Paquito D’Rivera: “Soy un cubiche globalizado”

La trayectoria musical de Paquito D’Rivera no necesita presentación, basta con sentarnos a escuchar, muy alto o bajito, cualquiera de sus treinta álbumes personales para apreciar el genio de este instrumentista y compositor. 

He conversado con él en algunas ocasiones en Miami, y ahora en New Jersey. El temor que inspira saber que estamos hablando con uno de los músicos más grandes del mundo quedó disipado en el mismo momento de la presentación. “¡Con ese nombre habrás entrevistado a Bebo Valdés en sueco, chica!”. 

De ese otro Paquito D’Rivera, simpático y humilde, quise saber más. Y quién mejor para contarme que uno de sus amigos más cercanos, Enrique Del Risco: “Me ha costado tiempo considerarme amigo de Paquito porque siempre me ha parecido una frescura asumir que algo tan grande es mi amigo. Algo. Porque Paquito, además de alguien, es muchas cosas a la vez: es música, grandeza, gracia, cubanía; es memoria, pero también es la destreza de llevarlo todo junto con la mayor naturalidad del mundo, como si fuera normal ser todo eso al mismo tiempo. Uno de sus secretos, sospecho, es su muy discreta humildad. La facultad para reconocer la belleza y el talento en cualquier parte, sin sentir que eso le resta un ápice a su propio talento. El otro es saber mantener viva su curiosidad, su ingenuidad, eso que cuando nos damos licencia para ser cheos llamamos el niño interior. Quien lo vea solo como un músico no sabe lo que se pierde, pero aún así ya tiene un mundo en las manos en el cual se transparenta todo lo anterior”. 

Cuénteme de su infancia en La Habana 
Tuve una infancia sui géneris, me crie entre artistas, músicos, periodistas, actores. Mientras los demás niños jugaban a la pelota en el placer de enfrente, yo correteaba con las bailarinas durante los descansos en los ensayos de Tropicana. En mi novela ¡Oh, La Habana!, aunque los personajes casi todos reales, van desde Burundi a Egipto, pasando por Buenos Aires y otros puntos del planeta, el personaje central es precisamente la hermosísima ciudad de La Habana. La ciudad que inspiró a escritores, poetas, músicos y paisajistas de cinco siglos; desde Nat King Cole hasta Anastás Mikoyán.

Recuerdos de sus padres
Mi padre estudiaba su saxofón tenor “veintiséis” horas al día. Uno de mis recuerdos más gratos es cuando me llevaba a pasear por la bellísima calle Monte para mirar vidrieras, que eran luminosas y excelentemente decoradas. En las navidades, los comerciantes sacaban los juguetes a unos quioscos improvisados en las aceras de aquella calle tan linda. En el invierno de 1977, durante un viaje del grupo Irakere a Montreal, Canadá, pude, a escondidas y después de nueve años separados, reunirme con mi hermana Rosarito, mi padre y mi madre, quien era la mismísima mujer encantadora de sonrisa amplia y amable. En los momentos más difíciles, nos hacía creer que con ella cerca todo saldría a pedir de boca. Yo no quiero ni imaginar qué hubiera sido de todos nosotros si no hubiéramos tenido siempre presente la sonrisa eterna de esta dama de acero y seda.

Sus primeros estudios musicales

Mi padre fue mi primer maestro de solfeo, teoría y saxofón. Después me enseñó a tocar el clarinete. Cuando empecé a interesarme por el jazz, como él no era un improvisador, me llevó con Pucho Escalante (quien aún vive, con 102 años, en New York) y con otros amigos suyos para aprender los secretos del género que ha sido mi gran pasión y modo de vida.

¿Cuándo decide quedarse fuera de Cuba?

En abril de 1980, los terribles sucesos de la embajada del Perú en La Habana fueron el impulso final para asilarme en España, muy al principio de una gira europea con el grupo Irakere. Woody Allen suele decir que comedia no es otra cosa que tragedia más tiempo, y mi fuga en el aeropuerto de Madrid está narrada con mucho humor en mi primer libro, Mi Vida Saxual (My Sax Live). Allí pasé casi seis meses esperando mi visa americana, reclamado por mis padres que ya vivían aquí desde 1968.

Bebo Valdés estaba muy agradecido por el Bebo rides again (1994). Me dijo: “Ese se lo debo a Paquito y gracias a este disco tuve el honor de conocer a Juan Pablo Torres, el trombonista”.

Era un viejo sueño grabar al Bebo, que era buen amigo de mi padre y un músico cubano de leyenda. Hacía más de treinta años que no pisaba un estudio de grabaciones. Hablé con el dueño de la compañía alemana Messidor y grabamos al Bebo con Juan Pablo Torres, Carlos Emilio Morales, de Irakere; Amadito Valdés, del Buena Vista Social Club; Diego Urcola, de mi quinteto; y otros excelentes músicos. Creo que fue la primera vez que músicos cubanos exiliados y de la Isla grabaron juntos.

También Generoso me contó sobre un concierto que hicieron juntos en New Jersey

Igual que hice con Bebo Valdés y con las Hermanas Márquez, organicé un concierto que dediqué a Generoso Jiménez en el bello teatro NJPAC, de Newark. Tocamos música de Generoso y una pieza que escribí para la ocasión y titulé Tojo, que es como le llamamos afectuosamente. Fue muy emotivo. Hasta la empresa japonesa Yamaha le obsequió un lujoso trombón que se lo entregó en escena el gran trombonista americano Steve Turre.

Según Cristóbal Díaz Ayala, “Paquito fue uno de los grandes propulsores de la latinización del jazz, que hasta un momento determinado era solo cubana, es él quien empieza a experimentar con valses venezolanos, diferentes géneros musicales latinoamericanos, utiliza músicos de diferentes países, un pianista panameño, un saxofonista colombiano, etc[étera]”.

Soy un hombre ecléctico en mis gustos y preferencias, de modo que usar elementos de diversas culturas es parte de mi estilo; y el jazz —una música que nace en un país multicultural— es el caldo de cultivo ideal para desarrollar esta práctica.

¿Qué importancia tuvo Irakere en su momento? 

Irakere fue un fenómeno único e irrepetible, que influyó a muchos en el mundo entero.

“New York es como estar en todos lados”. ¿Ahoga cualquier nostalgia esta ciudad?

New York es la ciudad de mis sueños desde que mi padre trajo a casa aquel LP de Benny Goodman en vivo en Carnegie Hall (yo entendí “carne y frijol”). Aunque el frío no me gusta, incluso desde antes de conocerla, amo profundamente esta ciudad, a la vez altanera y generosa. Yo siempre supe que había un sitio para mí entre las fieras de esta jungla divina y mi madre me lo pronosticó mucho antes de que la idea de venir a establecerme aquí cruzara mi mente. En cuanto a la nostalgia, eso es algo inherente a casi todos los exiliados; la peor nostalgia es la de cosas que ya no existen porque han sido destruidas, como la ciudad de La Habana que yo conocí. La Habana de Cabrera Infante. El difunto pintor cubano exiliado en México, Miguel Cubiles, escribió una vez que “El pensar en La Habana no es recuperar emociones, sino inventar pasados”.

Un apartamento en la otra Cuba ¿sería una buena opción para escapar cada año del invierno de New Jersey?

Esa es una imagen que me martilla en la cabeza muy frecuentemente; sobre todo en días en que hemos hecho researchpara comprar un sitio donde huirle al fricandó cuando se ponga mu pelú por acá. Pero bueno, como dicen los gringos, date prisa y espera…, y en eso ya llevamos más de medio siglo.

“El carácter cubano se agiganta con la distancia”. “Yo redescubrí la música cubana a orillas del Hudson”. 

La letra del himno de mi país dice en una estrofa “en cadenas vivir, es vivir // en afrenta y oprobio sumido”. No soy amigo del melodramatismo, pero sí creo firmemente en la aplicación práctica de este concepto. 

Por otra parte, yo soy fundamentalmente un músico de formación clásica que hace jazz; un estilo musical producto de una sociedad eminentemente multicultural. ¡Cómo hecho a la medida para mí! “Yo descubrí a Cuba a orillas del Sena”, dijo Lydia Cabrera; y yo creo que me gradué de cubano ya después de algunos años de exilio. 

Es innegable que la distancia agiganta la imagen del terruño. “Usted es un cubano profesional”, me dijo mi mujer portorriqueña el día que nos conocimos en un estudio de grabaciones en New York. Estoy orgulloso de compartir mi nacionalidad con Carlos J. Finlay, Martí, Lecuona, Lezama Lima, Celia, Reinaldo Arenas, Luis Carbonell, Bebo, Chucho, Chirino, Bujones, Carlos Alberto (¡y Rita!) Montaner, Andy García, Zoé Valdés y Rolando Laserie.

“¿No se puede exigir en la vida ni amor ni valentía?”

También alguien más sabio que yo dijo que “cuando los pueblos emigran, los gobernantes sobran”, pero no podemos olvidar a los valientes que se quedan, hablan, protestan y van a la cárcel. Cada postura tiene su propio valor, solo que cumplen roles diferentes los que se van y los que se quedan. Entre los que no se les puede exigir valentía están muchos, la mayoría de los músicos cubanos que salen al extranjero a representar a la dictadura, con el flaco pretexto de mejorar la existencia de sus familiares. No se dan cuenta de que prolongan las humillaciones y la miseria de sus familias y de todas las familias de Cuba. En mi caso, prefiero llorar sobre un plato de arroz con frijoles en el exilio a morirme de un infarto esperando una guagua fantasma que me lleve desde la Habana Vieja pa’ Marianao. 

“Se puede sacar a un cubano de Cuba, ¿pero no a Cuba de Paquito?”

Soy cosmopolita por naturaleza; y siempre, incluso estando aún en Cuba, he tratado de “universalizar” mi arte, sin perder por esto mi cubanía. Yo viajo con latas de frijoles en mi maleta cuando voy a Japón por largas temporadas; regalo guayaberas, discos de Álvarez Guedes (tiene uno en inglés fenomenal) y latas de cascos de guayaba a mis amigos de otras nacionalidades. Pero me aburriría vivir en un sitio donde no hubiera gente de distintas razas, costumbres y lenguas. Lo mismo cuando toco, compongo, escribo literatura o artículos, casi siempre incluyo un poco de mi cubichismo, pero también me encanta aprender y usar elementos de otras culturas. Soy un cubiche globalizado.

¿Sigue viendo asombro donde otros ven costumbre?

El día que deje de asombrarme de las cosas que veo a diario en este New York mágico y en muchas otras partes del mundo donde me lleva mi noble profesión, es que estaré muertísimo.

“La mitad de mi corazón es brasileño”. ¿Y la otra mitad?

La otra mitad conmuta de una orilla a otra. Acuérdate de aquel son montuno que decía: “Yo soy guajiro, vivo en el monte, y tengo un sitio en la loma”.

¿Ha regresado a Cuba?

Muchas veces en sueños regresé, y tengo una pesadilla recurrente de que no puedo salir, que no me dejan escaparme. Entonces me despierto empapado en sudor y gritando desesperadamente. Pucho Escalante me ha contado que le pasa lo mismo de vez en cuando; y es que él sí tuvo dificultades para salir de allá con su mujer e hijo en 1970.

¿Cómo imagina ese día que pueda volver a tocar en Cuba?

Ni la más mínima idea. Ya sé que encontraré mucha gente conocida; pero en general supongo que será un país mayormente extraño para mí, aunque no por ello menos entrañable. 

¿Qué sería lo primero que haría al llegar a Cuba?

Supongo que echarme a llorar entre las ruinas físicas y psicológicas que ha causado el socialismo.

El futuro de Cuba.

Peor que esto, nada.


Bonus:



Hace años encontré esta foto de Paquito D’Rivera en el libro Cuba Now, colección personal de fotografías de Ramiro A. Fernández. Ahora he tenido la oportunidad de preguntarle a Paquito sobre ella:
Esa vieja foto es de 1968 en mi hogar de Marianao, La Habana. Es en el cuarto de mis padres, con el saxofón tenor de mi viejo. Detrás, sobre el gavetero, un tocadiscos japonés National (monofónico), que mi madre había logrado comprarme después de hacer una larguísima cola y dormir en la puerta de una tienda toda la noche. Junto al aparato, un disco de los Jazz Crusaders que nos había prestado un diplomático canadiense amigo de Chucho Valdés. Yo acababa de llegar de un viaje por los «países amigos». En Bucarest, Rumanía, había conseguido esos zapatos de tan curioso diseño. El suéter, que era verde-blanco y negro lo tejió mi madre, con estambre que consiguió en otra cola. Yo aún fumaba, vicio maldito que me costó años poder quitármelo de encima.  La foto la hizo Manolito Armestro, que tocaba el bongó y al que llamaban Calandraca, no sé por qué. Manolito era fotógrafo de Fidel Castro, uno de ellos, tenía un revólver calibre 32 en su casa, y se rumoraba que se había suicidado en su apartamento de la calle 42 en Marianao, justo después de una fiesta por su cumpleaños.




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Malena Burke: La reina de las noches de Miami

Ingeborg Portales

Los cubanos de Miami, toda esa primera generación de la emigración, iban a ver qué hacía la hija de Elena Burke, porque a ella era a la que conocían. Iban comentando, seguro que no va a ser tan buena como la madre”.





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