienza a comprar maquillajes para cubrirlo todo, bases y make up

Como Marina Abramović —después del bye bye en la muralla— uno descubre las modas, la belleza de las modas, el rojo felpudo de las alfombras bajo el tacón crac crac y el flash que te deja ciega y poco importa. Y uno compra Revlon y compra Chanel y compra discos de Marlene Dietrich para escuchar haciéndose las uñas de un bermellón jaque mate. Falling in Love Again. Pensando en la belleza de sus ojos, de sus ojos azules como mares redondos donde los barcos son chiquiticos. Así, así, que casi no se ven. 

¿Eran azules sus ojos? 

¿Eran verdes? 

No lo sé. No lo sé. 

Esas Karines son así. 

Pero tú tampoco lo sabes. Estuvo tan poco tiempo…

Sigue dibujando la muchacha…

Y se compra uno abrigos de bisonte y abrigos de pelo de camello, y se compra uno pelucas de todos los rubios platinos y cobrizos que hayan salido al mercado. ¿Muchacha, tienes 0.0? ¡Sí! ¡Todos para mí!

Uno se viste de Prada y de Michael Kors, Calvin Klein, y se unta las cascadas de Gio tras los lóbulos rosa y de tanto comprar y comprar, Petra, uno termina creyendo que también puede comprarse el amor. 

El lápiz. El sonido del lápiz sobre el cartón.

Y uno compra el amor y lo acuesta en su cama, con el mismo cuidado que uno guarda en el cofre los pendientes carísimos que tanto molestan para dormir, que tanto joden y pinchan el cráneo. Y le pasa al amor la mano, tanto, que hasta olvida uno el precio del amor o que el amor estuvo alguna vez a la venta, tras una vitrina, iluminado por la publicidad de media noche. Que es un producto serial. Y lo mira uno, de boba, como si fuera el único amor en todas las galaxias descubiertas. 

Uno juega con el vientre del amor, le hace cosquillas al amor, abraza al amor y teje para el amor bufandas que el amor deshilacha a tus espaldas, porque es un amor que solo ama hasta el yo también. Yo también te quiero. Que sí, yo también te amo. Y una se pone histérica, Petra, porque es lo que toca, una tiene que ponerse así. Pero no lo dice, porque no, no se está histérica, pasa, que uno sufre.

Una sufre pagar por un asiento en primera clase que no llevó tu sensibilidad sobre ningún cielo. Sufre y le jode su cara en portada de revista. Una entonces no quiere alfombra roja, lo que quiere es que Marlene te acueste en la cama y te calce, con su torpeza genuina, las puyas más perras de todas, las del tacón más fino, las últimas que compraste en Frankfurt por tantos marcos. 

Y esto lo que lleva es pisotearlo todo. Pisotearlo todo como si todo fuera uno, porque uno es el comemierda en escena, y hasta que no pise yo, el último globo de “Felicidades, Petra, en tu día, que lo pases con mucha alegría”, como si fuera aquella primera vez que la vi entrar, que la vi volver… Yo no paro. Nadie me detenga. Ni siquiera tú, mamá. Ni siquiera tú. 

La muchacha dibuja cuellos y dibuja hombreras y…

Esto lo que lleva es batir. Batirlas. Todas las botellas. Pues todas las botellas. Eres tu quien paga. El amor es una botella que la vida acomete contra uno. Y a todos en su cara digo lo que son. Estoy asqueada, estoy asqueada de todos. Y las únicas sales de Andrews que me quitarían estas náuseas son las de sus piruetas sobre la cama. Y que se entere toda Alemania. Todas las grandes casas de moda. Todas las amigas. Y todas las enemigas. Y zarpa de mí esta rabia como un buque del puerto de Hamburgo. 

Petra. (Con la fluidez del Rin). Mira, Karin. Karin Tihmm. Ya tengo el recuerdo de esa llamada. Me llamarás una noche. Una noche antes que yo vuele a París, esa noche cuando sea demasiado tarde, esa en que mi mano-tarántula-lirio va a poner el auricular sobre el teléfono como una carta sobre la mesa. La carta que gana a todas las cartas. Esa, la de bajo la manga, la que tengo guardada para ti. Ya escucharé tu voz, porque en Parasiempre también habrá cabinas telefónicas…

Es justo aquí cuando el cigarro se apaga. El Marlboro de las dos horas. Y caen sobre el suelo del Teatro Trianón las últimas cenizas con las últimas lágrimas amargas. Y Petra von Kant queda dormida, bajo sus mantas doradas, entre almohadones de pluma; sueña que va dentro de un auto, enmelada, rumbo a un desfile de modas, la radio canta Unsere beide Schatten /Sah’n wie einer aus

Más allá de la ventanilla ve una joven conducir un Volkswagen azul, una joven bellísima. ¿Eran azules o verdes? En el sueño Petra quiere decir algo al conductor, algo simple, pero no se atreve, al final uno nunca se atreve…

Me encantaría poder fumar en el teatro, no lo sé, hay obras que lo llevan.  

La muchacha termina sus dibujos, los guarda en una maleta que ya no cierra y sale, para siempre, de tu escena.

 * [A propósito de las brillantes lágrimas de Rainer Werner Fassbinder que ha llorado El Público, bajo la dirección de Carlos Díaz, sobre las tablas del teatro cubano].




Peter Handke en Cuba: rosas al público

Peter Handke en Cuba: rosas al público

Lizabel Mónica

Impulso Teatro presenta por estos días de agosto, en La Habana, una obra de Peter Handke: Insultos al público. Bajo la dirección de Alexis Díaz de Villegas, esta puesta en escena tiene méritosdesencuentros, y algunos desaciertos.


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