‘Coherence’: infinitos universos, una sola moral

Coherence, una película estrenada en 2013 y dirigida por el debutante James Ward Byrkit, pertenece a una línea de realización silenciosa y prácticamente desconocida, que podría denominarse como “nueva ola” dentro del cine de terror actual. Un movimiento que, tras años debatiéndose entre el cine de terror tradicional y el peor cine, ha comenzado a desplazarse hacia nuevas conceptualizaciones del terror como género cinematográfico.  

Directores como Jordan Peele —Get Out (2017), Us (2019)—, o Ari Aster —Hereditary (2018), Midsommar (2019)— han conseguido traer a sus realizaciones temas hasta ahora relegados a otros géneros, y que abarcan esferas tan amplias como el antirracismo, los discursos minoritarios o la superación del yo. En estas cintas, el horror no está montado como una máquina de sustos al espectador, sino como un mecanismo de consternación y pánico, provocado al pensar en las consideraciones humanas y éticas derivadas de los actos de los personajes. El sobresalto se ha convertido de pronto en un escalofrío mucho más íntimo.

Pero, ¿qué nos cuenta Coherence?


[ A partir de ahora, este artículo puede contener spoilers ]

La película, austera y con pocos recursos, narra una cena —coincidente con el paso de un cometa cerca de la Tierra— entre ocho amigos. La historia gira alrededor de Emily, una de las invitadas, quien pasa por un mal momento con su novio, otro de los comensales. 

Partiendo de una ya clásica pérdida de señal en los móviles, los efectos del cometa pronto comenzarán a desconcertar a personajes y espectadores. De algún modo, las leyes de la Física se han alterado y la casa donde sucede la cena parece ser objeto de una extraña replicación. Desde la ventana de la habitación en la que están reunidos los personajes, solo puede verse otra casa, idéntica. En su interior, están ellos mismos.

Sorprendidos, los personajes intentarán encontrar pistas. Algunos sugerirán ir a echar un vistazo a la “nueva” casa, establecer un sistema de reconocimiento entre ellos para no confundirse con los otros, y, ya in extremis, veremos avanzar un sentimiento que hasta entonces no estaba en el filme: la obligación de matar antes de ser matado. 

La situación se vuelve cada vez más desesperada, y aún consigue ahondarse cuando descubren que la casa que tienen delante no siempre es la misma. Una vez cruzada la zona oscura, la imagen se multiplica en un sinfín de casas y de realidades paralelas.

Lejos de lo que pueda parecer, una vez explicada la trama, el metraje no es en ningún caso un ejercicio de complejidad fílmica o de giros de guion al más puro estilo nolaniano. Desde muy temprano se hace hincapié en la naturaleza humana y —aunque no se desdeñe este aspecto— no necesariamente argumental o científica del filme.

En armonía con toda la temática, las conversaciones que se dan sobre la mesa en los primeros momentos de normalidad son fugaces, nimias. La clásica conversación entre colegas de siempre que llevan demasiado sin verse. Pero un fantasma recorre la velada. Uno de los amigos ha invitado a la ex del novio de Emily. Miradas incómodas. Frases entrecortadas. Autocensura. Habladurías del pasado. El elefante en la habitación finalmente se hace visible: es el fantasma del “haber sido”. 


El ritmo se va acelerando. La película arranca. La frustración en Emily por no entender nada de lo que ocurre con el cometa se entremezcla con la frustración por el pasado que la ha llevado hasta donde está. Un novio que no la quiere como ella se merece y que se muestra, además, lascivo y sugerente hacia su ex.

Ante el miedo grupal, comienzan a gestarse miedos individuales que nos sacan un aterrador sudor frío si miramos bien. Los personajes comienzan a entender que no tienen frente a ellos a fuerzas extrañas o desconocidas, sino a ellos mismos.

Uno de ellos, Mike, un alcohólico rehabilitado, es una de las patas más importantes en el análisis ético de la cinta. Junto con otros, Mike comienza a vislumbrar ese oscuro y tenebroso rayo que sacude a los que lo intentan no ver. Si a quienes se enfrentan es a ellos mismos, se enfrentan también a las fuerzas oscuras, violentas e irracionales que llevan dentro de sí todos sus yoes. Su supervivencia depende no solo de lo que hagan directamente, sino también de lo que estarían dispuestos a hacer.

Es demasiado horrible. Eso no puede ser; no aún, al menos. 

Cada una de esas ventanas, de esas casas, supone, en esencia, una decisión no tomada. Pero Mike teme. Sabe que uno de los otros “Mikes” puede haber sucumbido a los delirios, al alcohol, al sexo. Sabe que seguirá la incontinencia, la reprensión y, finalmente, la violencia. Cualquier cosa que haga cualquiera de sus “yoes” será también culpa suya. Al final no lo soporta y acaba bebiendo.

Emily, sin embargo, se esfuerza al máximo por ver todo de una manera positiva. Cree que a partir de la experiencia puede llegarse a un estado superior de conocimiento de sí misma. A la vista de su deteriorada relación cree que esto puede llegar a enriquecerla. Quizá a través de esto puede averiguar qué fue mal. Pero la película le quita la razón a cada segundo.

A medida que se asoman y exploran en varias realidades paralelas advierten que pocas veces actúan mejor de lo que ya están actuando. Casi en la mayoría de los casos, las fuerzas irracionales de los personajes acaban llevándolos a la desconfianza, a los golpes y a la crueldad. 

El temor del desdichado Mike era cierto: no era un debate de libertades, sino de naturalezas. No se trataba de qué hiciera cada uno con su libertad y el precio de ello, sino de qué manera se desatarían sus temores, sus odios y su inconsciente salvaje en una situación de peligro.


Han fracasado como seres humanos. Han demostrado que, ante una situación más o menos entendible, no han sido capaces de poner en orden sus fuerzas irracionales, ni siquiera con otros iguales que ellos. Todo parece venirse abajo. Sin embargo, algo se alumbra. Un destello, tan fugaz como el cometa, aparece ante los ojos de Emily.

Consigue dar con un universo en que todo ha ido más o menos bien. Su novio se comporta correctamente y parece que la quiere. Están juntos en un sofá mientras comparten un vino. Ella está feliz. Pero tan rápido como esa luz que ha encontrado, topa con la envidia. Emily quiere todo la que la otra Emily tiene. Se adentra en ese universo y vilmente intenta asesinar a su doble para ocupar su lugar.

¿Pero adónde creía que iba? ¿Acaso no son los muros del espacio-tiempo pequeños bachecitos para el bien y el mal? 

No, Emily, ocurre como en la física cuántica por una vez. En la ciencia, cuando destapamos la caja del gato de Schrödinger, las realidades en que se está vivo y se está muerto colapsan en una sola.

Ahora el peso de la moral habrá de colapsar en ti.


Tráiler





Si vas a matar espera por Virgilio

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Rolando Leyva Caballero

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