Douglas Pérez: “Yo no vendo cuadros, los hago”

Douglas Pérez Castro siempre ha sido un fanático de la historia narrada. Lamentablemente, según él, solo se le ha dado con facilidad la pintura y el dibujo, para nada la escritura, “una pasión encubierta pidiendo secreto lugar…”. Así que poder rendir tributo al “relato”, ficticio o verdadero, de la historia de Cuba, desde los atributos de esta representación y sugestión del mundo visible o imaginario en “una superficie plana cubierta de colores reunidos en cierto orden”, es el rasgo principal que ha caracterizado toda su obra desde el principio, en los años noventa, hasta hoy. 

Basta con ojear su trayectoria artística para descubrir la constante incorporación a su faena de la imaginería y la memoria que se sustentan con la narrativa histórica, con la historia del arte, ya sean cubanas o universales. Su obra rinde culto a la Pintura, con mayúscula; a la gran pintura moderna, pero también a la pintura popular, ingenua, primitiva, infantil. 

Douglas Pérez siente pasión por los personajes de los cómics, de los cuadros de género, de los grabados xilográficos del siglo XV (con su imaginería popular y religiosa), de las pinturas y fotografías decadentes… Los desarticula, los pone en orden y los integra a su cosmos personal elevándolos, en su fábula, a categorías de héroes o antihéroes, según el caso. La idolatría casi fetichista que caracteriza su pintura es equiparable a las emociones desenfrenadamente eufóricas y exaltadas de la preadolescencia.

Lo impresionante en la pintura de Douglas Pérez es la presencia explícita de su mundo real cercano y su potencia imaginaria; tiene el poder admirable de arrebatar a lo real una parte de realidad y transportarla en su arte, hacerla existir autónomamente en él y generar una transfiguración de lo trivial. 

Así es su trabajo: una secuencia de cuadros pintados al óleo durante casi 30 años, devenidos mitológico tamiz que filtra y cuestiona la gran ilusión de que lo que tenemos es garantía para resguardar nuestra posteridad.

Empecemos por un autorretrato: háblame de tu infancia en Cuba, de tu familia, de tus padres…

Nací dos años después de haberse perdido irremediablemente el “sueño de los diez millones” de 1970, en un pueblo del centro de Cuba llamado Santo Domingo, que no sobrepasaba los 54 000 habitantes, en la actual provincia de Villa Clara. Un pueblo que se fundó en la órbita de la industria azucarera. 

Soy el primogénito de mi madre, una mujer sencilla de pensamiento y con una hermosa presencia que recordaba a las actrices del cine italiano. Insuflaba un gran amor y una tierna aspereza. Durante toda mi niñez, trabajó como recepcionista en el único policlínico del pueblo, y terminó sus días “pensionada” de una imprenta gráfica perteneciente al periódico provincial de la ciudad de Cienfuegos, ciudad donde nos mudamos más tarde y donde trabajó como encuadernadora de tabloides y pasquines. 

Mi padre, diseñador gráfico de profesión, primero para el periódico de la ciudad de Santa Clara y finalmente contratado en Cienfuegos, dedicó toda su vida al mundo de la prensa plana, pero lo alternaba amorosamente con el arte a través del humor gráfico y las caricaturas.

Hasta donde sé, no hay antecedentes de artistas en mi familia, excepto esta formación de mi padre, quien poseía una habilidad singular para dibujar, adquirida a través de su práctica diaria y cursos de academia de dibujo comercial y publicidad que recibió por correspondencia (esto lo deduzco, porque él nunca me refirió nada acerca de su formación). 

¿Cuál fue tu primera emoción estética? ¿Qué pasó para que te decidieras a ser artista plástico? ¿Cuándo se convirtió el arte en el centro de tu vida? 

Bombardeado por toda la variopinta amalgama de revistas de diseño, libros, cómics, folletos (entre muchas otras cosas que aún conservo, resaltan las instrucciones de un ilustrador popular de los años cincuenta llamado Andrew Loomis, que vendía estos cursos en todas las Américas, bajo la ostentosa promesa de hacerte un exitoso artista comercial y poder vivir de ello) y reproducciones de obras de arte que teníamos en casa, yo empecé a dibujar como un demente, envuelto en el olor del óleo diluido con gasolina. 

Mi padre tenía cierta popularidad en el pueblo pintando t-shirts a mano y al óleo (demoraban días en completar su secado) con la imagen de Bruce Lee, pilotos de motocross en poses espectaculares y personajes de Disney. Luego los vendía, y terminaban blanqueados por los sucesivos lavados, pues la ropa se usaba más allá de toda posibilidad de ser sustituida por temporadas… Esta actividad, que inundaba el ostensible desorden en el que siempre vivíamos mis padres, mi hermana menor y yo, agregaba algo de dinero a la mísera canasta familiar socialista, si bien no usando el material más legitimado en el orden de la tradición pictórica…

En principio, esas fueron mis primeras emociones estéticas, si podemos llamarlas así. En el orden intelectual, fueron las visitas ocasionales que hacíamos mi padre y yo a casa de un importante fotógrafo de apellido Valdés, las que provocaron mi deseo de querer abrazar al Arte con mayúscula. 

Ese señor, de quien guardo vagos recuerdos, evidentemente pertenecía a una clase que estaba alejada de la barahúnda agroproletaria de aquel contexto. Poseía una biblioteca exquisita que mantenía a media luz, pues, como fotógrafo, su estudio estaba organizado en una atmósfera peculiar dentro de una de las casas más espléndidas y fotosensibles de Santo Domingo. Colgaban de sus paredes excelsos marcos con preciosos retratos de señoritas, impresos con plata y gelatina en blanco y negro, que demostraban un “oficio” superior. 

Siempre que Valdés conversaba con mi padre (quien era todo un maestro de poses impostadas, agasajando a su interlocutor con gran deseo de escucha y comprensión), yo notaba, en los finos ademanes de aquel sujeto y en su tranquila charla acompañada siempre de una copa de licor, que había un millón de cosas que podían ser temas de conversación y que no tenían que estar sujetas a la tediosa inmediatez del pueblo. Recuerdo que citaba nombres como los de Marx, Chaplin, De Gaulle, Mariátegui, Pasolini, Russell, Picasso, Orwell, Nasser, Proust… 

Así pasó parte de mi infancia.

¿Qué formación tuviste? ¿Cómo valoras la enseñanza que recibiste? ¿Cómo has evolucionado como artista? 

¡Tuve una educación genial! Occidental, como la de todos los artistas cubanos. Podría afirmar que las enseñanzas en materia artística que recibimos los artistas de mi generación procuraban, desde la academia (basada en el rendimiento y la producción como valores absolutos), convertir a los alumnos en pequeños genios.

Así, bajo un fuerte régimen de ejercitación y disciplina que duró más de 11 años, en un ritual fraccionado, en un sistema escalonado de tres niveles —la Escuela Vocacional de Arte, el nivel medio superior, y finalmente el Instituto Superior de Arte (al modo de la Academia de kung-fu de Shaolin)—, con suerte te doblabas el brazo hasta arribar al misterio de lo que es el Arte y completar así el ascenso a la montaña del éxito profesional… 

Pienso, a la postre, que toda esta acción simbólica (pues no creo que el arte se enseñe) genera una particular “jerarquización inútil”, si pudiera decirse así, entre los artistas cubanos, ocasionando más pérdidas e inconvenientes que facilidades instructivas. Esto muestra que, en la actualidad, existe una plaga de inadaptados a un “ideal generacional” en el que va desapareciendo su compromiso e identificación con la academia. 

Por otro lado, con la sobreexposición del ego en las redes sociales, el arte cubano ha comenzado a premiar de forma absoluta al individuo. Entonces, el artista construye su discurso a fin de lograr una “identidad digital” como prioridad fundamental. Es ahora más un partisano de la libertad personal que un verdadero sujeto inquieto, sensible y motivado para engendrar contenidos más allá de su ser.

Esta es la gran diferencia, según veo, con respecto a los años noventa del pasado siglo. El hecho de que las cúpulas del ISA se vieran como un templo, y el acto creativo casi como una práctica religiosa, es una idea que gravitó en algún momento. Por supuesto, no digo que el artista sea un ente perteneciente a alguna orden religiosa, es solo un concepto que se esgrimió en cierta oportunidad. Dejémoslo hasta ahí…

Para mí, hacer una pintura nunca fue una oración natural de mi alma; como toda idea que en algún momento se agota, en esta nueva realidad de los social media, esta forma de pensamiento se ha esfumado. En el día de hoy damos un uso muy diferente a la práctica artística y a las cosas, hasta el punto de que por saturación las agotamos, las consumimos y las destruimos de forma instantánea. Por eso es por lo que creo que muchos por ahí piensan que el arte cubano ha dejado de ser intelectual…

Es muy tendencioso decir que en el pasado se hacían mejor las cosas, pero es comprensible el hecho de que antes las categorías temporales estaban más valoradas, y por tanto el desempeño acontecía más claramente. Al no existir rituales constructores de paradigmas por esta dinámica de la realidad del arte, a este no le ha quedado más remedio que tratar de reflejar las cosas de manera distinta, buscando complacencia con el objeto a criticar, como si fueran amigos. Al final, las obras que se crean hoy en día también pueden ser comunitarias, y de algún modo amigables.

Decía que me resulta difícil creer que el arte se enseña. Creo más bien que aprendemos la historia del arte. Pienso que tiene un gran valor poder reconocer en mis colegas y amigos los códigos de apreciación e interpretación de su quehacer, y esto se debe a la posibilidad de haber estudiado cuidadosamente la historia de la pintura. De ahí es de donde me llegan los nuevos estímulos, y por ahí identifico rápidamente las estructuras de lenguaje de los pintores que me rodean. 

“Nazarenos”, así llamaban sus contemporáneos a los pintores alemanes de orientación religiosa-romántica establecidos en Roma a principios del siglo XIX. ¿Cómo se pueden mezclar disciplinas y conceptos sin que eso sea un pecado? El arte tiene esa capacidad, y es por ello que me gusta. Desde tu experiencia personal, tú puedes articular una hipótesis y validarla echando mano a cuantas herramientas estén a tu alcance, sin necesitar de una rígida especialización, porque no es una ciencia: es más un sentimiento. 

Al dibujar y preparar una pintura, muchas veces anclo mi cuerpo a ciertas manías, a lo que leo, a lo que como y a lo que veo. Desde ahí parte mi interés en el dibujo: sequedad de bordes donde adquiere mayor significación todo lo que no sea línea. Desde ahí, la vista aprende primero a confiarse a lo aparente. Quizá mi experiencia de vida, ligada a esa educación imprevista, compulsaron mi orientación a la pintura como medio de expresión. 

¿Qué artistas te han influenciado y a cuáles sigues admirando? 

Durero, Holbein, Metsys, Rafael… Lo cierto es que profeso un apego muy personal a la tradición y hago un alegato en contra de la cultura de la autenticidad. Un amigo mío muy querido siempre me asegura “no ver en mis cuadros más allá que velos de sugerencias de otras pinturas”. Me impresiona y satisface su comentario, porque mi amigo es, además, un excelente pintor.

Háblame de tu proceso de creación.

Intento pintar todos los días. Dibujo extensamente mis ideas, que luego hago converger en la pieza; es el banco de asociaciones que aprendí de Enrique Wölfflin: plantear una tesis muy sugerente comparando la creencia en los pintores, a la manera de Pascal con su “convéncete de tu historia como si fuera cierta”. Si uno actúa del mismo modo, la creencia llegará por sí sola. 

En mi pintura, es fácil reconocer esta estructura que más tarde pude también explorar en el “componedor” de Mark Tansey. Dice Wölfflin: “Por lo que se refiere a los pintores de género holandés del siglo XVI, tenemos en el mismo Lucas de Leiden, en Pedro Aertsen y en Averkamp, un extenso material comparativo”. Yo, por mi parte, en el día a día voy encontrando nuevos pintores, nuevas obras, novelas, cómics y películas que comparo con Cuba, con su realidad e historia, y las incorporo a la expresión del sentido fundamental del cuadro. Lo mejor es que no se necesitan partidarios para este trabajo, no se trata de radicalizar una metodología: es sencillamente compartirla.

El cuadro está terminado cuando mi esposa (que es científica, más precisamente médica) me dice: “Ya, deja eso, papi, ven ya, ven a comer. ¡Ven!”. Entonces se acabó la pintura.

¿Qué particularidad tienen la pintura o el dibujo para que continuamente se anuncie su muerte y su resurrección? 

El ser humano ha pintado siempre. La pintura ha estado ahí, incluso antes de que el ser humano fuese un sujeto social. El cuerpo que entrenamos y que biológicamente hemos heredado de la evolución, no ha necesitado echar de menos la cercanía física de dejar una huella, colorear o “trazar”, porque le es inconscientemente palpable. 

Como una extensión de su condición anímica, toda la abundancia de la modernidad acerca de que la tradición pictórica es objeto de arte, es una adjudicación propia de la “voluntad de poder” heideggeriana. El mejor ejemplo es Richard Wollheim. El gesto de pintar está incluso antes del habla y la escritura. El Premio Nobel debería ser otorgado también a un pintor. 

Hablar del fin de la pintura, o decir que la pintura ha muerto, es un sinsentido mayúsculo. Teológicamente hablando, es como decir que la fe ha muerto, y que la religión ha fallado. Ahora, en tanto operación artística, entiendo el porqué de esta idea tan mencionada y trillada. El gran problema para mí es el acto de escoger, y ningún otro. La pintura se reinventa según cambian los escenarios, la cultura de la autenticidad va de la mano de la desconfianza y no se define necesariamente por la exclusión de la misma. 

Se me hace incomprensible y tan reaccionario alentar la muerte de la pintura, cuando esta ha sido siempre tan hospitalaria en la comunidad humana, donde se acoplan incluso sectores que piensan que tiene sentido negarle su permanencia. Pero, en definitiva, comprendemos de sobra que el hombre vive también bajo el dominio del miedo y el resentimiento. ¿Quién dice que la pintura ha sido descubierta?, se pregunta Barry Schwabsky. La pintura es más profunda de lo que pensamos.

¿Cuál es tu relación con el mercado del arte? ¿Qué opinión te merece el lugar que ocupa el dinero hoy día en el mundo del arte? ¿Piensas que el mercado orienta la creación?

Entiendo la pintura como una forma de conocimiento que anula pensar en el mercado como alguna promesa de legitimación. Opino que ver la obra pictórica solo como un bien comercial, genera fuertes desavenencias entre el artista, las instituciones y la crítica. 

Pero, claro, no soy experto, y mucho menos en un país donde la pobreza es endémica y se encuentra anclada a una economía rentista de la “divisa”, con niveles de producción pésimos, incapaces de generar un volumen de capital excedente que consolide un mercado para el arte y el coleccionismo, ni siquiera en las instituciones estatales. 

Esto no constituye una preocupación o una medida de nada para mí. Una vez que entiendes que los pintores, a diferencia de la opinión generalizada, no son un ejemplo conservador de buen vivir, te das cuenta de que, por ambición personal, solo está el compromiso con la obra. Yo, como pésimo comerciante, y tal vez como consecuencia de esa etapa romántica de rebelión inicial, siempre digo: “Yo no vendo cuadros, los hago”. Tal vez porque siento vergüenza de decir un precio escandaloso en el cénit de una conversación en la que he sido forzado a hablar de algo que me resulta poco interesante.

Por ser mi pintura narrativa y formal, siempre han girado a mi alrededor galeristas y dealers, y siempre he confiado a una gran parte de ellos el manejo de mi obra en el mercado. Puedo decir que son necesarios, y desde mi situación trato de establecer una correcta y transparente relación de trabajo, una relación con autonomía y conformando alianzas de apoyo intelectual y financiero. 

¿Qué papel le concedes al arte en nuestra sociedad actual? 

Pintar es mi vicio, y lo acepto; quizá sea el sentido de la revelación que contiene. Por tanto, la pintura es mi proyección del arte, sin necesidad de describir los cuadros, que son autosuficientes en su carácter narrativo. La transformación o la compresión de las imágenes que creo, evocan o proyectan a veces mis inquietudes acerca de la realidad circundante desde una tradición que a mi modo de ver es dialéctica, como lo es la del cine, el teatro o la literatura misma, que no es “pintura”, valga la aclaración. 

Son tantas las veces en que me exigen que hable de mis cuadros como si de una novela se tratase… Es tedioso. 

Ejemplifiquemos: esta pandemia, la COVID-19, constituye un hito histórico que, según puedo, percibir se traducirá en transformaciones políticas de fuerte calado. También experimentaremos, ten la seguridad, un cambio en la manera de hacer arte. Por consiguiente, a raíz del coronavirus el universo pictórico variará. Incluso, ya ha entrado en crisis esa idílica cuota de “libertad” tan proclamada por la pintura, y se ha impuesto la nueva biopolítica de control. No la del confinamiento, donde vuela la imaginación (pues de todas las expresiones de las artes visuales, pienso que la que mejor hace gala de la soledad y del autoaislamiento es la expresión del pintor), sino la de las llamadas democracias, que han tenido como estandarte sagrado el control y la opresión

Desde el momento en que está siendo sometida a un régimen de vigilancia impuesto por un virus y coartada por la tecnología, la libertad desaparece, no hay contextos “liberales” sobreentendidos. Entonces, ¿dónde buscarla? Es evidente que ni los regímenes totalitarios ni las democracias liberales te otorgan absolutamente nada; tal vez la pintura sea el canto del cisne en la llamada dialéctica del Antropoceno y contemos con su fuerza para imponernos nuevamente. 

Mira, la era del ser humano está en un linde y solo nos salvaremos con algo de imaginería hindú, una exposición de Franz Ackermann, la novela gráfica Batman año 100, de Paul Pope, y la causticidad irónica del título de un cuadro de Flavio Garciandía…


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Luis Gómez: “Este país tiene un olvido conveniente y perenne” - François Vallée

Luis Gómez: “Este país tiene un olvido conveniente y perenne”

François Vallée

Luis Gómez es uno de los artistas cubanos más destacados. Su obra se halla en la intersección de las corrientes más importantes del arte contemporáneo. “Mi obra tiene que ver con mi opinión sobre el cómo de lo que sucede en el entorno artístico, o sea, sobre su política y sus gaps, que pueden ser de muchos tipos, desde estéticos hasta éticos” .


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