Iván Acosta, al ritmo de la clave cubana

A pesar de haber salido de Cuba tan joven y de vivir la mayor parte de su vida en el Hell’s Kitchen neoyorquino, Iván Acosta es un cubanazo de alma. Pero no uno cualquiera, un cubanazo elegante y pausado, que ríe con la misma risa del niño asombrado que sigue siendo. El autor de El SúperAmigosCómo se forma una rumba y Cándido manos de fuego ha tenido la amabilidad de contarme su historia, que es un pedacito de la historia de Cuba. 

¿Dónde naciste? 

Yo nací en Santiago de Cuba, en un barrio muy humilde que se llama Los Hoyos. Nací en el corazón de ese lugar, en San Antonio y Moncada. Es muy pintoresco, porque cuando se celebran los carnavales de Santiago de Cuba, de ahí salen las grandes comparsas que arrastran miles de personas arrollando detrás de las congas. Y la conga más famosa de todas es la de Los Hoyos. 

¿Tu familia, tus padres?

Mi familia era humilde también. Mi abuela materna, Mercedes Chacón, era francesa, de Marsella; se casó con un catalán, Félix Fernando de Castro, y tuvieron a mi mamá y a mi tío. Mi abuelo estaba bien de situación, era abogado. Cuando él muere, le deja una herencia a mi mamá. Eso nos levantó y nos mudamos para un lugar un poquito mejor en el mismo Santiago de Cuba, para Garzón y Pizarro, cerca de una placita que se llama la Plaza de Martes.

De ahí nos mudamos para un lugar que se llamaba, en aquel entonces, el barrio Sueños, por la Avenida Céspedes o Avenida de Sueños, así le decían. Pero yo siempre iba a Los Hoyos, donde estaban mis primos y amigos. Mi papá, José Mariano Acosta, trabajó casi treinta años con la compañía Ron Bacardí, la vida entera la echó trabajando con la Bacardí. A mi mamá, Ana Fernández de Acosta, le gustaba la costura y cosía bastante bien. Y mi hermana Ana Elsa estudió maestría y piano, se graduó en el Conservatorio Nacional.

Tu vida de estudiante. 

Estudié primero en un colegio privado en Santiago de Cuba, Juan Bautista Sagarra. Era semimilitar; había que ir con uniforme, muy formal. Yo no era buen estudiante, mis calificaciones eran muy malas siempre. Luego fui a otra escuela pública y después pasé a estudiar al Colegio bautista El Salvador. ¿Y quién fue mi maestro en cuarto grado? Frank País, el patriota. La primera vez que yo me subí a un escenario fue ahí, tendría 12 años, ellos hacían obritas de teatro de temas religiosos. 

El ministro Agustín González Seisdedos era el director de la escuela. En esa escuela se conspiraba mucho, casi todo el mundo allí era revolucionario. Algunos se fueron para la Sierra y Frank País era el líder del Movimiento 26 de Julio. Dicen que a él lo matan porque lo denunció la misma gente de Fidel. Cuando cae Batista y Fidel entra en Santiago de Cuba, sale un avión para La Habana para empezar a negociar. Entre ellos, Fidel manda a Seisdedos. El avión se cayó, murieron todos, como treinta personas. Estamos hablando de los primeros días de enero de 1959. 

¿Cuándo se mudaron a La Habana?

Nosotros íbamos mucho a La Habana. Por la herencia que dejó mi abuelo, había que ir a trámites del litigio legal de la reclamación y los abogados de Santiago de Cuba iban con nosotros. A veces íbamos los cuatro. Mis padres, mi hermana y yo. Mi hermana falleció hace mucho, tenía 33 años.

Nos mudamos a La Habana el día que mataron a Frank País, fíjate que cosa más grande. Íbamos por la carretera y en la radio estaban pasando un mambo de Pérez Prado cuando empezaron a dar la noticia: mataron a Frank País. Se me hizo un nudo en la garganta y no hablé en el resto del largo camino hasta La Habana.


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Iván Acosta.


¿Dónde viviste en La Habana?

Llegamos a La Habana y empezamos a vivir en un apartamento en 23 y 20, había una floristería ahí que creo se llamaba Les Printemps Florist; a dos cuadras estaba el parquecito Jalisco y atrás el cementerio Colón. Después nos mudamos porque el apartamento era muy chiquito y como trajimos todos los muebles de Santiago de Cuba no nos entraban. Fuimos para 27 y L, a dos cuadras de la CMQ, frente al Hotel Colina. Al cruzar la calle vivía el ilustre Fernando Ortiz.

De ahí nos fuimos a otro apartamento que estaba en Carlos III e Infanta, donde se unen Ayesterán, Infanta y Carlos III. Había un cine que se llamaba Manzanares, yo vivía al frente. Estudiaba en la Manzana de Gómez, en una escuela de negocios que tenía un nombre en inglés, Pitman Business School. Ahí aprendí mecanografía, contabilidad, ya tenía 14 o 15 años. Después de la escuela salía a trabajar en el restaurante en los bajos de mi casa. Era un restaurante español muy famoso en La Habana que se llamaba Las avenidas. El dueño, el español Laurentino Rodríguez, me conocía porque su cajero era muy amigo mío y cuando se exilió en Venezuela con sus padres, Laurentino me dijo: “¿Tú quieres trabajar donde trabajaba tu amigo Carlitos?”. Y me pusieron en la caja registradora. La gente compraba tabaco, chicles, cigarrillos y preservativos.  

¿Cuándo te llevan preso?

Cuando la invasión a Bahía de Cochinos empezaron a recoger personas, más de 100 000 o 150 000 en toda la Isla. Las metían en estadios, en escuelas. Fue un decreto, una ley de Fidel, el Che y los comandantes para evitar que mucha gente se fuera a unir a los invasores. Entonces llegaron al restaurante y se llevaron a todo el mundo preso, desde el cocinero hasta mí. 

¿Por qué a la gente de ese restaurante?

Acuérdate que ya en 1961 estaban los Comité de Defensa de la Revolución, que vigilaban todo. El restaurante tenía fama de que ahí se reunían los contrarrevolucionarios. Primero nos llevaron para la Ciudad Deportiva y después, como a las 6 o 7 de la tarde, nos llevaron para los fosos de El Morro. Ahí nos metieron como a 6 000 hombres. Yo era el más joven de todos, dicho por el comandante que estaba al frente. Ese comandante estaba frustrado al ver lo que pasaba, se veía disgustado. Mascó su tabaco con un gesto, como diciendo esto está muy mal, y miró molesto al otro que estaba parado a su lado. 

¿Y tus padres sabían que estabas preso?

Ya se había regado la información de que había gente presa y los familiares venían a averiguar si estaban ahí. Subíamos por una escalerita que tenía como doscientos escalones para coger latas de galletas y termos con café que traían los familiares. Un señor me ve y dice: “¿Y tú qué haces aquí?”. “No sé, yo estoy aquí preso”. “¿Y tu familia lo sabe? Hazme una nota, que se la voy a llevar a tus padres”. Y así fue, les llevó una notica que escribí en el papel de una caja de cigarrillos. Entonces mi papá empezó a venir a diario, hasta que me soltaron. A mí me soltaron a los nueve días, hubo gente que estuvo ahí un mes o mes y medio. A todo el mundo le iban haciendo un expediente con foto y todo.

El 1 de mayo de 1961…

Hubo una de las concentraciones más grandes en la Plaza Cívica. Yo fui y vi el discurso de Fidel. Trajeron gente hasta de Baracoa en trenes, guaguas, carros, caballos, y metieron a todo el mundo allí. Dicen ellos que había un millón de personas; si no fue un millón, eran por lo menos 800 000 personas. El público llegaba hasta Carlos III, sin poder oír nada. Después, muchos quedaron regados por La Habana. 

¿Tu madre también va presa?

Mi mamá estuvo cuatro meses en la cárcel por otra razón. Un vecino la acusó de malversar dinero, la denunció al dudar de dónde ella sacaba el dinero. El dinero que le dejó mi abuelo. Cuestiones de envidia. Mi primo hermano, teniente de la columna de Raúl Castro, se escondía en la casa de nosotros en el reparto Sueños para preparar cosas. Él no se llevaba bien con otro revolucionario que se llamaba Bensan, quien arrestó a mi mamá en el Capitolio de La Habana como a los dos o tres meses del triunfo de la Revolución. La llevaron para la cárcel de Mantilla, allí había como ciento y pico de mujeres. Entre ellas estaba la secretaria de Fulgencio Batista, la esposa de un capitán muy famoso que se llamaba Ventura, que decían había matado a 150 000 personas.

¿Cómo la soltaron?

La soltaron porque mi primo Eduardo Acosta, el que había peleado en la Sierra Maestra, se entera de lo sucedido y viene para La Habana. Aquello era una locura tremenda, una anarquía, una cosa fellinesca. Hubo muchísimos asesinatos por problemas personales. Mi primo Eduardo fue al cuartel de Columbia, la base militar en La Habana, habló con Camilo Cienfuegos y le dijo que a su tía la tenían presa en Mantilla y no la dejaban salir. Camilo cogió una máquina de escribir, pero no tenía cinta. Entonces lo hizo con su puño y letra, y le pusieron el cuño del cuartel.

El jefe de la cárcel era un capitán que había sido de Batista y, cuando llegó mi primo y le dijo que traía una carta de Camilo Cienfuegos, por poco le tira una alfombra roja. Todos tenían miedo de que los descubrieran y los metieran presos, porque metían preso y mataban a cualquiera, aunque hubiera sido un soldadito cualquiera. 

Después de eso, un grupo de amigos del barrio, que nos conocíamos muy bien, fundamos una célula de la organización clandestina que se llamaba AJAC (Agrupación Juvenil Anticomunista). Nos reuníamos secretamente en el bosque de la Quinta de los Molinos, que pertenecía a la escuela agropecuaria de la Universidad de La Habana. A mí me mandaban a pegar pegatinas en las paredes. Las pegatinas decían: “El comunismo es destrucción”.


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Iván Acosta en 1972.


¿Tus padres se dieron cuenta enseguida de la gran estafa?

Mi papá había sido del Partido Ortodoxo de Chibás, que eran revolucionarios; pero los ortodoxos, desde el principio, empezaron a romper con Fidel. Ahí también estaba Raúl Chibás, que era el hermano de Eduardo y comandante en la Sierra, creo que había sido profesor de la Universidad de La Habana. Ya todos ellos, muchos académicos y estudiantes, empezaron a alarmarse y a decir: “Oye, esto pinta mal”. 

¿Cómo lograron salir de Cuba tan rápido?

Al lado de nosotros vivía una dentista, prima hermana del comandante Ordaz, el psiquiatra. Él venía a verla; ella ya era contrarrevolucionaria. Era muy raro todo y todos tenían mucho miedo porque, si descubrían que eras contrarrevolucionario, en 24 horas te pasaban la cuenta. Esta mujer tenía otro primo hermano que era revolucionario y marinero. Su primo le dijo que estaban preparando un barco para irse de Cuba. 

Ella era muy amiga de mi mamá, sabía que habíamos estado presos, y le dijo: “Mira, Ana, hay una operación que está preparando gente de confianza, si tú quieres te pongo en contacto con ellos”. Me acuerdo que una noche fuimos a su casa y vino este hombre, que se llamaba Lulio, a hablar con nosotros. Era una conspiración, yo estaba friqueado porque pensaba: “Sabe Dios si este tipo lo que quiere es embarcarnos”, pero después pensaba; “¿Y para qué este hombre querría hacernos esto?”. Ya desde el primer momento habían sembrado la desconfianza, el pánico y la paranoia.

¿Cómo lo planearon?

Nos empatamos con Lulio y nos dijo: “Nos vamos en agosto, en un barco de carga del INRA (Instituto Nacional de Reforma Agraria). Van a tener que ir otra vez para Santiago de Cuba, pero no pueden ver ni visitar a ninguno de sus parientes”. Imagínate que fuimos para Santiago y pasamos por la esquina de la casa de mis abuelos maternos, pero mi mamá no pudo despedirse. Ese fue nuestro último adiós.

Nos hospedaron dos noches en el motel al lado de la iglesia de la Virgen del Cobre y luego vinieron a buscarnos en un jeep; todo coordinado por este hombre. Nos fuimos por toda la orilla del mar, que en aquel momento era un camino de tierra, hasta la zona del Uvero. La presidenta del Comité de Vigilancia de toda esa zona era la tía del que estaba preparando la fuga. Nos consiguieron carnet del INIT (Instituto Nacional Industria Turística), para aparentar que visitábamos esos lares. Estuvimos ahí tres días, in the middle of nowhere. Los guajiros de la zona asaron lechón, venían a caballo con las guitarras, maracas y timbales; tremendos guateques cantando guajiras y sones. Ellos estaban contentísimos de que estuviéramos visitando esa zona. 

¿De dónde venía el barco?

Venía de Baracoa, era un barco de 92 pies, se llamaba El Segundo Relámpago. Venía distribuyendo por los puertos de la costa latas de carne rusa, cervezas, chancletas de palo o cutaras, sombreros de yarey. En el barco iba una señora con sus dos nietas que tenían que bajarse en el próximo puerto, que era Camarón Grande. Cuando pararon en el puerto donde estábamos esperándolo, se bajaron dos soldados y todo el mundo preocupado de que fueran a seguir hasta el otro puerto, porque estaban armados. 

Nosotros teníamos cinco arpones de pescar y dos pistolas, porque todos los que habían organizado la conspiración eran exmilitares del 26 de Julio, todos habían peleado contra Batista. Ellos se iban para unirse a un grupo que se llamaba Rescate Revolucionario; el plan era volver a pelear otra vez, a muchos los mataron en acciones contrarrevolucionarias. Los cinco tripulantes y el administrador del barco, un español, no estaban armados.

¿Secuestraron el barco?

Efectivamente. Cuando llegó el barco nos despedimos de todos aquellos guajiros, prometiéndoles que volveríamos a visitarlos muy pronto. La pobre viejita tripulante y sus dos niñas cogieron un viaje gratis a Jamaica. Allí, los cinco tripulantes también pidieron asilo. En total éramos 21. Debimos llegar a Jamaica en 14 horas, pero nos metimos 25. Nos cogió una fuerte tormenta tropical que por poquito nos hunde el barco. Llegamos el 28 de agosto de 1961. 

Se la jugaron

Y bien jugada, porque si nos cogían ahí mismo nos fusilaban. Cuando nos íbamos, un bote empezó a seguirnos, veíamos el bombillito. Venían armados, traían una ametralladora de alto calibre. Lulio nos decía: “Hay que tener cuidado con ese barquito porque si llega cerca van a empezar a dispararnos”. Después desapareció, no supimos qué pasó, hasta pensamos que la tormenta pudo haberlos hundido o que los recogieron y los llevaron de vuelta. Pero si nos llegan a coger, nos fusilan a todos. 


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Iván Acosta en OTI, 1982.


Y una vez en Jamaica, ¿qué hicieron con ustedes?

Nos tuvieron esperando en el barco como cinco horas. Vinieron médicos a chequear a todo el mundo. Vino la policía, agentes británicos, porque cuando eso Jamaica era todavía colonia británica. Después vino el cónsul americano y nos llevaron a un dormitorio de una iglesia. A los dos días nos llevaron para Kingston, para la estación de policía. Nos explicaron que estábamos detenidos temporalmente, que había una investigación, pero que no nos iban a devolver para Cuba. Nos trataron muy bien. Creo que estuvimos como dos o tres semanas en la estación de policía. Allí no tenían dónde meternos porque era un recinto pequeño, un par de cuartos con literas.

El español no pidió asilo, cuando regresó a Cuba en el barco lo acusaron de haber planificado todo y lo metieron preso. Regresó también la pobre señora con las dos muchachitas. Sabrá Dios cuál habrá sido el destino de esas dos niñas.

¿Había niños en el grupo?

Sí, había varios niños, uno de 2 o 3 años, otra como de 6, otra más como de 9 y una muchachita de 14 o 15 años. Los niños estaban con las mujeres. A las mujeres las llevaron para la casa del obispo y les pusieron como seis policías afuera para vigilarlas. 

¿Qué tiempo estuvieron en Jamaica?

Estuvimos casi tres meses. El consulado americano nos interrogó a todos, nos dieron visa y nos trajeron para Estados Unidos. Llegamos en noviembre del 61, a un hotelito de Flagler, y nos llevaron a la Torre de la Libertad. Allí había un montón de damas cubanas ayudando, dando ropas, abrigos y una jaba con latas de comida. 

¿Por qué no se quedaron en Miami? ¿Por qué New York?

Miami ya estaba llenándose de gente y no había trabajo. Recuerda que Miami era hasta la 27 avenida, el resto era campo, fincas, vaquerías, terrenos pantanosos. Tú podías ver cocodrilos cruzando la calle Ocho. Y mira ahora lo que los cubanos han construido en Miami. 

Te permitían escoger si querías ir a Detroit, Boston, New York. Mi familia escogió New York. Entonces ellos te daban todo, el pasaje, un abrigo, un contacto para ir a un centro que se llamaba International Rescue Committee y 30 dólares. 

Cuéntame la llegada a New York.

Llegamos al aeropuerto de La Guardia, en esa época era como una nave. Desde Miami alguien llamó a un señor para que nos recogiera. A ese señor lo vimos una sola vez en nuestra vida, se llamaba Calzadilla. Nosotros llegamos a las 10 de la noche y él se apareció como a la 1 de la madrugada. 

Ya el aeropuerto había cerrado, un puertorriqueño que estaba barriendo el piso nos preguntó si estábamos seguros de que alguien venía a buscarnos y nos trajo café en un termo. Y en eso viene un señor, con un sombrerito, y mi papá le pasa por al lado y le dice: “¡Calzadilla!”, para ver si era él. Efectivamente. Cogimos la maleta y nos montamos en su carro. Por el camino nos dijo: “Me van a tener que perdonar, pero es que hoy es día de Changó, Santa Bárbara, y fui a una casa ahí que tenían un bembé y no me di cuenta de la hora”. 

¿Y para dónde fueron?

Ese señor nos dejó en un hotelito de mala muerte que estaba en la calle 46 y la octava avenida, el Hudson Hotel. Estuvimos ahí hasta el día siguiente, porque no teníamos dinero para pagar, solo para una noche. Calzadilla había llamado a otro cubano y le dijo que había dejado una familia ahí y que tratara de ayudarnos. Este otro hombre vino y nos llevó para otro edificio, en la calle 46. Habló con el súper, que era un señor negro americano, y nos llevaron para el cuarto piso. Nos puso tres colchonetas, un bombillo, una mesita, una silla y nos metió ahí. 

Ese señor cubano, que tampoco volvimos a ver nunca, creo que se llamaba Mayito, le dijo a otro, que era boricua y tenía una bodeguita al lado, que nos dejara comprar lo que quisiéramos que él lo pagaba. Compramos leche, jamón, queso, pan y subimos. Ya hacía frío. 

Después vino un reverendo evangélico puertorriqueño que se llamaba José Alberto Torres, nos sacó de ahí y nos llevó para el edificio donde estaba su iglesia, la Martha Memorial Church, calle 52 entre las avenidas 9 y 10, en Hell’s Kitchen; el barrio donde se habían filmado escenas de West Side Story. Primero llevó a mis padres y a mi hermana a lo que llaman un furnished room, muy modesto, un cuartico que te lo alquilan con una cama, un pin-pan-pun, una mesa, una neverita y un servicio sanitario común en el pasillo, celosamente guardado por una pandilla de cucarachas. A la semana nos llevó para el apartamentico que él tenía al lado de la iglesia.

¿Cuáles fueron los primeros trabajos que consiguieron?

Ahí nos fuimos organizando y orientando, poco a poco. Mi mamá consiguió un trabajo en el Hotel Edison, ayudando a limpiar cuartos y a preparar las camas. Mi papá en el Hotel Americana, que ahora es el Sheraton, lavando los platos en la cocina. Y mi hermana en una fábrica de carteras, porque cuando aquello toda esta parte de Manhattan estaba llena de factorías. Tú llegabas y a las veinticuatro horas ya tenías trabajo. Había fábricas de zapatos, carteras, ropa, sombreros. Yo empecé pintando cocinas con un señor que me llevó a trabajar con él. Allí vi mi primera nevada. Luego conseguí un trabajo debajo del puente Brooklyn, descargando camiones con mercancías importadas de Japón. Así comenzó nuestra historia en New York. 

¿Estuviste en el Army?

En octubre de 1962 por poquito se acaba el mundo. Los rusos comenzaron a instalar cohetes con cabezas nucleares en Cuba. El presidente Kennedy mandó a organizar un batallón del ejército americano, con voluntarios cubanos exiliados, The Cuban Units. Yo me inscribí en la estación del Army en Times Square. El 5 de diciembre de 1962, al año de llegar a New York, me reclutaron y me llevaron para la base militar Fort Dix, en New Jersey. Luego entré en las fuerzas selectas de paracaidistas de la legendaria Airborne Division 101. Me pasé seis años en el ejército, dos años activos y cuatro años en la reserva. Era durante la guerra de Vietnam, pero no fui. En diciembre de 1968 me dieron mi diploma y licenciamiento honorable.


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Iván Acosta en 1964.


¿Empezaste tu colección de vinilos en New York?

Cuando escapamos de Cuba me llevé un disco en el barco. No podíamos llevar nada para no crear sospechas. Imagínate, iban a pensar que íbamos de paseo a la Sierra Maestra con esa pila de maletas. Pero mi hermana y yo nos arriesgamos. Ella trajo un disco de Ramón Veloz y yo uno de un cantante de rock que se llama Luisito Bravo, un muchacho roquero de 20 años.

En ese momento comienza el movimiento de la Nueva Ola en Latinoamérica y empiezan a cantar rock and roll en español. Luisito Bravo era el ídolo de los jóvenes cubanos. Y había un argentino que se llamaba Luis Aguilé, autor de aquella canción que luego pegó tanto y se convirtió en un himno, Cuando salí de Cuba. Una canción tan cubana, que se hizo muy popular entre los americanos también. 

¿Y lo conservas?

Aquí está.


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¿Estudiaste cine?

El ejército da beneficios para estudiar, te paga la universidad. Entonces aproveché y empecé a coger créditos, me metí a estudiar cine en la New York University, imagínate, en el corazón del Village. Allí vimos desarrollarse todo el movimiento hippy y sus secuelas.  

¿Y el teatro?

Fui trabajador social y consejero por ocho años en el corazón de Harlem, desde el 70 hasta el 78. Ese era mi trabajo de 9 a 5 de la tarde, ayudando a la gente que salía de la cárcel a encontrar entrenamientos y trabajos. Y de noche me iba a hacer teatro. Siempre he tenido dos trabajos. A veces iba a mi casa, que era en la 180, en Washington Heights, y después iba para el teatro. Algunas veces actué, pero mayormente dirigía, producía, hacía de todo un poco.

¿Durante ese mismo tiempo empezaste a hacer tus obras de teatro?

En 1970 estrené mi primera obra teatral, Grito 71, un musical de rock and roll, muy moderno y revolucionario, teatralmente hablando. En esos tiempos hice dos o tres corticos, uno que se llama El sendero del difunto y el otro El ataúd. Después hicimos El Súper. Luego Amigos, que es un largometraje grande filmado entre Miami, Washington y New York, como una bitter sweet comedy. Es la historia de un marielito que llega a Miami. Después hicimos una peliculita que se llama Rosa y el ajusticiador del canalla. Primero la escribí como obra de teatro y quedé finalista en el prestigioso certamen Letras de oro. Luego la hicimos película. Decidí hacerla en inglés porque es la historia de una señora judía, sobreviviente del barco Saint Louis, que vive frente a las Naciones Unidas y durante la asamblea general de la ONU se le mete en el apartamento un hombre que había sido Peter Pan y planea ajusticiar al canalla que viene a hablar en el foro mundial.

El Centro Cultural Cubano de New York…

En octubre de 1972 estábamos siendo bombardeados con propaganda procastrista dirigida desde La Habana. Me di cuenta de la necesidad de información sobre nuestras raíces, orígenes, cultura y riqueza artística que tenía la juventud cubana en el exilio. Llamé a mis amigos Omar Torres, Luis Cruz Azaceta, Rafael Llerena, Paul Echaniz, Carlos Fernández Freire y Aidita de Cárdenas. Hicimos un llamado público y aparecieron más de cien compatriotas artistas, profesionales, académicos y locos.

Así se fundó el Centro Cultural Cubano de New York (CCCNY), que ya cumple casi 5 décadas presentando festivales, seminarios, teatro, danza, exhibiciones de artes plásticas, conciertos de música clásica y popular, cine y literatura. En el blog Academia de la Historia de Cuba en el Exilio aparece un ensayo sobre la historia del CCCNY, “Las cuatro estaciones del Centro Cultural Cubano de New York”.

¿Por qué El Súper?

La obra de teatro ya tiene 44, porque la escribí en 1976. Me dio por escribir esa historia porque en ese tiempo, cuando yo vivía en la 180, oía a los súper, encargados de los edificios, hablando en las aceras. Casi todos eran cubanos y puertorriqueños. Y en New York estaban pasando muchos acontecimientos en ese momento.

Ya teníamos la salita de teatro del Centro Cultural Cubano. La escribí pensando en un montaje muy simple, con cosas que nos encontrábamos por la calle, una silla en la acera, una cortina, una mesita, un refrigerador. Todo el mundo ayudaba. 

Cuando la escribí se la di a leer a algunas personas: Ileana Fuentes, Ofelita Abril, Paul Echaniz, Jorge Ulla, Raymundo Hidalgo Gato (el súper) y Zully Montero (Aurelia). A todos les gustó y me dijeron para montarla. Mundito me llamó una madrugada y me dijo: “Coño, Iván, te llamo porque no puedo dormir, me he leído la obra como cuatro veces y yo quiero hacerla”. Le conté a Reynaldo Medina (Pancho, el cubanazo); él se estaba quedando en mi apartamento porque se estaba divorciando. Reynaldo no era actor, sino modelo famoso, pero un tipo comiquísimo y muy good looking. Y nada, ahí empezamos a ensayar. 


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Cartel de ‘El Super’, de Iván Acosta.


¿Cuándo la estrenaron?

La estrenamos en noviembre de 1977, en la calle 51 y la 11 avenida. Hacía un frío bestial. La noche del estreno se quemó un edificio frente al teatro, tremendo fuego, vinieron como 20 carros de bomberos. Evacuaron el teatro, sacaron a todo el mundo en medio de la obra. La gente tuvo que salir corriendo a mover sus carros. Recuerdo que el actor Juan Troya me dijo: “¡Coño, Iván, se jodió El Súper!”. Pasó como media hora y ya nosotros estábamos tomándonos un vino cuando todo el mundo regresó para el teatro. Querían ver el final. Ahí arrancamos de nuevo con la obra. Estuvo cuatro meses en cartelera, que eso es algo raro porque aquí una obra de teatro en español te dura dos fines de semana. 

¿Y en Miami?

La llevamos a Miami al año siguiente. La presentamos por un fin de semana en el teatro América, que ahora se llama Bellas Artes, en la calle 8 y la 22 avenida. En ese teatro deben entrar unas 250 personas. La estrenamos un miércoles y resulta ser que radio bemba empezó a regar la noticia. El viernes vino tanta gente, nadie en fila, todo el mundo tirado al garete; la gente en el medio de la calle, tuvo que ir la policía. 

Para seguir poniéndola más días tuve que cambiar a varios actores que tenían que regresar para New York: Zully Montero (Aurelia), Juan Granda (Cuco) y Lula Santos (Ofelia), y montar esos papeles con actores de Miami: Marta Velazco, Mercedes Enríquez y Joaquín Ladrón de Guevara.

¿De ahí la llevaron al cine?

Cuando la obra estaba en cartelera en el CCCNY, una noche vinieron a verla mis amigos León Ichazo, Orlando Jiménez Leal y Mariano Ross. Al otro día me llamaron León y el productor Manolo Arce para proponerme filmarla. Nos reunimos varias veces y entre León, Orlando y Manolo formaron el equipo técnico. Ya la obra llevaba 4 meses en cartelera, eso ayudó mucho a la producción de la película, porque ya los actores se sabían la obra de memoria. 

León y Manolo me propusieron cortarle algunas escenas al libreto, porque la obra original sería muy larga para el cine. Yo les di el visto bueno y al mes siguiente ya estábamos en un sótano en Washington Heights filmando la película. Ni a mí ni a nadie nos pasó por la mente que cuatro décadas más tarde El Súper se estudiaría en decenas de universidades, incluyendo la Universidad de La Habana.

¿Y se volvió a publicar el libro?

Luis Leonel León me propuso publicarlo por el cuarenta aniversario en Fugas, una editorial pequeña en Miami, asociada con Las Palmas de Madrid. Lo bueno es que es una edición comentada por varios amigos, desde Reinaldo Arenas, Carlos Alberto Montaner, Néstor Almendros, Alejandro Ríos, Luis Brizuela, Gina Montaner, entre otros. Y también tiene un pequeño archivo fotográfico al final del libro. Un collector’s item.

Reinaldo Arenas… 

Reinaldo era muy amigo de nosotros. Él llega por el Mariel a Cayo Hueso y de ahí a Miami. Lo empiezan a ayudar Luisa Gil, Nancy Pérez Crespo, Lillian Bertot, Isabel Rodríguez. Me lo presentaron en Miami en una librería. A él no le gustaba mucho y, cuando decide venir para New York, yo lo recibo, en este mismo edificio, en un estudio que tenía en el piso 32. Yo me iba para Miami a dirigir la obra No son todos los que están y le dije que podía quedarse aquí. 

A él le encantaba mi biblioteca y mi colección de música. Comiendo con nosotros, Reinaldo nos hace cuentos (a Teresa y a mí) que después saca en el libro Antes que anochezca. Luego mi madre habló con el súper de un edificio en la 43 y le consiguió un apartamento ahí. “Oye, Iván, el marielito va para allá y no tiene donde caerse muerto”; uno de los cuentos de mi libro Con una canción cubana en el corazón es sobre la llegada de Reinaldo a New York. 

 Celia Cruz

Tuve el honor de conocer y compartir varias veces con Celia Cruz. Una vez hicimos un comercial de McDonald’s: ella cantaba sentada sobre la M del restaurante. Luego, en varias ocasiones, nos encontrábamos en fiestas en casa de Chico O’Farrill. Aquí en New York Celia era más importante que en Miami. Era un ídolo para muchos. Los puertorriqueños la adoraban y la adoran. 

El funeral de Celia Cruz fue algo grande. La Quinta avenida estaba desbordada, había como 50 000 personas. Vino gente de muchos lugares, de Boston, Hartford, Filadelfia. La Quinta avenida repleta de gente hasta las puertas de la Catedral San Patricio y miles de policías cuidando. La trajeron en un coche con caballos blancos, fue tremendo y muy emocionante. De aquí la llevaron para la Torre de la Libertad, en Miami.

Las charangas en New York…

Aquí en New York, a finales de los 60 y más o menos hasta los 80, había muchos salones de baile. La gente iba a bailar con orquestas en vivo. Las orquestas estaban bien, todos tenían trabajo. La Charanga 76 surge en ese año, casualmente en el Centro Cultural Cubano, en el teatrico donde estrené El Súper. Fue la charanga más popular de todas, cuando la anunciaban se llenaba aquello. Grabaron más de 20 álbumes. Felipe Martínez, Pipo, creó la Charanga 76, como la Orquesta Aragón, con un formato de ocho o diez músicos, un sonido muy lindo, con violines y flautas. De ahí surge el dúo de Hansel y Raúl, ellos eran los cantantes, hacían un acoplamiento muy interesante de las voces. 

Cándido manos de fuego (2004-2005)…

Cándido Camero se fue de Cuba en 1946. Él hizo toda su vida aquí en New York. Grabó más de 700 discos, grabó con todo el mundo. Tremendo percusionista. Murió a los 99 años y medio. Era como parte de nuestra familia, quería mucho a mi hijo Amaury y le dio varias clases de percusión y ética.

A través de lo que él cuenta en el documental, realmente estamos narrando el vínculo entre Cuba y Estados Unidos, y la rumba, y el jazz. Salen Tony Bennett, Billy Taylor, Bobby Sanabria, Randy Weston, Juan Márquez, Federico Britos y otros ilustres músicos hablando de Cándido. El cantante Tony Bennett, que lo quería como a un hermano, nos dijo en el documental que “cuando Cándido llegó a New York, en 1946, la música del jazz cambió para siempre”.

Cómo se forma una rumba (2006)…

Otra de las cosas que he hecho es producir conciertos, el último fue el de Cándido en Miami, en marzo-abril de 2019. Fue su despedida de Miami. 

Como tenía acceso a todos estos músicos, Cándido, Chico O’farrill, Patato, David Oquendo, pensé hacer un documental con toda esta gente interesante, con sus testimonios sobre la música cubana. El documental cuenta a través de las voces de ellos la historia de los ritmos más populares cubanos y sus orígenes. Le escribí una especie de poema testamento al principio. Su estreno fue en el Festival de Cine del Lincoln Center. Eso le dio un buen empujón porque es uno de los festivales de cine de más reputación en Estados Unidos. Fueron muchas personas a verlo, se llenó. De ahí una distribuidora lo cogió y se encargó de venderlo. 

Con una canción cubana en el corazón… 

Es un libro de lujo. Lo hicieron en Estados Unidos, en Massachusetts, en 2016. Viene con dos discos, dos CD, o dos vinilos. Es un coffee table book, con 282 carátulas de los discos de mi colección, discos de los años 50, de la época de oro de la música cubana. Y 80 cuentos asociados con las carátulas de los discos, cuentecitos de todo lo que vi y viví en Cuba y aquí.

Cristóbal Díaz Ayala

En Miami alguien le regaló el libro a Cristóbal y a los días recibí un correo muy simpático. Me decía: “Oye, Iván, te envidio porque en tu libro hay dos discos que yo no tengo”. 

¿Cuáles son? 

Uno de una cantante cubana llamada Elena Madera y el otro de un grupo cubano que toca rumba y guaguancó aquí en New York, Raíces Habaneras, de David Oquendo.

¿Acabas de presentar Detrás de mis ojos?

La Biblioteca Pública de Nueva York (NYPL) lo presentó, para nosotros fue un honor. En Miami lo estrenamos el mismo día 11 de septiembre, el 9/11, en el Cine Tower. Este año se conmemora el 20 aniversario. 

La historia es que cuando el primer avión se estrella contra una de las torres gemelas del WTC, una vecina puertorriqueña amiga nuestra nos llama. “Oye, Iván, asómate al balcón que un avión acaba de chocar con las Torres”. En aquel momento nosotros podíamos ver hasta la Estatua de la Libertad, toda la bahía, parte del puente Verrazano. 

Cuando veo aquel humo saliendo pienso que es raro y empecé a filmarlo. Cuando estaba poniendo la cámara en el trípode, vi otro avión volando sobre Staten Island y pensé que sería un avión militar que venía a ver qué pasaba. A partir de ahí es todo el derrumbe de las torres, el humo, los aviones militares, los helicópteros, ambulancias, bomberos… 

¿No habías hecho nada con este material hasta ahora?

Nunca. Empezamos a editarlo en 2018. Trabajamos con el cineasta español Raúl Barcelona lentamente durante todo 2019 y el comienzo de la pandemia en 2020. La música del documental es del maestro Alfredo Triff y la pieza final de Amaury Acosta.

La forma más fácil de dar a conocer los documentales es presentarlos en festivales. Es asombroso que ya lo hayan aceptado en diez. Y más asombroso aún que el Festival de Miami del MDC lo haya rechazado. ¡Y hasta nos cobraron bastante por el alquiler del Tower! Ahora está en los festivales de la Florida, Estocolmo, Oslo, Melbourne, Las Vegas, Toronto, Woodstock, donde tuvo muy buena acogida, y pronto va a estar en el Festival de Cine Círculo DOC de NYC. 

¿Tu pasión por la música?

A mis padres les encantaba la música. A mi madre le gustaba cantar. A mi mamá le gustaban mucho Olga Guillot, Blanca Rosa Gil, Esther Borja y Celia Cruz. Escuchaban toda la música popular de los años 50: Benny Moré, Pérez Prado, Rolado Laserie, el chachachá, las guarachas, La Sonora Matancera, el bolero que estaba muy de moda, Fernando Álvarez, Ñico Membiela, Orlando Contrera. Luego, mi familia y toda la comunidad cubana se mantuvo escuchando esa música fuera de Cuba. Muchos de esos cantantes también vinieron para el exilio. Fernando Albuerne, Olga Guillot, Celia Cruz, La Lupe, Julio Gutiérrez, el que inventó la pachanga, Eduardo Davidson. Todos vinieron para el exilio y aquí había muchos clubes donde ellos cantaban, en New Jersey, Chicago, New York y Miami, por supuesto, y esa música la ponían por la radio. Entonces, desde que tengo uso de razón, me he estado moviendo al ritmo de la clave cubana.

¿Por qué es especial la música cubana?

Mira, República Dominicana tiene su rico merengue y el bolero bachata; Puerto Rico, la bomba, aguinaldo y la plena; Venezuela, el joropo y las llaneras, que son muy bonitas, por cierto; Colombia tiene la cumbia, el bambuco y el vallenato; Perú, sus bellos valses y marineras; Argentina, tango y milonga; México, corridos, mariachis, rancheras y norteñas; Brasil, tiene un montón de música linda, su samba y bossa nova, etc. Cuba tiene alrededor de 34 ritmos musicales: la habanera, la danza, el danzonete, el danzón, el changüí, el bolero, el son montuno, la guajira, la guaracha, la rumba, el guaguancó, la pachanga, el mambo, el chachachá, el mozambique, la timba, entre otros. Muchos de estos ritmos han sido adoptados por países hermanos y los han sabido preservar como propios. Por ejemplo, el mambo, creado hace setenta años por Dámaso Pérez Prado, todavía sigue siendo popular en el mundo entero.     

¿El jazz latino?

Jazz latino, el nombre que se le dio a las descargas cubanas en La Habana, con Julio Gutiérrez, Cachao, Fajardo, Bebo Valdés y Pérez Prado, entre otros. En New York, los legendarios maestros Mario Bauzá, Machito, Chico O’Farrill, Tito Puente, Tito Rodríguez, Charlie y Eddie Palmieri, Ray Barreto, Julio Gutiérrez, Mongo Santamaría, Cándido Camero, Paquito D’Rivera, Michel Camilo y Paquito Echevarría, entre otros, impulsaron ese género de raíces cubanas, que en los años 80 se le empezó a llamar latin jazz. Lo mismo sucedió con la música popular cubana, la bautizaron con el nombrecito de salsa. Ambos son nombres simplemente comerciales. Salsa y latin jazz es igual a música cubana.

¿Tu familia, Teresa, tus hijos? 

A Teresa la conocí en el año 76, en el Centro Cultural Cubano. Nos casamos un Memorial Day, el 30 de mayo de 1982. Tenemos a Yaritza y a Amaury; ambos han resultado ser artistas. Yaritza es una directora creativa y excelente diseñadora; su esposo Albert también es un gran diseñador gráfico y de murales. Ellos nos han bendecido con Penélope y Phoenix.

Amaury estudió música, es un estupendo percusionista, compositor y arreglista, domina el jazz, la música electrónica y la música cubana a la perfección. Recientemente tocó en varios conciertos con el ya legendario músico Omar Sosa. 


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Iván Acosta y Teresa, su esposa.


Los cubanos…

En El Súper hay una escena en la que están jugando dominó y él dice: “Los cubanos estamos en Siberia, en el Líbano, hasta en Japón”, y el boricua responde: “En Puerto Rico también están metidos, ¡y como joden!”.

Es una escena muy jocosa, siempre apoyándome en el choteo cubano. Sucede que al principio del exilio más de 40 000 cubanos se fueron a vivir a Puerto Rico y los puertorriqueños los recibieron con los brazos abiertos. Allí emprendieron negocios, los académicos consiguieron empleos en universidades y escuelas. Los revolucionarios crearon grupos anticastrista y algunos hicieron incursiones bélicas en las costas cubanas. 

Algunos cubanos, los arrogantes, los habla caca, se ponían a criticarlo todo, comparándolo con “la Cuba de ayer”, y eso les caía mal a los boricuas, que siempre han sido amables y generosos, pero muy orgullosos de su bella isla del encanto. El tiempo fue pasando y los jóvenes se fueron enredando entre cubiches y boricuas. Hoy en día hay miles de familias compuestas por puertorriqueños y descendientes de cubanos exiliados. Por eso el comentario jocoso del Boricua de Oro en El Súper.

¿Cuba?

Ya se cumplieron sesenta años desde que escapé de la tiranía castrista. Y créeme, no ha pasado un solo día sin pensar en lo que podría haber sido nuestro país. Todavía tengo esperanzas, no las pierdo. Tarde o temprano lo malo se acabará.

Bonus

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Iván Acosta: Esta fue la primera foto que me tomaron en Nueva York, frente a la biblioteca pública de la 5ta avenida y la calle 42. Fue el 28 de enero de 1962, a dos meses de haber llegado. El señor que está a mi lado era mi querido padre, José Mariano Acosta Pérez. Entramos a una tiendecita de cámaras, pilas y artefactos eléctricos. El dueño era un señor húngaro, un refugiado que escapó de Hungría con su familia. Hablaba unas cuantas palabras en español. Le contamos que habíamos escapado de Cuba comunista hacía 5 meses. Bueno, el final de la conversación fue: prepárense porque se quedarán en Nueva York el resto de sus vidas. Tremendo presagio. Terminamos comprándole la camarita Kodak Instamatic.




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Michael Gil: ‘The Soundmurai of Miami’

Ingeborg Portales

Según Michael Gil, él no es más que un guerrero al servicio de la música, un ‘soundmurai’ para quien la única manera de saber a dónde lleva el camino del arte es caminándolo.






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