Elena, la terrorista de Corazón azul

Hay tres personajes que me han marcado. A los 22 años interpreté a Tina Modotti. Fue la primera vez que besé a alguien sin haberlo elegido. Los actores éramos aficionados. Como la obra abarcaba gran parte de la vida de Tina, tuve que besar como a tres. 

Se estrenó en la Universidad de Matanzas. Ulises Rodríguez Febles, actor y dramaturgo, era el director. Leí la biografía de Tina, leí sobre su relación con Mella. De cómo modelaban desnudos para los murales de Chapingo. Eran muy discretos respecto a sus sentimientos. 

Tina Modotti fue actriz de cine mudo y detestó la frivolidad de Hollywood. La relación con Edward Weston determinó su camino como fotógrafa.

De aquella experiencia aún guardo en mi memoria el fragmento de un poema de Ezra Pound:

“Lo que tú bien amas permanece, 
el resto no es nada.
Lo que tú bien amas no te será arrancado 
Lo que tú bien amas es tu verdadera herencia”.

Entonces supe también lo que es ser un perseguido político. Tina Modotti congeló el rostro de su amante. En blanco y negro, la expresión de Mella muerto parece tranquila. Me pregunto si yo habría hecho lo mismo. 


Fue al amanecer, a mi entrada para maquillaje. El desaparecido Evelio Delgado me dijo:

—Felicidades por entrar al cine cubano con un personaje como Bárbara.

Sus palabras aún resuenan en mis oídos. En el nombre de ese productor, Evelio Delgado, está gran parte de la historia del cine en Cuba. Evelio se ha quedado detenido en mi memoria en esa esquina de 23 y 10 que separa a la Cinemateca de las oficinas de producción.

Bárbara fue, sin dudas, el segundo personaje especial. Interpretar a una rusa-cubana. Actuar junto a Coralia Veloz. Tardé un año en ser elegida. Me eligieron gracias a que Laura Ramos rechazó el papel. Tuve que prepararme muy duro, hasta que finalmente Esteban Insausti me lanzó el guion y dijo: 

—Bienvenida, Bárbara, a la película. 

Bárbara es de esos personajes con los que sueña cualquier actriz: rebelde, bisexual, sensual, aventurera, cruel… Está llena de matices y contradicciones. Como las mujeres de Kundera, también parece más bella porque detrás de su figura se transparenta el doloroso drama de un país. 

En la última escena Bárbara se corta las venas. Mis lágrimas fueron de despedida y miedo. Sin haber terminado de rodar la película, ya estaba extrañando ser ella.

Dos años después del estreno de Larga distancia, el cineasta Carlos Quintela me comentó que Miguel Coyula me estaba localizando.

—¿Tú tienes Facebook? —me preguntó.

—Sí.

—Búscalo.

Estaba realmente sorprendida, y al mismo tiempo feliz de que el autor de Memorias del desarrollo pensara en mí para su nuevo filme. El mismo año del estreno de Larga distancia, Miguel Coyula y yo nos conocimos en el jardín del Hotel Nacional, y ese encuentro se convirtió en una relación de vida.


Lynn Cruz

Mi pasión por el cine comenzó con un ejercicio de fotografía rodado en 35 mm. La locación era un camino lleno de plantas colgantes. Cuando vi mi rostro transformado por la luz me enamoré del séptimo arte.

El personaje más largo que he interpretado jamás se llama Elena. 

Elena es producto de un experimento de manipulación genética que realiza Fidel Castro para crear al Hombre Nuevo en un laboratorio y hacer que el socialismo funcione. Pero todo sale mal: los individuos obtenidos en el experimento sufren trastornos psicológicos y comienzan a destruir el sistema que los creó. 

Cuando conté la sinopsis de Corazón azul en una audición frente a un grupo de extranjeros, y manifesté además que los cubanos no tenemos libertad de expresión, me dijeron sorprendidos que era la primera vez que veían a una actriz haciendo activismo en medio de un casting

Parafraseando al Sergio de Memorias del desarrollo: ahí comenzó mi destrucción final. 

Elena es un peligro porque es el resultado de una falla sistémica. Es lo más arriesgado que he hecho en mi vida. Con ella comencé a experimentar la pureza absoluta de vivir como pienso. Ha sido un viaje a la semilla. Una experiencia libertaria. 

En la realidad alternativa de Corazón azul, los individuos antisistema cuentan con superpoderes y realizan ataques terroristas. Revientan lo que desprecian. Creen solamente en sus propios instintos y aborrecen las normas sociales.

Comencé el rodaje de esta película en el año 2012. Desde entonces, mi vida ha estado indisolublemente unida a ella. 

Quisiera leer el expediente que me tiene abierto la Seguridad del Estado para decirles que no saben nada de mí. Que mi nombre no es mi nombre. Que yo soy Elena.

A veces quiero que todo termine, separarme de ella. Entre mi persona y mi personaje, las fronteras mentales se desdibujan. Otras veces parece un sueño absurdo, caótico, en que despierto en medio de la noche y todo es lúgubre. Camino por un bosque de árboles talados y troncos secos. Hay un punto donde me adentro más y más en la oscuridad. Y poco a poco Elena comienza a tomar forma. 

Elena sigue siendo un misterio, incluso para Miguel. Quiero saber sus deseos, pero se tornan impredecibles. 

Entonces reaparece la realidad, dura como el concreto, y empiezo a extrañar los superpoderes de Elena. Mi fragilidad me recuerda que hay una fiera herida de muerte, y yo quiero llegar al final de esta película.

Como en el filme de Godard Sauve qui peut (la vie), Miguel me sigue dibujando. El extravío en la filmación se produce también a causa de los actores que han abandonado el proyecto. Algunos por miedo; otros, producto de la migración. Tres de los protagonistas ya no están. Uno de ellos nos trató con desprecio. Pero Miguel continúa rehaciendo, una y otra vez, la estructura del guion. Cuesta mucho sostener proyectos individuales a largo plazo en Cuba.

En el filme de Godard, uno de los personajes quiere comprar un barco para viajar a la Isla. La película se estrenó en 1980, justo cuando hileras de barcos con migrantes a bordo salían del puerto de Mariel rumbo a Estados Unidos. Lo que son las percepciones. Los personajes de Godard eran jóvenes franceses que deseaban escapar del hastío que provocó en Europa el fin de las revoluciones. Los migrantes cubanos habían sido sometidos a golpizas en las calles, por ser considerados traidores.

La protagonista de Sauve qui peut… es una prostituta interpretada Isabelle Huppert. Siempre me han fascinado los personajes oscuros, ambiguos y contradictorios de Huppert. No me gustan las actuaciones predecibles. Como dijo Diderot: “Los actores deben llorar con el cerebro”.

Soy amante del cine francés. Fui a ver ese filme a la Cinemateca con Miguel. Hay una escena perturbadora en la que un empresario contrata a la prostituta, e involucra a su secretario. El empresario actúa como si no pasara nada mientras ella lo masturba por debajo de su buró. El secretario la manosea, pero de manera mecánica. Sin emociones. Como si fuera un sexo de fábrica, de producción en serie. Esa frialdad es lo más inquietante para mí. Es lo que lo hace inusual. 

Elena también tiene ese desapego. Es sexualmente amoral. Se debate entre su pasado y la madurez que le imposibilita seguir siendo una nómada. 

Rodé mi primera escena en la Biblioteca Nacional, en la exposición Tierra oscura del pintor Mario García Portela. Como el equipo de filmación éramos solo cuatro personas —Carlos Diéguez, otro de los protagonistas, Estela Martínez, que colaboraba como asistente, Miguel y yo—, no fue difícil camuflarnos entre los invitados. 

Elena entra en la galería y se queda absorta ante uno de los cuadros. Es ese bosque de mis sueños, en que uno se adentra y no puede ver la luz. Es como pegar un grito al vacío: solo se escucha el rebote de un eco que sale de las entrañas. 

Elena tiene hipersensibilidad a las texturas. El mundo le da vueltas. No busca la salida porque conoce el final de su tragedia. No puede escapar de sí misma. Ha quedado prisionera de sus propios instintos, y lo sabe. 

Tal vez, en esa acción arriesgada de exponerse todo el tiempo, radique su grandeza o, quién sabe, su mezquindad. De todas formas, resultará difícil descifrarla. Pasar tanto tiempo mirando aquella pintura me provocó un estado de conciencia muy extraño. Como una especie de hipnosis. 


* Fragmento del libro en proceso Corazón azulocho años de rodaje crónico.




Lynn Cruz y Miguel Coyula

Miguel Coyula & Lynn Cruz

Miguel Coyula & Lynn Cruz

Lynn Cruz y Miguel Coyula se retratan el uno al otro, y cada quien escribe sobre qué hace para sobrevivir a la amenaza del Coronavirus y a la censura que el gobierno cubano ha impuesto sobre ellos.


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