Rocío García: “Hay muchas ferias de arte que suenan a reguetón”

Rocío García nació en Las Villas en 1955, y a los cuatro años de edad se mudó con su familia a La Habana, donde hizo sus estudios. Se graduó de la Academia de Artes de San Alejandro en la especialidad de Pintura y, después de conseguir una beca de estudios en la Academia de Bellas Artes Repin de Leningrado (hoy San Petersburgo), obtuvo un Máster en Bellas Artes. Desde hace más de veinte años es profesora de pintura en la Academia de Artes de San Alejandro, y su labor docente ha calado en sucesivas generaciones creadoras.

Rocío García construye una obra sumamente personal, compleja, enigmática, perturbadora; concebida como Jean-Luc Godard concebía el cine: es decir, desde los intersticios, en una letanía continua de creatividad absoluta y absorbente. Aprehende la pintura como un conocimiento, una fuerza de revelación, una compensación, una especie de nueva mitología.

En el ámbito de la contemporaneidad pictórica, Rocío García ejemplifica y representa la “experiencia moderna” de Baudelaire, basada en la experiencia fugaz y fragmentaria del ciudadano en las ciudades del siglo XIX. Su obra cuestiona el concepto de poder y de dominio en todos sus aspectos: sexual, psicológico, social, político. Descubre las diferentes caras de la obscenidad de lo real, los bajos fondos, el hampa, la parte nocturna del corazón humano que pide nuevos exorcismos. La pintura de Rocío es uno de estos exorcismos, en la medida en que representa una transfiguración, una sublimación, al presentar lo maléfico bajo una luz que llega desde la extraña claridad del arte.

Practicando una pintura vitalista, liberadora de la energía de su psiquismo, salvándose así de caer en las redes de la moda, Rocío García se sirve desprejuiciadamente de recursos plásticos y compositivos de diferentes tendencias, como la neofiguración, el arte pop, el surrealismo, el cómic. A partir de ellos, y según sus conveniencias, reelabora una gramática formal y un repertorio iconográfico y cromático que sorprenden por su modernidad independiente, por su grado de desinhibición y por su fuerza intrínseca. 

A Rocío García no le interesan las clasificaciones, que son un mero etiquetado carente de sentido; solo le preocupa la pintura. Ella demuestra que la pintura no se ha agotado como campo de creación, es decir, como un campo de batalla en donde brota la sangre y corren las lágrimas, y donde el riesgo es patente. La figuración visceral es su territorio; la neofiguración, lo narrativo, su escuela. Tiene una manera intimidatoria de expresar el mundo por su extrañeza pictórica, y defiende a capa y espada una educación sentimental de la mirada. 

Empecemos por un autorretrato: háblame de tu infancia en Cuba, de tu familia…

Nací en la ciudad de Santa Clara el 15 de noviembre de 1955. Viví allá con mis padres y una hermana mayor, en el centro de la ciudad. Mi casa era amplia y muy ventilada, con patio interior y jardín trasero. Mis abuelos paternos también vivían allí con nosotros, pues mi abuelo español tenía al lado su típica bodega. 

Recuerdo que un día mi padre nos llevó corriendo a un lugar que nos servía de refugio frente a la casa. Empezaba la lucha en la ciudad, llegaron los Rebeldes y se oían explosiones y ráfagas de ametralladoras. Claro que yo no entendía nada, estaba con un biberón (eso sí lo recuerdo bien, mi pomo de leche con chocolate) mientras mi madre nos abrazaba. También recuerdo a la gente del barrio, a otros niños. Son como “flashazos” en mi memoria.

Mi padre trabajaba de liniero en la compañía americana de teléfono, y allí empezó a estudiar y se hizo ingeniero de telefonía. Siempre fue un luchador, amaba el progreso y las comodidades. Había empezado a invertir y tenía varios apartamentos pequeños que alquilaba.

Mi madre era muy linda, estudió corte y costura, pero nunca trabajó. Venía de una familia rural que tenía una pequeña finca; la visitábamos a menudo, y recuerdo que pasé ratos increíbles allí. Mi padre y yo siempre salíamos a pasear montando caballos, recogíamos frutas en la arboleda y hasta corríamos a galope detrás de las vacas, como unos cowboys. Esto duró hasta que tuvieron que entregar la finca y mi familia por parte de madre se fue a vivir a un edificio de microbrigada en la ciudad. Me dio tanta pena que nunca regresé allí.

Mi padre siempre tenía expresiones de elogio al paisaje, o a cualquier cosa que para él fuera bella; me lo hacía notar con su pasión. Aunque no era un hombre culto ni entendía de arte, tenía una sensibilidad tan especial que influyó mucho en mí. Creo que fue él quien me hizo sentir por primera vez la experiencia de lo estético, aun sin darme cuenta.

¿Qué pasó para que te decidieras a ser artista de la plástica? ¿Qué formación tuviste? ¿Cómo valoras la enseñanza que recibiste? 

A mis cuatro añitos, mi familia se mudó a La Habana; mi infancia transcurrió en la Víbora y mi adolescencia en el Vedado, donde aún vivo.

De pequeña dibujaba, como todos los niños, y recuerdo que si me castigaban por andar mataperreando con amigos en la calle, montando chivichanas, empinando papalotes, jugando a los pistoleros y esas cosas, me encerraban en una habitación. Yo me quedaba feliz dibujando en paz; me encantaba eso, ese tiempo solo para mí.

Fíjate si el arte iba a tener mucho que ver en mi vida que, cuando tenía como diez u once años, el primer noviecito que tuve en la escuela primaria de la Víbora me enamoró porque me regalaba dibujos que él mismo hacía.

De niña también creaba historias con dibujos que mostraba a mis amiguitos de la escuela, como si estuviéramos en un cine móvil. Desde entonces coleccionaba cómics; hablo de los clásicos: Batman, Superman, Pato Donald, Tarzán, etcétera. 

Cuando estaba terminando la escuela secundaria me presenté a las pruebas en San Alejandro, yo sola, y aprobé. Mis padres no tenían idea, y se asombraron al ver que me iba a esta otra escuela en vez de ir al preuniversitario del Vedado. Ellos en realidad preferían que yo estudiara en la Universidad, aspiraban a que yo estudiara alguna carrera “normal”. Mi padre decía que el arte era cosa de bohemios y gente rara… Pero al final no se opusieron.

Mis estudios en la Academia de Bellas Artes de San Alejandro fue una etapa muy linda, llena de descubrimientos, de mucha energía creativa. Recuerdo que tuvimos unas clases geniales sobre cine, un taller complementario que nos amplió el modo de ver y sentir la vida.

En mi época en San Alejandro compartí clases con Arturo Cuenca, Consuelo Castañeda, Humberto Castro, José Bedia, José Manuel Fors, Gustavo Acosta, Carlitos González, y tantas otras estrellas que no me alcanza el cielo.

Al terminar en San Alejandro me gané una beca y me fui a Rusia. Salí en un barco que dicen que había pertenecido a Hitler, y atravesé el océano Atlántico por primera vez en mi vida. Este viaje fue un tránsito de una realidad a otra, una experiencia increíble e inolvidable.

Estudié en San Petersburgo (en aquel entonces se llamaba Leningrado) durante siete años, en una de las academias más antiguas que existen: la Academia de Bellas Artes Iliá Repin.

Cuando regresé, todos pensaban que traía conmigo el realismo socialista. Sinceramente, en esa academia nunca me enseñaron el realismo desde esa óptica, fue más bien desde los clásicos. Allí nadie llevaba la estrella roja en la frente ni nada por el estilo; era un mundo de arte y había mucha sensibilidad y talento, no era tan simple ni tan rojo. 

Frente a la Academia quedaba el Museo del Hermitage. Allí aprendí mucho también, pues era un lujo ver los originales a unos centímetros de mí: desde Leonardo hasta Rubens, pasando por Matisse, Picasso, etcétera. La colección que guardan en el Hermitage, en general, es una maravilla. Las obras que más me atraían entonces eran las de los impresionistas y los vanguardistas. Yo tenía veintiún años cuando llegué a Rusia y toda esa maravilla me dio mucho bagaje; me sentía dichosa, era un privilegio. En aquella época muy pocas personas en Cuba podían viajar, era casi imposible ver esas piezas en vivo.

Al regreso me sentí como una extraterrestre. Imagínate: la fuerza de los ochenta, la calle G con performances, y tantas otras buenas “locuras”… En esa época el arte cubano se amplificó con una originalidad y un ingenio tremendos. Yo sé que el aura de ese periodo es mítica, pero el movimiento, lo transgresor, se sentía en el aire. Se empezaron a decir cosas muy fuertes y a cuestionar situaciones socio-políticas; se removieron muchas estructuras que cambiaron normas anquilosadas de concebir el arte. Claro, por aquel entonces al que solo quería pintar lo miraban de reojo, por no decir como a un simple artesano.

¿Qué es el arte para ti?

El arte para mí es algo misterioso, como enamorarse; un sentimiento muy fuerte que llega sin más y no lo puedes explicar, por mucho blablablá que se use hoy para cuestionarlo, o para tratar de definirlo… Es un ciclo vital en la vida de las sociedades; cualquiera que sea la sociedad, no puede existir sin él. 

El arte es suficiente, ha estado desde que el ser humano tuvo consciencia. No lo inventamos: simplemente somos su catalizador; él se expresa a través del elegido para ello.

El arte no se puede enseñar. Eso que hacemos en las escuelas de arte es solo aprender o enseñar tecnicismos, según la época en que vivimos, pero el arte es otra cosa. Ya lo dijo Leonardo: “Entre lo que pienso y logro dibujar hay un espacio indeterminado que es el arte”.

Sí, el arte podría ser el misterio mismo de la belleza.

¿Qué artistas te han influenciado y a cuáles sigues admirando?

Tengo muchas influencias, me fascinan muchos artistas, pero tengo preferencia por la época de las vanguardias del pasado siglo, y considero que la gran revolución del arte contemporáneo está ahí, viene de ahí. 

Háblame de tu proceso de creación.

La literatura y el cine influyen mucho en mi trabajo; de hecho, estructuro mi pintura como ideas que se mueven en la mente de quien las mire. Siempre trato de crear ambientes que no se cierren o terminen ahí, en la superficie del lienzo. Voy dando pistas sobre un suceso determinado (como en una serie televisiva), y es el espectador quien lo armará a su manera, según su subjetividad.

Me encanta escuchar las versiones de la gente; a veces dicen cosas que van más allá de lo que he concebido, y eso me gusta. Otras veces me dicen: “Oye, tienes cada cosa en esa cabeza…”. Y yo contesto: “No, es la tuya, la tuya”. Pero también hay quien solo ve la superficie y se queda ahí, en sus propios límites.

No pinto diariamente, y pasa tiempo entre una serie y otra. Un tiempo que necesito para cargar mis baterías, como se dice: vivir, mirar, viajar…

Para pintar necesito sentir cosas y tener tiempo para pensar cómo las voy a decir desde la pintura, que es un medio aparentemente limitado en recursos, pero muy complejo a la vez. Recuerdo que cuando empecé a trabajar en mi serie Geishas, descubrí que podía convertirla en una pintura secuencial donde un cuadro me llevaría al otro, pero sin una dependencia total entre ellos.

Antes de empezar a pintar debo tener por lo menos el sesenta por ciento de la serie ya pensada en bocetos; o sea, armo el proyecto de forma gráfica. Tengo muchas libreticas con pequeños dibujos, con estudios de color, composición, textos, etcétera, para luego empezar a pintar… Y claro, hay sus variantes, sorpresas y enigmas, porque la pintura siempre nos supera, es pura magia.

En mi obra, la simple línea del dibujo es un recurso muy importante para depurar la expresividad de la imagen. He estudiado la estética del grabado japonés, así como su literatura; esto ha influenciado mucho en mi gusto por lo minimalista, lo esencial. De hecho, siempre he querido trasmitir formalmente en mi pintura la sensación de lo tridimensional, sin el uso tradicional del claroscuro.

¿Cuándo sabes que un cuadro está terminado?

Hay dos cosas que me suceden. Primero, llego a un final formalmente previsto, donde todo queda resuelto. Segundo, siento un estado de satisfacción tal que no quisiera haberlo terminado. 

¿Qué particularidad tiene la pintura para que continuamente se anuncie su muerte y su resurrección?

La pintura es demasiado eterna para que pueda desaparecer. Siempre he creído que ser contemporáneo no depende solo del método o del lenguaje que se use para expresarnos, sino de algo interior, de toda una esencia que te hace lúcido a la mirada del mundo que te rodea.

¿Cuál es tu relación con el mercado del arte?

El mercado del arte en la actualidad es un tema muy complejo. Se han inflado muchos números con artistas que ya son casi dioses, y a veces me asalta la duda de si más allá de determinados shows, el espectáculo es arte en sí o es la nada de nada.

Realmente es todo un reto para los críticos y teóricos del arte, los artistas y curadores, los coleccionistas y negociantes. Desde que un genio dijo que todo podía ser arte, las interpretaciones de este concepto van de lo sublime a lo ridículo, es desquiciante…

Pero bueno, en cada siglo, de una manera u otra los escándalos han sido inherentes al mundo del arte, que a la larga siempre ha logrado imponer sus verdades. Yo espero (quiero tener esa fe) que en el siglo XXII, cuando se opine sobre el siglo XXI, se agradezca algo más allá de la propia mercantilización y banalización que hoy padecemos.

¿Cómo ves la situación del arte en nuestra sociedad actual?

En la actualidad, como tantas otras cosas, el término “arte” se ha vulgarizado en la voz de críticos y “artistas”. No creo que sea el arte el que tiene problemas: es la gente y sus circunstancias, la poca autenticidad para expresarse. 

En la música, por ejemplo, quizás el reguetón es algo sublime, maravilloso, fuera de serie… (si es así, yo pertenezco a otra galaxia). Hay muchas ferias de arte que suenan a eso: a reguetón. Pero igual te digo que, independientemente de las mafias del mundo del arte, de los que son supervalorados, de la banalización que manipulan los medios, etcétera, también hay muchos nombres que respeto y que llenan mi fe en el arte: artistas asiáticos, ingleses, europeos, americanos, cubanos… Y no solo de artes visuales.

¿Cómo valoras tu experiencia pedagógica?

Desde hace muchos años soy profesora de San Alejandro. A partir de 2007 creé un taller (“Los nuevos fieras”) donde enseñaba las técnicas y características de la pintura fauvista y expresionista. Fue porque un grupo de estudiantes, casi a gritos, me dijeron que querían pintar. Hacía rato que la pintura no era un objetivo interesante en los programas de educación artística, ni siquiera en San Alejandro… Y yo me propuse que lo fuera.

Ahora estoy satisfecha, he recogido los frutos. Desde entonces, muchos jóvenes están pintando otra vez en Cuba, y no me importa si a todo color o en blanco y negro: simplemente siento que se potenciaron otras fuerzas. Veo que hay un sentido de mayor libertad de elección hacia un lenguaje que había sido desechado por aquellos que, como les decía a mis alumnos, pueden ser artistas…, pero no tienen el ADN del pintor.

¿Qué representa Cuba en tu vida y en tu arte?

Aunque Cuba es una isla, la siento como tierra firme. La patria, la bandera, la naturaleza, la familia: para mí eso es real, no tengo que relacionarlo con gobiernos ni partidos políticos. La identidad no se politiza; estemos donde estemos, aunque emigres o andes de viaje, la identidad se lleva por dentro como una marca indeleble. Es un sentimiento muy especial.

He ido elaborando mi trabajo desde una realidad vivida aquí, pero con un enfoque más universal, sin localismos; pues me gusta que la metáfora visual transgreda y cargue de sutilezas los contenidos que elijo, más allá de lo inmediato o circunstancial.

Para mí es un reto crear en Cuba y decir cosas desde aquí. Somos una islita casi perdida en el mundo, con un retraso de años luz… Hace poco nos llegó Internet… Pero se hace lo que se puede: con o sin materiales, inventamos, insistimos, y desde aquí o en la diáspora, es innegable que el arte cubano se ha hecho notar. Y sí, las crisis están siempre de vuelta, pero quizás hasta sea mejor, para su salud. 


Galería


Rocío García – Galería.




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