Profilaxis y normalidad

En la actualidad se recurre cada vez más al uso del término “profilaxis”, una de las figuras lexicales más empleadas en estos días por Estados o instituciones sanitarias. 

“Profilaxis”. “Prevención”.

En Cuba el término impera en el vocabulario policial y militar, aunque filtra todo el tejido institucional estatal: su uso es común también en la esfera educativa, cultural y política. Lo interesante es lo habitual que se ha vuelto este recurso lingüístico, en boca de funcionarios públicos o líderes políticos, para reforzar las doctrinas de contención epidemiológicas.

Quizás la condición excepcional de esta crisis sanitaria pudiera normalizar globalmente, de una u otra manera, lo que es orgánico para cualquier régimen autoritario: en sociedades donde el componente militar o unipartidista dirige y fiscaliza cualquier diminuta funcionabilidad cívica, es bastante ordinario el empleo de la llamada “prevención” relacionada con esa suerte de corrección disciplinaria. 

En este sentido, las medidas preventivas pasan a ser directamente medidas de contención, ejerciendo su operatividad no solo dentro del campo médico: se asiste a toda esta metodología profiláctica sobre aquellos grupos sociales o políticos que discrepen del orden instituido. Es la redundancia de la excepcionalidad, fomentando microtácticas represivas muy precisas sobre la esfera social.

De ahí la doctrina de sanear, higienizar, limpiar el cuerpo social e individual de esas otras llamadas epidemias discursivas al interior de la sociedad. He aquí la razón, por ejemplo, de aquel eslogan arrojado en la Ofensiva Revolucionaria, un 15 de Marzo de 1968, en un seminternado escolar de Boca de Jaruco, cuando Fidel Castro exclamó: “vamos saneando el ambiente, vamos limpiando, vamos creando un pueblo realmente de trabajadores”.

Es el mandato de la prevención sistematizada, la higienización social mediante la coerción social. 

De ahí la descalificación y refutación política de los relatos alternativos e independientes sobre la gestiones públicas de los Estados. Hasta las minúsculas narrativas políticas son corregidas alrededor de la activación de la excepcionalidad social, emergiendo en formas jurídicas lo que antes eran distorsiones legales. Es lógico entonces asistir a normas, decretos, procedimientos y prácticas institucionales que refuerzan los recursos de obrabilidad de los aparatos policiales, militares y de inteligencia. 

Así, leyes de informatización social como la Ley de la soberanía de Internet, aplicada en la Federación Rusa, y el Decreto Ley 370, implementado en Cuba, ambos del año 2019, ya venían pavimentando el camino para contener posibles crisis o desestabilizaciones sociales.

También la guetización ha estallado ante nuestros ojos, aunque en la actualidad casi nadie ha reparado en esta endeble forma de organización y reconcentración social que se ha adherido a las varias formas de estrategizar tácticas de contención sanitaria. Esta dimensión, añadida a la naturalidad con la que algunos Estados implementan su autoridad en procederes administrativos de facto, es otro de los temores que emergen a partir de esta crisis sanitaria. 

Más curioso aún: la vuelta de términos e imágenes como “desinfección”, uno de los eufemismos más invocados y reproducidos en el diccionario lexical de la ingeniería social alemana sobre la población judía de Varsovia.

El retorno de dichas prácticas se erige desde una aparente re-significación positiva: políticas de excepcionalidad social con la finalidad de salvar vidas; pero crece la alarma en torno a la normalización de estas figuras de aislamiento, así como también sobre el empoderamiento y accionar punitivo de las instituciones políticas, policiales y judiciales. Es un conflicto global que plantea una visión mucho más restringida de las libertades ciudadanas. No es un conflicto externo o distante a la sociedad occidental, pues el Estado socialista de la República de Cuba hace décadas viene instrumentando estas restricciones. Desde antes de esta crisis, la ciudadanía cubana vivía bajo sus signos; desde allí, pacientemente observaba la futura y venidera normalidad.


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Hamlet Lavastida

Profilaxis y normalidad – Hamlet Lavastida.




En el sofá, pero sin Netflix - Daniela Del Riego

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Daniela Del Riego

Vivir en confinamiento es caótico y emocionalmente agotador. Cuba nos ofrece un nuevo nivel de complejidad, donde la confusión es la única certeza. 


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