Entre Jack el Destripador y Damien Hirst

“Hoy he visto alzarse la Máquina nuevamente…”. La frase de Carpentier vibraba en mi cabeza como un mantra. 

Deseaba olvidar esa maldita frase mientras caminaba, de galería en galería, por La Habana de la XIII Bienal. Pero ni la XIII Bienal ni La Habana importan ahora. Al menos no importan aquí. 

Tras dejar atrás el dúplex de la calle 15 esquina H, en El Vedado, recordé a Jack, un ingeniero hosco y cincuentón. El apartamento de dos pisos es la galería privada El Apartamento. Y Jack es el protagonista del filme The House That Jack Built (2018). 

No recuerdo el nombre del dueño de la galería, pero eso tampoco importa ahora, porque quien cuenta aquí es Lars von Trier. (En la oración anterior no hay malsana intención, sino morosidad; periodismo del malo, si esto fuera periodismo cultural). 

Matt Dillon es Jack. Con Jack Dillon recordé a la Máquina. Mecanismo letal. ¿Nacido para matar? ¿Nacido para narrarlo? Jack The Ripper, Jack The Storyteller. 

Jack: psicokiller, asesino serial. ¿Esquizofrénico locuaz, con un trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) a manera de plus? El TOC lo obliga a mantener orden y limpieza férrea en cada espacio donde vive y trabaja. Trabajar y vivir, en su caso, significa construir y destruir la vida. Edificar su vida a partir de la sistemática aniquilación de mujeres y hombres. Sobre todo mujeres. 

Jack tiene talento suficiente para construir la maqueta de la que sería su casa, aptitud que le basta incluso para levantar el inmueble. Y para demolerla. Jack The Builder.

Jack: narcisista, misógino. Un tipo solitario, otro más, en un paraje donde parece reinar la soledad y la incomunicación. Es el siglo XX, entre los años 70 y 80, en USA (The United Solitude of America). Es el estado de Washington. 

Jack: aparentemente incapaz de matar una mosca. Hasta que una mujer parlanchina (Uma Thurman) le espeta que él es incapaz de matar una mosca. Un mierditas, un cobardón. Y Uma Thurman cae como una mosca cuando el solitario ingeniero no soporta más su lengua viperina. 

Se repetirá la imagen de la ex Kill Bill con el cráneo reventado en el asiento del copiloto de una van tras el impacto del jack (gato hidráulico) en la mismísima frente. 

El que repite gana, al menos así sucede en el dominó. A manera de ficha, esta imagen nos habla de la data de Lars von Trier, de cuál podría ser su estrategia; del peso y la intensidad de cada jugada. 

La sangre en el rostro y en las manos del ingeniero nos sitúa, otra vez, en el dilema. El Bien versus El Mal, según la óptica de Von Trier. La violencia, otra vez, será extrema. Ella, con su lengua y el gato, ha puesto en marcha la Máquina, que se alzará nuevamente. Y esa, según Jack el Narrador, será la Primera Incidencia. 

Hay en la “firma” del psicokiller una singularidad, y no es precisamente el TOC más o menos menguante según ocurren las Incidencias. Se trata de su interés y propensión al arte: a la historia del arte, a las artes visuales, incluso a la crítica de arte.

¿Quién es esa voz a la que Jack llama Verge? ¿Es la voz que habita en la cabeza del esquizofrénico? ¿Es la voz de un Fausto, del diablo, del “diablo” Lars von Trier?

Una voz que tomará cuerpo y caminará junto a Jack hacia el nodo mismo del infierno. Entonces Verge sería un link a Virgilio, al poeta, a la Divina Comedia.

Una voz situada como contraparte en el diálogo, en la polémica.

Esa voz ya lo ha escuchado todo. ¿Es un tipo hastiado que mira de manera crítica cuanto opina y cree Jack?

Esa voz parece venir de las entrañas del director y guionista, como la de Jack; pero no debe pensarse así. Aunque el alcohólico y depresivo director sea tachado de misógino, narcisista, ególatra… 

Una voz que desplaza el desmadre a cierta corrección (política), pero tampoco debe pensarse así. Porque la película es jodidamente incorrecta y por eso nos pone la cabeza mala. Nos pone a pensar. Nos pone a temer. Miedo y asco en/por Lars von Trier. 

Nos pone a pensar en el arte contemporáneo, en los artistas visuales, en el mercado del arte y cuanto arrastra consigo ese río revuelto. Nos obliga a pensar en la conducta de algún sujeto tan parecido al Jack anterior a la Primera Incidencia. Y nos pone a pensar en la belleza, en el lado bello del horror, y en nosotros mismos.

Reynier Leyva Novo, con las mismas manos, digámoslo así poéticamente, ubicó dos piezas en El Apartamento: Maestro sin palabras (instalación, 2019) y S.O.U.P. (instalación, 2017). 

Maestro sin palabras: Decenas de botellas sin tapas ni etiquetas, llenas de agua, puestas en una pared; más un documento que certifica el abandono de sus estudios en el Instituto Superior de Arte (ISA). 

S.O.U.P.: Cucharas soperas con el nombre de personas más o menos célebres que apostaron por la huelga de hambre como variante de lucha y dispositivo de enunciación. 

El ISA es la casa de altos estudios de las artes en Cuba. En un documental titulado Unfinished Spaces (2011), Fidel dijo que el ISA era la novia de la cual se enamoró, y que había que poner fecha a los trabajos de reparación y construcción para completar el proyecto. El proyecto original.  

El ISA: joya arquitectónica dondequiera que se ponga, aunque esté medio destartalada y sin concluir. 

En 2017 estuve en la casa de altos estudios que Fidel construyó en los campos de golf de la burguesía cubana. Dígase entonces que, en Cubanacán, conocí a la novia del Comandante

Pero ni el Chino Novo, que físicamente se parece al Fidel treintipicón, ni las obras del Chino Novo, ni Fidel, ni la novia ni el noviazgo de Fidel, importan ahora. 

¿Cuál sería el “dispositivo de enunciación” del psicokiller Jack?

Jack, con las mismas manos, digámoslo así poéticamente, va a lo suyo. Sin rodeos. Desde su incorrección sería tan políticamente correcto como La Muerte. Supongo que no debe distinguir razas, credos, ideología, edad… En 61 asesinatos cabe un poco de todo. 

Si un cementerio no fuera una réplica de las relaciones de poder y control del mundo de los vivos, un cementerio sería entonces un falansterio: buena parte de la humanidad bajo tierra, reunida, como la plata en las raíces de los Andes.

Con las mismas manos, Jack Dillon agrupa a sus víctimas. “Ladrillos” reunidos, cuerpos yertos se irán sumando para erigirse no solo en el escalofriante currículo de un serial killer. Porque se trata de algo más. Lars von Trier jugó con candela. 

Las conversaciones de Jack con Verge —diálogos más o menos densos, o con la densidad suficiente para filosofar sobre la vida y la muerte, sobre arte y política, sobre arquitectura, el amor, el vino y la caza, es decir, sobre todo aquello que nos sitúa en el devenir del hombre; porque el sufrimiento y el dolor infringido por el hombre a sus semejantes, exacerbado por el odio racial, las divergencias políticas, etcétera, no estará fuera de este intercambio—, arriban al contexto de las artes y la creación, es decir, al arte contemporáneo

Ya esto se dijo, pero el que repite gana.

Jack The Ripper es también Jack The Performer. En cada espiral de violencia y muerte activa su “vena artística”. 

En una escala nacional cubana, Jack habría transitado de oscuro talento de Casa de Cultura a miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) o del Consejo Nacional de las Artes Plásticas (CNAP), si ese tránsito hablara de calidades y cualidades. Porque pasa de interesarse en la taxidermia y la fotografía, digamos, casual, a preparar la escena antes de accionar el obturador. Etapas artísticas —si valiera la comparación con Picasso— en sus Incidencias como asesino serial. 

El depredador va a por más en el terreno del arte contemporáneo, donde habilidad y oficio ya no son lo que eran antes. La idea, el concepto detrás de lo ejecutado, las asociaciones que pueden hacer artista y obra con el “afuera”, así como el statement,han modificado habilidad, oficio y paradigmas. Pregúntenle a Damien Hirst, pero igual este asunto viene de mucho antes: Jack, un tipo locuaz, lúcido de remate, enfermo, conocedor del concepto belleza, no deja en la vera del camino las ideas de Albert Speer, el arquitecto del Tercer Reich, a propósito de la cualidad y calidad de los materiales, las ruinas y su valor. 

Arquitectura para la posteridad interesada en la belleza de la decadencia, el derrumbe y lo incompleto, solo comparable a las ruinas de la Antigua Grecia, el Imperio Romano y el ISA. 

Un ingeniero es el que escribe la partitura —más o menos así le dice a una rubia, la avasalla con su verbo—, el arquitecto es el que toca la música.

La mujer es una falsa rubia. Jack es un ingeniero, no un arquitecto. La falsa rubia es la típica rubia tonta, ese lugar común del cine. La tontería, la ineptitud, no son solo rasgos de las mujeres atrapadas por Jack. Los policías también hacen gala de ineptitud, algo casi inverosímil si Lars von Trier no destacara la labia e inteligencia de un ingeniero cincuentón que no puede “tocar la música”, sino componer la partitura. 

La ineptitud de la maquinaria de poder, control y represión, ante la demoníaca inteligencia. El poder del otro, el poder y el control en el otro, aunque sea el de un asesino serial, ¿ese sí es poder?

La tontería e ineptitud contaminan el filme. Uno a veces duda de las pretensiones del director en una película que casi tiene el efecto del estafilococo áureo. Pero es, rotundamente, violenta, dura, y te pone a pensar en ese efecto. Como si verdaderamente se tratara del estafilococo áureo. Miedo y asco en/por Lars von Trier.

Los materiales para la casa que Jack quiere construir son algo más que carne y hueso. En este punto, la demoníaca cinta llega al clímax de la belleza, el horror y la reflexión. 

La casa que el performer Jack está construyendo está hecha de cuerpos. Blancos y negros. 

Es una casa en la que se ha tenido en cuenta la calidad y la cualidad del material, y la corrupción de ese material en el proceso de descomposición, más todo lo que, física y psicológicamente, caracterice a la víctima elegida. 

El valor de la ruina.

Es una bella casa. O mejor: la imagen plástica resultante es demoníacamente bella. Puro arte contemporáneo frente a nosotros. Como si se juntaran fragmentos de fotos de Peter Witkin impresas con tintas radiactivas.

¿The House That Jack Built es una película filonazi? 

No lo creo. Otro asunto son los comentarios filonazis de Lars von Trier.

¿Jack y Verge son la misma persona, es decir, un condensado de Lars von Trier? 

El cineasta danés se revisita en esta película, se apropia de segmentos de otras películas suyas   —según él, por falta de dinero a la hora de pagar derechos de autor— y sitúa en un level muy alto la violencia que usualmente estalla en su filmografía. 

Jack y el resto de mujeres y hombres —victimario y víctimas en una escalada— se nos vuelven insoportablemente demoníacos y familiares porque son las víctimas y el victimario que podríamos encontrar en la casa de al lado. 

O en la nuestra.

Verge es interpretado por el actor suizo Hugo Ganz. En el filme El hundimiento / La caída (2004), Ganz era Hitler. Hugo en los últimos días de Adolf. Un Adolf Hitler intenso y sombrío. Tan parecido físicamente el actor, y con esa gestualidad desmedida tan propia del Führer. 

Dijo Ganz cierta vez: “Meterse con el nacionalsocialismo y aún más con Hitler es como pisar terreno prohibido. Uno pisa esa zona prohibida casi bajo riesgo de perder la vida”.

Ganz también ha interpretado a Fausto en el teatro y el cine. ¿Acaso habrá importado esto para el papel de Verge?

“Entiendo a Hitler. No puede decirse que sea un tipo estupendo…, pero me cae simpático. No estoy a favor de la Segunda Guerra Mundial, y estoy a favor de los judíos…, aunque no demasiado, porque Israel nos suele joder bastante”, declaró Lars von Trier en una edición del Festival de Cannes. Y lo declararon persona non grata. Era, creo, el 2011. Y estrenaba allí Melancholia

A la salida de El Apartamento recordé una de las conversaciones entre Jack y Verge: 

“Jack: ¿Puedo preguntarte algo?

Verge: No puedo prometer que lo responderé.

Jack: […] ¿Se te permite hablar en el camino? Estaba pensando que podría haber reglas.

Verge: Permíteme decirlo de esta manera… Muy pocos llegan hasta el final sin decir una palabra. La gente se siente abrumada por una extraña y repentina necesidad de confesar en estos recorridos. Y no todo puede decirse que sea de gran calidad retórica… Pero continúa alegremente. Solo no creas que vas a decirme algo que no haya oído antes”.

A propósito de Damien Hirst, de su pieza titulada The Physical Impossibility of Death in the Mind of Someone Living: Cuba es como un tiburón tigre. Lo es para mí. Cada cierto tiempo imagino que puedo sumergirla en una enorme pecera con decenas de litros de formol.

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