Notas al dorso del espejo. La vejez en la fotografía cubana

A la hora de modelar el curso de la ancianidad en la creación fotográfica cubana contemporánea, da buenos resultados transitar a giros el imaginario. Un recorrido para marcar lo favorable de un asunto muchas veces dejado al margen, aislado detrás de la página. 

Este es un acercamiento que no se limita al repaso del retrato o el testimonio del envejecimiento. La mera existencia de rostros de ancianos en la esfera representacional de un artista, no implica necesariamente una zona temática de su trabajo. Allí donde afloran estos modelos de retratos persiste un profuso documentalismo, lo cual no transforma de inmediato el supuesto autoral en camino autónomo de la expresión, en algo que vaya más allá de una línea principal o “apunte” ocasional de una serie o discurso artístico.

Cuando el observador de la imagen —construida o espontánea, simulada o atrapada en la fidelidad a lo real— se centra en la vejez, en el deterioro y el apocamiento físico de la senectud, sobre la base de un concepto clarificado en sus estrategias, es entonces que la obra pasa a formar parte de este círculo de representación temática. 

Varios lenguajes emergen cuando se trata de ofrecer órdenes al tema: el retrato absoluto, bajo permisibilidad o no del sujeto, con mirada directa o gesto espontáneo ante la cámara; el desnudo (femenino y controversial); el fotodocumentalismo o la imagen capturada en la calle, entre acciones y circunstancias cotidianas. Dentro de estos, predominan los enfoques a un sector de lateralidad social, donde se encuentran ancianos que viven al límite, personas de vida errante, de completa carestía; miradas agudas al declive físico, mental, moral, y a la soledad: tópico reinante.

En gran parte de las propuestas de esta escena fotográfica, entre maniobras de lenguaje y concepto, se hecha en falta la elegancia de lo sugerido, cierta dosis de hidalguía, briznas de lirismo. Retratos de fuerza enunciativa y tono sutil, como la serie Veteranos (1969, también conocida como Centenarios), de Iván Cañas, sobre los últimos ancianos sobrevivientes de la gesta anticolonialista, fotografiados en sosegada pose ante el palacete que les brindaba asilo.

En la fotografía cubana contemporánea, entre las series más completas implicadas en el tema se cuentan Ocaso (2012, en proceso), de Raúl Cañibano, y Longevidad (2009, en proceso), de Arien Chang. 



En la primera, Cañibano registra con hondura ambientes determinados por unos protagonistas absortos en su condición, inmersos en sus estados de ancianidad y proximidad a la muerte. Una mirada que procura centrarse en lo positivo, según advierte el propio fotógrafo, a pesar de las ingentes limitantes sociodemográficas.

Con la exquisitez acostumbrada de su composición, donde el trato consentido del objetivo con los diferentes planos de lecturas es un sello autoral, Cañibano atraviesa la vejez como una derivación de fundados argumentos: un país envejecido, y carente de estructuras eficaces para asumir dicho envejecimiento, actúan como impulsos para esta serie.

En Ocaso, el artista articula su historia desde la experiencia personal hasta la observación implicada del visitante. Retratos a la vida cotidiana de su madre, quien sufre los desgastes propios de la pérdida de la salud y la memoria, la interacción con los asilos (hogares de ancianos), e imágenes tomadas a familias y personas de paso en contextos rurales y urbanos en gran parte de Cuba, integran el corpus estético de la serie.

Por su parte, la propuesta de Chang se centra en la fotografía directa de ancianos que han logrado sobrepasar los 100 años de vida. Ancianos a los que el autor retrata en sus espacios íntimos, en ambientes de introspectiva afinidad, en lugares privados y en exteriores. Al avanzar la serie, la narrativa se ha movido hacia lo subjetivo, capturando pertenencias u objetos alegóricos a los centenarios. 



Longevidad parte de la Beca de Creación otorgada por la Fototeca de Cuba en su primera edición (2009), con la propuesta de una película en blanco y negro de 35 mm, que más tarde se ensancha con la imagen digital a color, en primera instancia por exigencias técnicas y luego por necesidades de estilo (imperiosas lecturas del color en las escenas). La idea inicial era la de los longevos encontrados en toda la Isla; al crecer, implica a personajes de todo el mundo. Un proceso enriquecido por el trabajo de campo: 

“Cuando empecé a investigar —comenta Arien Chang— no tenía idea clara de lo que encontraría, me llamó la atención la cantidad de personas mayores de 100 años en Cuba: cerca de 1500, algo paradójico en un país del tercer mundo. Con mayor cantidad en las zonas rurales, y sobre todo mujeres”. 

Al mismo tiempo, en la mordaz serie Divas (2014, en proceso) Chang otorga atención a las mujeres de edad avanzada, quienes desde la divergencia de la “belleza” (el revertimiento de aquellos patrones estéticos esperados) dialogan con el entorno (muchas veces cáustico, opresivo) en la manera de solucionar vestuarios, maquillajes, proyección exterior, peregrinaje sombrío y colorido a la vez. Algo que va más allá de cómo verse a sí mismas en las calles de la ciudad, o en el recogimiento de los espacios habitacionales. Mujeres desprovistas de artificios (y de clásicos atributos de divinas) surcando una realidad social que parece no incomodarse con las figuras “extrañas” que alberga. 

Retomando las anulaciones: en el escenario visual de estos tiempos irrumpen abundantes imágenes de ancianas y ancianos carentes. No caeré en el fugaz análisis sociológico que implica asomarse a la presencia, creciente, de lo menesteroso: lo cedo a otros analistas. Cierto es que existe un aumento de sus interpretaciones. Los llamados “buzos”, los homeless, los infortunados, los desmemoriados, las personas con discapacidades propias de la edad avanzada, la falta de cuidado y la extrema precariedad de sus condiciones de vida, han vuelto a la recurrencia iconográfica que hoy se erige sobre el testimonio humano. No es algo limitado al contexto fotográfico local: solo es una muestra que se filtra, silenciosa, a los dominios de los estereotipos y del lugar común.

Desde cierto ángulo, es comprensible: vivimos en una sociedad envejecida y en balance progresivo, según los reportes estadísticos y la confrontación con la realidad. Hay cada vez más ancianos en Cuba, en las calles, en los núcleos familiares y en soledad: 

“El envejecimiento demográfico es un fenómeno en sí mismo, pero a la vez es la resultante de otros procesos sociales; viene a ser la respuesta que la población da, desde el punto de vista demográfico, a sus condiciones objetivas y subjetivas de vida, y a sus expectativas futuras” (Ernesto Chávez Negrín: “El envejecimiento demográfico en Cuba. Su significación estratégica”, Temas, No. 89-90, enero-junio de 2017, p. 108). 

Para Cuba, esto cuenta como una situación preocupante, de atención inmediata. En la actualidad, el envejecimiento poblacional del país está entre los más elevados, “acelerados”, de su historia. Según datos oficiales, en 1953 los adultos mayores representaban el 6,9 % de la población total; en el 2016, eran el 19,8 %. Se presume que dentro de cinco años, uno de cada cuatro cubanos tendrá más de 60 años. (Datos oficiales referidos por el investigador Ernesto Chávez, extraídos de la Oficina Nacional de Estadísticas, la Oficina Nacional de Estadísticas e Información y el Centro de Estudios de Población y Desarrollo. 2017). 

Con el porcentaje de esperanza de vida femenina superior a la masculina, pero con menor calidad de vida. Al parecer, es un asunto que se desliza también al terreno de los estudios de género, pues son (somos) ellas (nosotras) las que sostenemos el mayor peso en el paso de los años.

El sometimiento a los estándares de belleza —patrones altamente calculados por la cultura del empaque— no es la única presión tácita que enfrentamos en la visualización femenina. Cargamos con otros, también enraizados, que se incorporan e incrementan con la vejez. Las responsabilidades excesivas, el hecho de ser eternas cuidadoras (primero de los hijos, luego de los padres, en ocasiones de los esposos), los padecimientos psíquicos y físicos comunes y de mayor incidencia en el género (por ejemplo: desgaste óseo, demencia senil) son algunas de estas imposiciones “naturales”. 

Una pieza como Glorias de un futuro olvidado (videoinstalación, 12.40 minutos, 2016) de Adrián Melis, expone de un modo excelente las condicionantes concretas de las ancianas solas y en quebranto de la memoria, en una sociedad que proclama asistirlas. 

Desde otro punto apreciativo, la mirada sobre el cuerpo desnudo o semidesnudo forma parte del asunto. Aparece de dos maneras básicas: la exaltación de lo asumido como habitual, bajo flexibles (y alentadores) parámetros estéticos, y la apología de lo decadente, con la pretensión de establecer discursos de lo absoluto. 

En el primer caso se busca destacar la belleza posible, ya sea por el cuidado en la composición, por el apoyo formal en las capacidades técnicas (luces y sombras, juegos de color) o por el enunciado conseguido (enaltecido) en el conjunto factura/concepto. En el segundo, se dinamita todo aquello que conduce al pensamiento inmediato de lo hermoso, como subrayando la idea del cuerpo de la vejez como territorio de conflictos más que íntimos o personales: un campo de deliberaciones culturales, históricas, sociales. Y con el cuerpo de la mujer anciana en desventaja. 

En cualquiera de los caminos escogidos para discursar, es válido creer en la intención de homenaje, con cierta promesa de reivindicación. En la obra Una historia en 70 páginas (1988), Consuelo Castañeda retrata a su mamá de 70 años fragmentada en desnudos, y la expone en 70 impresiones. Este es un acto de ofrecimiento, de respeto al argumento, un giro a la visualidad ortodoxa manejada con exceso en la tradición artística occidental. 

Hay artistas que no han trabajo el tema como serie o ensayo fotográfico, como arista de un obrar monotemático sostenido. La presencia de la vejez ha estado implícita o más bien asomada como notas de ocasión, o en obras puntuales abrigadas por otros proyectos. La fotógrafa Leysis Quesada, por ejemplo, en su ensayo Devoción (2009-2011), acoge imágenes de ancianas y ancianos en diferentes asilos de la ciudad que son atendidos por monjas, algunas de las cuales también son personas de edad avanzada. También en su trabajo sobre el pueblo natal, y en las escenas de vida urbana, Quesada posee una amplia retratística de la ancianidad.



Entre las piezas memorables de tono autorreferencial de la creadora Lidzie Alviza, está el díptico Juego (2004), donde aparece la mano de su mamá llena de alfileres como recipiente de un accionar simbólico que comienza desde la infancia. Una mano joven, con rezagos de estos mismos alfileres, parece ofrecerle, ante todo, “el peso de la vida”. 



En ciertas fotografías que Yanahara Mauri dedica a su abuela se hurga en la belleza y en el respeto por la vanidad propia de las damas mayores. Por un lado, expone el conflicto de la pérdida de naturalezas asociadas a la feminidad y los desajustes físicos inculpados a una medicación específica para la anciana (la caída del cabello y la salida de este en zonas como la barbilla), que le imponen un pesar andrógino. Por el otro, parece elevar lo bello y florido, como en las imágenes Evocaciones (2012) y Señora de espalda (2014).



En general, y siguiendo esta franqueza de impulsar crecimiento: los fotógrafos, artistas visuales, creadoras y creadores de imaginarios actuales en Cuba que detienen su lente en los cuerpos envejecidos, podrían expandirse hacia otras apreciaciones. Porque parecen detenerse más en lo retrocedido que en la aventura de lo que sobrevive, con una ligereza de compromiso que alerta. 

Yo sugiero saltar el cerco del dolor y la nostalgia, y arriesgar más en los niveles del enunciando. Jerarquizar desde la utilidad que postula lo visual. Como en aquella imagen de Jeff Wall (The Giant, 1992), donde una colosal mujer desnuda, de avanzada edad, parece aleccionar a los lectores indiferentes ante la inmensidad del saber, desde el descanso principal de una escalera de biblioteca.

Otras obras fotográficas recomendadas por la autora:



Juan Carlos Alom.





Manuel Almenares.





Margarita Fresco.




© Las imágenes de este artículo son cortesía de sus autores.




José Ángel Toirac: “El dinero está sobrevalorado” - François Vallée

José Ángel Toirac: “El dinero está sobrevalorado”

François Vallée

José Ángel Toirac es uno de los artistas cubanos que con mayor lucidez y agudeza ha escrutado, desde los años ochenta, la construcción monolítica y uniforme del discurso político en Cuba.


2 Comentarios
  1. Que bello y noble trabajo sobre los ancianos en nuestro país…delicado y pulcro…muy encomiable y enriquecedor por las cifras que nos das y nos llaman la atención y que debe ser objeto de atención por parte de todos…muchas gracias y te digo con sinceridad que muy interesante y bellas imágenes…gracias por compartirlo…mis respetos y saludos cordiales Margarita

  2. Como siempre un gran trabajo estimada Grethel. Felicitaciones por tu investigación y a los artistas por su devoción y compartir sus experiencias.

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