Enrique Martínez Celaya: “Necesitamos con urgencia un espejo”

Enrique Martínez Celaya nació en La Habana en 1964 y a la edad de ocho años emigró con su familia a España; en 1975 se trasladaron a Puerto Rico, y en 1982 se fueron a vivir al norte del estado de Nueva York. Enrique se graduó en Física en la Universidad de Cornell y obtuvo un doctorado en Electrónica Cuántica en la Universidad de Berkeley, antes de dedicarse al arte y graduarse con una maestría en Bellas Artes, en la Universidad de Santa Bárbara.

Sus obras se encuentran representadas en algunas de las colecciones más importantes del mundo, como las del Metropolitan Museum of Art o The Whitney Museum of American Art. Martínez Celaya es también escritor y profesor universitario de Humanidades y Arte. Hoy vive y trabaja en Los Ángeles.

Enrique Martínez Celaya es un artista importante, muy arraigado en la pintura: defiende sus inagotables posibilidades y misterios, pero tratándola sin ningún parti pris, en esa impalpable irradiación que hace de su obra la confidente silenciosa de un encuentro particular. Como todas las formas de la representación ya fueron experimentadas a lo largo de la historia del arte, Martínez Celaya optó por un arte distanciado que aligera la pintura de su peso aplastante y le abre nuevas posibilidades: una herramienta de conocimiento, la esfera encantada de lo íntimo.

El ojo, en su proceso creativo, es vector de memoria; deja de mirar el mundo con un significado preestablecido y busca en él el secreto de su relación perceptiva. Para Martínez Celaya, ver y pintar suponen “desaprender” lo aprendido. Su pintura no representa una vuelta al pasado, sino el cumplimiento de una posibilidad que la pintura contiene. Va más allá de la noción histórica de jerarquía de los géneros, pero como Martínez Celaya los conoce al dedillo, propone una pintura de síntesis y de destrucción; combate la idea obsoleta, pero todavía extendida, de que la pintura representaría una fórmula pasadista que ya no puede formar parte de la creación contemporánea; encuentra los medios de demostrar la vitalidad y la eficacia de la imagen pintada, su singularidad en un contexto en que todo es “imagen”.

Sus paisajes, sus bodegones, sus retratos, no conforman una categoría, sino una unidad de géneros convocados sin la menor exclusividad. Martínez Celaya le devuelve a la naturaleza su visibilidad, su presencia y su enigma; la eleva a su condición figural. Mirar sus cuadros es exhumar recuerdos de intensidades posibles, abrir la maravilla de los imperios del mundo, este mundo flotante de “los comienzos innombrables” (Foucault).

Empecemos por un autorretrato: háblame de tu infancia en Cuba, de tu familia…

Cuba es para mí un rosario de memorias. Los nombres, las calles, las imágenes existen en un espacio entre la nubosidad de los sueños y la solidez de la libreta de abastecimiento que yo llevaba a la bodeguita del pueblo de mi niñez.

Nací en La Habana y crecí en Nueva Paz, que es un pueblo de campo entre las provincias de La Habana y Matanzas. Pasé gran parte de mi infancia en la playa de Caimito, que queda en el sur y de la que tengo muchos recuerdos, como el de llenar pomos de cangrejos, sentarme en el muelle, y nadar en el mar. Nunca se me olvidará su olor a sal y a pino.

Me gustaba dibujar, y el dibujo era mi manera de contar historias y de procesar todo lo que veía y sentía. Pasó mucho en esos años antes del exilio, a pesar de que el tiempo parecía dilatarse y a veces hasta pararse. Me enredaba en algunas peleas, fabricaba espadas de madera para cambiárselas a mis amigos por otras cosas, vi a mi padre irse a España y me senté en muchas comidas que se sentían como velorios, porque sabíamos que emigraríamos pronto.

Finalmente, nos fuimos para España un día como cualquier otro, pero que para mí siempre va a ser diferente. Y cuando el avión abrió la puerta, estábamos en Madrid.

¿Cuál fue tu primera emoción estética?

Es difícil identificar mi primera emoción estética. Se me escapaban muchas cosas, particularmente en la escuela, pero siempre noté el mundo a mi alrededor. Recuerdo observar cómo el sol tocaba las ramas del pino en la casa de mi abuelo, y las expresiones en las caras de la gente, y poco a poco estas imágenes entraron en mis dibujos, y poco a poco esos dibujos adquirieron más ambición.

Pero mi preocupación siempre fue cognitiva y ontológica, antes que estética. Yo quería entender el porqué de las cosas, y por eso me interesaron también la física, la literatura y la filosofía.

¿Qué pasó para que te decidieras a ser artista plástico?

En Puerto Rico fui aprendiz del pintor Bart Mayol; pero no fue hasta finales de 1990, cuando estaba estudiando mi doctorado en Física, que decidí que tenía que ser artista. Me gradué con una maestría en arte, pero mi apreciación por la sensibilidad emocional se la debo a tres grandes maestros de literatura que tuve en la escuela secundaria.

¿De qué manera has evolucionado como artista?

Desde un punto de vista, mi evolución ha sido muy limitada, y desde otro, ha sido significativa. Las pinturas de mi adolescencia eran narrativas, con un aspecto realista, y estaban motivadas por mi interés en contar historias. A finales de los años ochenta destruí muchas de las obras que había hecho, y durante varios años me dediqué a reinventar la pintura, empezando por suposiciones muy básicas acerca del medio, del concepto y de la experiencia de confrontar una obra de arte.

Los trabajos que hice entre 1990 y 1993 eran muy físicos y minimalistas, y a medida que fue pasando el tiempo, las imágenes reaparecieron. En 1994 empecé a hacer también esculturas, instalaciones, fotografías y videos.

¿Qué es el arte para ti?

El arte es un proceso de búsqueda, de tratar de entender mejor la realidad, y de clarificar a lo que me refiero cuando digo “entender mejor la realidad”. Conozco bien los argumentos contra la idea de la verdad, pero continúo viendo mi obra como un intento de aproximarme a ella. Y aunque lo hubiera descrito de otra forma, así también era como yo veía mi trabajo cuando empecé a pintar.

¿Eres reacio a explicar tu trabajo, al acercamiento crítico?

Me interesa crear puentes de acceso hacia el trabajo, y doy charlas acerca de mi obra y el arte en general. Pero explicar el trabajo es otra cosa. Para que una explicación no sea distorsionada o superficial, se necesita tiempo y suficiente interés en escuchar por un buen rato.

¿Qué artistas te han influenciado y a cuáles sigues admirando?

Los poetas y escritores probablemente me han influenciado tanto como los artistas. Algunos de estos escritores son Miguel Hernández, Harry Martinson, Czesław Miłosz, Fiodor Dostoyevski, Robert Frost, Robinson Jeffers, Mario Benedetti, Marina Tsvetáyeva, Alejo Carpentier, Boris Pasternak, César Vallejo, y muchos otros.

En mi juventud, estuve muy interesado en Diego Velázquez, Édouard Manet, Albert Pinkham Ryder, Giorgione, Leonardo, Pablo Picasso, Käthe Kollwitz y Odilon Redon. A medida que pasó el tiempo, Edvard Munch, Joseph Beuys, Forrest Bess, Anselm Kiefer, Marcel Broodthaers y otros, se volvieron más importantes para mí.

¿Conoces la influencia que has tenido en otros artistas cubanos? ¿Qué relación mantienes con los artistas cubanos?

Aunque mi carrera empezó y se ha desarrollado en Estados Unidos y Europa, estoy muy interesado en exhibir en Cuba y dialogar con artistas cubanos. Una de las sorpresas más agradables de mi visita a Cuba durante la Bienal del año pasado, fue el descubrir que algunos artistas cubanos conocían mi trabajo. Me gustaría mucho expandir estos vínculos.

Háblame de tu proceso de creación.

Trabajo todos los días. Por lo regular, escribo un poco por las mañanas y después voy a mis cuartos donde tengo las pinturas y esculturas. y me muevo de una a otra. Siempre trabajo en muchas obras al mismo tiempo. Me gusta moverme de una a otra, y dependo de los descubrimientos de una para entender cómo van a evolucionar las demás.

Nunca uso bocetos, pero mis escritos me ayudan a clarificar dónde estoy parado y lo que estoy haciendo. Aprecio los accidentes, y trato de evitar lo familiar o las fórmulas, lo que no resulta fácil. Una de las cosas más difíciles es reconocer los trucos que usamos para manipularnos a nosotros mismos.

¿Creas sin pensar en un público, sean amigos, coleccionistas, galeristas…?

Yo creo que todos los artistas tienen una constelación —otros artistas, obras, escritos, valores—, y es bajo su luz donde creamos nuestro trabajo. Aunque frecuentemente se habla mucho de la individualidad del artista, le tengo mucha gratitud a esa luz, la cual también influye en mi trabajo.

Sin querer descontar ese contexto de valores, mi trabajo responde principalmente a mis inquietudes emocionales e intelectuales, con la intención de des-cubrir el orden de las cosas.

Supongo que tu biblioteca puede decir mucho de tu obra. ¿Qué libros predominan en ella? ¿Cuál es la importancia de las otras artes en tu vida y en tu trabajo?

Como te mencioné antes, la literatura y la filosofía han sido, y son, muy importantes para mí. Aprecio la compañía de los libros, y tengo una biblioteca extensa en la que me gusta mucho estar.

Me interesa también la música, y he colaborado con varias bandas y músicos. Pero las artes no me interesan en términos generales. Lo que me interesa son esas obras y artistas que me demuestran que algo más claro, profundo y conmovedor es posible.

¿Qué opinión te merece el mercado del arte y el lugar que ocupa el dinero hoy día en este mundo? ¿Piensas que el mercado orienta la creación?

Estamos pasando por un momento en que el valor de lo que se hace, y hasta el significado de nuestras vidas, se mide principalmente en términos de mercados y dinero. Esto no es nada nuevo, pero el materialismo está consolidado de forma tal que muchos no ven alternativas. Pero las hay.

El hecho de vender nuestro trabajo para poder vivir no es de por sí deshonroso. Cuando un artista empieza a vender su obra, el proceso es similar a un granjero que planta zanahorias: les echa agua y fertilizante, y después las intercambia por dinero u otra posesión. Por supuesto que hay muchas dinámicas e intereses que distorsionan este proceso, pero a través del trabajo y los valores de su práctica, cada artista demuestra y define su tolerancia hacia la hipocresía y las pretensiones.

¿Qué relación tienes con los galeristas?

Tengo un buen conjunto de galeristas en varias partes del mundo, y los aprecio mucho. La mayoría de las veces son ellos los que presentan el trabajo al público, y también apoyan mis proyectos en los museos.

No todo ha sido ideal. He tenido momentos difíciles con algunas galerías.

¿Qué papel le concedes al arte en nuestra sociedad actual?

No creo que sea una exageración decir que la codicia, la obsesión con las apariencias, y la soledad, definen una gran parte de la experiencia contemporánea. Y, como vemos, ni los políticos, ni la tecnología, ni la academia vienen al rescate. Y no vienen al rescate en parte porque lo que necesitamos es un espejo, y los espejos no surgen de esos orígenes.

Pero tampoco surgen en el arte o la literatura cuando es sermonera o decorativa. En este momento, necesitamos con urgencia un espejo que nos ayude a pararnos más derechos y que refleje de dónde venimos y señale a dónde vamos. Tengo la esperanza de que estas reflexiones nos ofrezcan formas menos viciadas de restablecer la conexión entre la conciencia, las emociones, y lo que decimos que somos.

¿Cómo valoras tu experiencia pedagógica? ¿Qué impacto ha tenido o tiene en tu obra?

Mi experiencia pedagógica, tanto de estudiante como de profesor, ha tenido un gran impacto en mi obra. Aunque considero que los artistas siempre son autodidactas, nuestra capacidad y alcance depende en parte de la calidad de nuestra educación, y en mi caso, he tenido buenas oportunidades y excelentes ejemplos de cómo navegar en mi vida y en mi práctica artística. Como profesor, yo he tratado de ofrecer a mis estudiantes una intensidad intelectual y ética similar a la que yo recibí.

¿Quisieras regresar a Cuba? ¿Qué queda de ella en tu vida y en tu arte? Me encantaría pasar más tiempo en Cuba, y quizás algún día pueda tener un lugar allá. Aunque emigré muy joven, hay mucho en mí de la actitud de la gente y de la tierra de Cuba. Por ejemplo, mi inclinación a las alusiones y metáforas, la conexión con el mar, y el interés en la vida que existe en las penumbras emocionales, los veo relacionados a mi historia, a los pueblos donde viví en Cuba y a mi linaje cubano.


Galería


Enrique Martínez Celaya – Galería.




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Raychel Carrión: “La multiplicidad es inquietante para el poder”

François Vallée

“El compromiso desde lo que no nos pueden quitar: la capacidad creativa y la libertad de pensamiento, lo hemos visto y se ha vivido hace poco, el pasado 27 de noviembre. Si los creadores están en la frecuencia del presente, entonces el poder se quiebra. Eso es lo que mejor podría hacer un arte contemporáneo inclusivo”.





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