Ignacio Berroa, siempre con un par de baquetas en la mano

Según una de las grandes leyendas del jazz, Dizzy Gillespie, Ignacio Berroa es “el único baterista latino en la historia de la música estadounidense que conoce profundamente ambos mundos: su música afrocubana nativa y el jazz”.

Berroa salió de Cuba en el año 1980 a través del puerto del Mariel. Se estableció primero en Nueva York y luego en Miami, donde ha desarrollado una formidable carrera musical y ha compartido escenario y grabaciones con todos los grandes del jazz.

Su producción discográfica personalCodes (Blue Note, 2006), Heritage and Passion (2014), Straight Ahead from Havana (Codes Drum Music, 2017).

Usted comenzó estudiando violín y un año después saltó a la percusión. ¿Por qué este cambio de instrumento?

Antes de empezar a estudiar violín, un día mi papá llegó a casa con dos discos: uno de Nat King Cole y otro de Glenn Miller. Cuando los escuché quedé fascinado por el jazz y por la batería. Pero uno siempre quiere seguir los pasos de papá, así que empecé a estudiar violín en la Escuela Nacional de Arte. 

Hasta que un día mis compañeros de albergue le dijeron a mi padre: “Mire, Ignacio, a su hijo no le gusta el violín, él lleva un año aquí perdiendo el tiempo, nunca lo estudia, raramente está con los violinistas. Y siempre termina con un par de baquetas en la mano. A él le da pena decirle que lo que quiere estudiar es percusión”.

Vino por el Mariel, vivió nueve años en Nueva York y luego se mudó a Miami. ¿Por qué Miami?

La primera vez que vine a Miami fue con un grupo a tocar en el Festival de la Calle 8. En Nueva York tocaba con Dizzy Gillespie, y como me pasaba la vida viajando ya no tenía mucho sentido seguir viviendo allá. Estaba aburrido de los inviernos, y todos mis amigos de la infancia vivían aquí en Miami. Más los pastelitos y la malta Hatuey. Tampoco quería criar a mi hijo Christopher en Nueva York.

Cuando trabajaba con Dizzy Gillespie atravesaba la etapa del “limbo” o incertidumbre legal de los marielitos. ¿Cómo se las arreglaba?

Para trabajar con Dizzy, él tenía que llamar a la Casa Blanca, y la Casa Blanca tenía que llamar a inmigración en Nueva York, para que me autorizaran a viajar. Yo no tenía ni siquiera pasaporte. En 1983 le dije a Dizzy que no podía seguir trabajando así, que él necesitaba un baterista sin esos problemas. Fue una etapa en general muy dura. Llegar a Estados Unidos, a un país donde no conoces el idioma… Fue como nacer nuevamente.

¿Cómo fue la experiencia de regresar a Cuba después de veintidós años?

Me quedé sorprendido, porque antes de ir algunos amigos me decían: “Aquí todos los músicos jóvenes te admiran y tienen tus videos”. Yo pensaba que ninguno de los músicos jóvenes seguía mi trayectoria. Eso me animó a ir. Muchos cubanos de línea dura pueden pensar que Berroa regresó a Cuba a tocarle a Castro. Pero para mí fue un regreso victorioso: poder regresar a mi país a tocar la música que siempre quise tocar, y darles la oportunidad de verme tocar a esos jóvenes que tanto me admiran, para que supieran que sí se puede. 

Lloraba muchísimo cada vez que veía a mis amigos; el cariño que me dieron es una experiencia imborrable. Cuando nos abrazábamos y me decían: “yo pensaba que nunca más te iba a volver a ver”… Todavía hoy me emociona.

¿Latin Jazz o Cuban Jazz?

Lo que se llama Latin Jazz es tocar música americana, temas conocidos americanos, con ritmos cubanos. No es por ser sectarista, pero la tumbadora, los timbales, los bongoes, son instrumentos y ritmos cubanos. Creo que podría haberse llamado Cuban Jazz. Es la mezcla de la armonía del jazz con ritmos afrocubanos. Hay que recordar a quién metió Dizzy Gillespie en su orquesta: a un cubano llamado Chano Pozo.

¿Y el término afrocaribeño?

Es un término que también se ha usado para hacerlo más general, porque la comunidad latina en Estados Unidos no es solo de cubanos. Aunque todos somos del Caribe y tenemos ascendencia africana, la llave de esa esencia rítmica siempre ha sido Cuba.

¿Parecido al fenómeno de la salsa?

Exactamente igual. La salsa es un nombre comercial que se le dio a la música cubana. Tito Puente siempre lo dijo: salsa es algo que se le echa a la comida, esto es música cubana. En mi opinión, los tres países del continente americano que más han influido en el mundo musical son Estados Unidos, Brasil y Cuba.

¿Le interesa enseñar música?

Sí, me interesa mucho pasar mis conocimientos, entiendo que ese es el legado que hay que dejar. A mí me costó mucho trabajo aprender, y no soy de los que piensan que los demás tienen que pasar el mismo trabajo que yo. Tengo escritos dos libros sobre la batería, y tengo un video instruccional, pero a las universidades americanas les cuesta mucho aceptar a un cubano enseñando batería, porque es un instrumento de ellos. Hace dos años me ofrecieron enseñar tumbadora en la Universidad de Miami; les dije que yo era baterista. Es el estereotipo: si eres cubano tienes que enseñar tumbadora, bongó, timbales.

Codes.

Es el primer disco bajo mi nombre, con el sello de Blue Note, que es el sello más prestigioso del jazz en Estados Unidos. Lo produje a mis 53 años con dos grandes amigos, Gonzalo Rubalcaba y Ricardo Eddy Martínez. Es una mezcla de los códigos de la música americana, que siempre ha sido mi pasión, con los códigos de mi herencia afrocubana. Codes refleja mi carrera, lo que siempre quise hacer y quién soy.


© Imagen de portada: Getxoko Kultur Etxea.


Codes, por Ignacio Berroa, Gonzalo Rubalcaba y Ricardo Eddy Martínez:





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Ingeborg Portales Marino

“En la enseñanza musical no se estudiaba jazz. A mi generación lo que le interesaba era el rock. La política era meterte la música cubana a la fuerza. Hubo una época de reevaluación del son: son para aquí, son para allá. Por eso lo rechazábamos. Solo después, fuera de Cuba, es que redescubro la música cubana”.





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