El regreso del náufrago

Tras la enorme conmoción que en 1980 provocó para Cuba y Estados Unidos el éxodo del Mariel —las secuelas afectan hasta hoy a la comunidad de uno y otro lado— han sido frecuentes los análisis basados en la familia como núcleo sensible. Exilio y familia resultan históricamente temas cruciales para autores cubanos, tanto dentro como fuera de la isla, desde los primeros años de la Revolución, y su tratamiento ha sacado a la luz imágenes y momentos que aun sacuden la conciencia moral de la patria. 

Ángel fue una de las miles de personas que abandonaron —o fueron obligadas a abandonar— la isla en esa oleada migratoria, con la que se iba del país “la escoria de la sociedad”, según palabras oficiales: enfermos psiquiátricos, prostitutas, presos, homosexuales y un largo etcétera… Después de casi cuatro décadas, Ángel se llena de valor para regresar a Cuba, acompañado de su hijo Christian, e intenta saldar deudas pendientes con su familia y su pasado.    

La compañía Teatro Avante, de Miami, tuvo a su cargo el estreno mundial de En ningún lugar del mundo, un texto de Abel González Melo, dirigido por Mario Ernesto Sánchez, como parte del XXXIII Festival Internacional de Teatro Hispano de Miami. Posteriormente la obra representó a Estados Unidos en el Festival Iberoamericano de Teatro de Cádiz, y ha tenido una reciente temporada en el Miami-Dade County Auditorium. Coincidiendo con el estreno, la Editorial Hypermedia ha publicado el texto en un libro bilingüe, con traducción de Marián Prío y prólogo de Beatriz J. Rizk.  

¿Por qué insistir en poner el dedo en la llaga de una problemática que, en pleno 2019, debería estar ya superada? Nos hallamos ante un fenómeno que, lamentablemente, aún tiene repercusión tanto para aquellos que vivieron esa época nefasta como para quienes nacimos después y hemos de cargar con los errores y las angustias de nuestros antecesores. Aquel éxodo fue uno de los tantos acontecimientos dramáticos que el proceso revolucionario ha experimentado y materializado en su devenir. González Melo aborda un momento traumático para Cuba y es hábil al (re)tratarlo en presente: con perspicacia, mediante sutiles latigazos morales y políticos, habla a la conciencia del lector/espectador radicado en una y otra orilla.

Mario Ernesto Sánchez, con vasta experiencia y reconocimiento dentro de la escena estadounidense e iberoamericana, ha leído y desmenuzado con inteligencia los códigos propuestos por el autor. Establece un diálogo sincero, sin ánimos de juzgar, de subrayar, de buscar un culpable: nadie tiene la verdad aquí. Así, logra un relato escénico en el que nos (dis)pone ante la medular interrogante: ¿son las fronteras visibles de un país las que definen el concepto de patria? En escena, dos zonas de la familia: la integrada por Inés, su esposo Fernando —ambos con más de sesenta años— y Diana —la hija de ambos, profesora de Marxismo—, y la que conforman Ángel —hermano de Inés— y su hijo Christian —nacido en Estados Unidos. El autor acude, con claridad en el lenguaje y el argumento, a una restauración nostálgica y agónica de la memoria latente de la patria, y el montaje expone la fragilidad de las relaciones humanas, la relatividad de los afectos filiales y un fuerte contraste entre las contingencias de dos épocas alimentadas por el odio. 

Misterios de Celdrán

Raydel Araoz

Una obra deslumbrante.

Este nuevo espectáculo de Teatro Avante nos habla de conflictos no superados, de la mente ambigua del hombre embadurnada de un ácido político que lo empuja al desenfreno. Es fácil percatarse de ello gracias a situaciones dramáticas bien resueltas desde el punto de vista actoral y a la coherencia de todo el trazado de la acción. El director es perspicaz al dimensionar escenas que conmueven —también con tintes de humor absurdo— y proyectan una fábula que, siendo la retorcida biografía de esta familia cubana en particular, es al mismo tiempo la de todas. La obra va creciendo como un clamor que ansía el fin de tanta tristeza, traducida en miseria generación tras generación.  

La selección del elenco merece aplausos especiales, sobre todo por la cohesión entre actores consagrados y otros más jóvenes. Alina Interián (Inés) muestra sus mejores armas en lo afectivo y nos deja ver a la esposa de un dirigente, sumida en la rutina y la desidia, víctima de la confusión —¿la incredulidad?— y el parasitismo ideológico, capaz de hacerla dudar de su propia sangre, incluso del sentido de la tierra-patria. Un desempeño laudable el de Alina. 

Por su parte, Gerardo Riverón (Ángel) encarna, con hondura psicológica y verosimilitud, al personaje de experiencia vital más compleja —la guerra de Angola lo marcó primero, luego el Mariel y la violenta separación de su entorno, luego las décadas de exilio—, que al mismo tiempo tiene las ganas de sobreponerse a las heridas del pasado y por ello regresa a Cuba. Ahora, cuando es un médico formado en Estados Unidos, ya no siente miedo al repudio, a la violencia: la historia ha dado la vuelta y es él quien ha ayudado a mantener a la familia en la distancia, en complicidad con su sobrina.  

Con toda la tensión que implica ser un dirigente comprometido con la Revolución, Julio Rodríguez (Fernando), con un manejo impecable de la voz y los recursos gestuales, crea una imagen satírica y decadente de su rol. Acaba de perder a su madre y se desgasta intentando conseguir un ataúd para enterrarla decentemente. La impotencia por no poder solucionar algo tan básico llega a la vez que el inesperado reencuentro con Ángel. En una brillante escena entre los cuñados, volverán a encenderse las llamas de 1980, cuando Fernando convenció a Inés de que Ángel había regresado loco de Angola —no era “conveniente” que fuese relatando todo lo padecido en esa cruenta guerra— y lo apremió a abandonar la isla.  

Sorprende asimismo Yani Martín, quien dibuja a una Diana a ratos simpática y a ratos punzante, que en sus intervenciones ofrece a la trama momentos de mucha frescura. Pero no nos confundamos: este personaje es quizás el de mayor soledad. Obligada a alternar sus deberes como maestra y madre con las noches en el hospital durante la larga agonía de su abuela, siente que la vida se le va en un suspiro. Su estallido en la penúltima escena, cuando vomita todo y se convierte en revelador paradigma de una generación de cubanos, me hace pensar en la Luz Marina de Aire frío cuando decide tomar las riendas de su propia vida. 

Un sobrio Ariel Texidó revela en su caracterización el choque inevitable entre las ilusiones que Christian trae en su primer viaje a la isla y el muro de incongruencias y absurdos con que se topa. A medida que avanza la representación, se percibe cómo la intensidad de los días en familia lo afecta. Christian solo podrá percatarse del dolor silencioso de su padre al ser testigo vivencial de un aislamiento que va más allá de las noventa millas: se halla ante un fenómeno que mina las mentes retrógradas de una política repulsiva.

La escenografía, el vestuario y la utilería creados por Pedro Balmaseda y Jorge Noa son un acierto que viene a cohesionar todas estas lecturas implícitas para hacerlas explícitas, siempre desde lo evocador y metafórico. El concepto instalativo, muy bien iluminado por Ernesto Padilla, permite releer espacios vitales nuestros, desde una visualidad que no solo resulta hermosa y a tono con el montaje —la pátina del tiempo unificando las texturas—, sino que porta un imaginario poético, acumulativo de la memoria nacional, que remite a un realismo onírico —en esa dirección va asimismo la música original de Mike Porcel. Se me antoja pensar que la visualidad toda —incluyendo la monumental mata de mangos que preside el patio familiar— alude a un gran mural de la historia de Cuba, en cuyos fragmentos nos reencontramos y del cual nos sentimos parte indisoluble. Un mural cuyo portón central, simbólicamente, se abrirá solo cuando el silencio entre “las dos orillas” empiece a romperse. 

A punto de cumplir cuarenta años, Teatro Avante sale airoso una vez más. El director mira hacia el lado más humanista de la fábula, tal y como la piensa el dramaturgo, y hace de lo político un ágora de debate. La intención no es tomar postura ni hacer panfleto. En ningún lugar del mundo llega arrasando con la fuerza de un huracán que nunca se debilita: un alud de contradicciones mueve los mundos de estos personajes sitiados, signados por una heroicidad y una voluntad de supervivencia al estilo de las grandes epopeyas. Eso es lo que hace potente esta obra, universal desde lo particular. 


Imágenes de la obra.
Por Asela Torres

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