Alejandro Campins: “Yo no soy una herramienta del mercado”

Alejandro Campins nació en Manzanillo en 1981. En el año 2000 se graduó de la Academia Profesional de Artes Plásticas “El Alba”, de Holguín, y en 2009 del Instituto Superior de Arte de La Habana. Se ha convertido en uno de los artistas cubanos más reconocidos y respetados de su generación. Su obra forma parte de la colección del Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana, del Voorlinden Museum de Wassenaar, de la Maison Européenne de la Photographie de París, de la Colección latinoamericana Daros de Zurich, entre otros.

Regenerado por la inmersión en las propias fuentes de la pintura que él y muchos de sus compañeros de generación empezaron a experimentar a principios de los años 2000, Alejandro Campins supo escrutar, ahondar y ensanchar, con un empeño admirable, inquebrantable, esta forma de expresión y comunicación visual, para hacer de ella un pensamiento figural.

Campins no necesita ninguna fórmula para definir su pintura o su fotografía, que no pueden ser elevadas al rango de sistema. Conectada con el amplio ámbito de la cultura visual, su obra explora el campo de la historia, de la memoria, del mito, del sueño; la presencia carnal de las cosas. Su síntesis gráfica, cromática, temática, sacada de la contemplación de la realidad exacerbada emocionalmente e interpretada y filtrada con la intensidad de un sentimiento casi religioso, consigue manifestar los poderes de la visión que excede la experiencia visual para alcanzar lo que Merleau-Ponty llamaba “la carne del mundo”, esto es, la indivisión de este ser sensible que somos, y de todo aquello que se siente en nosotros.

Los paisajes que pinta o fotografía Campins no son solo físicos o imaginarios: son espacios metafísicos que desestabilizan nuestra concepción y ocupación empírica, familiar, de estos lugares retratados, pues exhiben e interrogan sus estructuras, sus condiciones de posibilidad. No son una representación de las cosas, sino un acontecimiento ontológico, una apertura, una revelación del mundo.

Empecemos por un autorretrato: háblame de tu infancia en Cuba, de tu familia…

Estoy muy agradecido de la infancia que tuve, sin traumas ni sufrimientos. Fue una infancia humilde, de la que aprendí mucho. Una infancia como la de la mayoría de los cubanos. Siempre tuve a mi lado a mis padres y mi hermano.

Mi adolescencia estuvo marcada por el Período Especial. Creo que esto me hizo muy observador y analítico. Vi cómo las familias hacían lo increíble por sobrevivir y, en la medida de lo posible, por hacerles creer a sus hijos que todo estaba bien.

¿Cuál fue tu primera emoción estética?

No olvido nunca cuando iba a la escuela por la mañana, con mi madre o mi padre. Muchas veces la ciudad estaba cubierta por la neblina y yo caminaba tratando de alcanzarla, pero nunca podía; era como si la neblina caminara conmigo. A los ochenta o cien metros no veías nada. Esto suele ocurrir mucho en Manzanillo, donde nací.

Otra cosa que me encantaba eran los viajes que hacíamos en tren a Palma Soriano para ver a mi familia. Disfrutaba mucho ver paisajes diferentes durante cuatro horas seguidas. Todavía tengo grabados en mi memoria paisajes que solo veía por unos segundos, desde la ventanilla del tren.

¿Qué pasó para que te decidieras a ser artista plástico?

Nunca quise recibir clases de dibujo, porque no me gustaba tener que dibujar cosas de manera “obligatoria”. Dibujaba todos los días, que era lo que yo quería, pero lo hacía sin pensar en que algún día sería artista.

Luego, cuando estaba en octavo grado, recuerdo que en la escuela solo se hablaba de la carrera que íbamos a estudiar cuando acabáramos la enseñanza secundaria, y la verdad es que a mí nada me gustaba, yo quería ser pelotero. Hasta que, con un amigo (Yornel Martínez), me enteré de que existían las Academias de Arte de nivel medio. Fue entonces cuando decidí recibir clases de dibujo para prepararme y poder hacer los exámenes, y luego estudiar ahí.

Cuando tenía quince años empecé a estudiar en la Academia de nivel medio de Holguín. Tuve muy buenos profesores y una formación que agradezco mucho. Las enseñanzas en estas academias te marcan para toda la vida. Imagínate, empezar a observar el mundo de otra manera, con esa edad. Llega el momento en que dices: esto no tiene vuelta atrás, y se vuelve el centro de tu vida.

¿De qué manera has evolucionado como artista?

Creo que mi evolución ha sido moderada o lenta. La verdad es que, mientras más estudio y conozco el arte, o a los artistas, y mientras más veo la relación que va teniendo mi obra con el público, más me doy cuenta de que hay mucho por recorrer y madurar. Aunque hubo un momento crucial, que provocó una notable evolución: fue cuando visité por primera vez el Museo del Prado, y un año después el Metropolitan de Nueva York. Fue un tiempo de “desaprendizaje”.

¿Cómo contemplas tu estatus de creador en el siglo XXI?

No me he detenido, ni quiero detenerme, a contemplar el estatus que podría tener como creador en el siglo XXI. Me parece que contemplar o ser consciente de esto es un límite definitivo para la creación. Si hay algo que puede afectar la creación, son los límites.

¿Eres reacio a explicar tu trabajo, al acercamiento crítico?

No me gusta mucho explicar mi trabajo; mi obra está muy relacionada con lo experiencial y sensorial. Nunca quedo convencido o feliz cuando explico mi trabajo con palabras; todo lo contrario: me surgen más dudas y dolores de cabeza.

Pero bueno, los artistas nunca nos libraremos de explicar la obra. Ni los humanos de querer que nos lo expliquen todo.

¿Qué artistas te han influenciado y a cuáles sigues admirando?

La lista es muy larga, pero te puedo mencionar algunos de los que más me han influenciado: David Hockney, Chirico, los pintores románticos, en especial Caspar David Friedrich. Y cada vez me identifico más con los primitivos italianos: Giotto, Piero della Francesca, entre otros.

¿Conoces la influencia que has tenido en otros artistas cubanos?

He conversado con artistas más jóvenes que yo, que me han hablado de su interés por mi obra y la influencia que ha tenido; pero la verdad es que prefiero no saber mucho de eso, por lo menos ahora. Ellos serían los más indicados para hablar del tema.

¿Qué relación mantienes con los artistas cubanos?

Trato de mantener buenas relaciones con los artistas y, en general, con todas las personas. Las buenas relaciones son lo mejor que uno puede regalarse como ser humano. Deberíamos preocuparnos más por eso. No hay nada más gratificante que tener, dondequiera que vayas, a alguien con quien compartir una sonrisa, una cerveza, una anécdota…

Cuéntame tu proceso de creación.

El tiempo y el espacio gobiernan nuestras vidas, pero por lo general no somos conscientes de eso, o nuestra idea sobre ellos es muy esquemática. Yo trato siempre de buscar y estar atento a lugares y momentos que desafíen nuestros conceptos de tiempo y espacio. Encontrar esos momentos, esos lugares, es una gran motivación para crear. Una vez allí, trato de pasar días entendiendo el paisaje, la gente, la historia, etc. Se vuelve una circunstancia ideal para repensarme y cuestionarme el tema de la representación.

Hago fotografías, dibujos, me siento a veces como un pintor romántico haciendo su libro de viajes. Una vez de vuelta en el estudio, tengo todo: las fotografías y los dibujos; a partir de ellos hago más dibujos, pero con más libertad y agregando un poco de toda la experiencia vivida. Luego, los cuadros se vuelven esas imágenes definitivas, creadas a partir de la mezcla del carácter “frío-real” de la fotografía con la libertad del dibujo y las interrogantes sobre la representación. Es el resultado de un proceso de interpretación de la tridimensionalidad.

¿Qué particularidad tiene la pintura, o el dibujo, para que se anuncie continuamente su muerte y su resurrección?

Para ganar terreno, cualquier lenguaje o movimiento artístico necesita hacer creer que su predecesor es obsoleto o inútil; eso es normal. Así sucede incluso dentro de la misma historia de la pintura. Los impresionistas ven inútiles las herramientas de la pintura clásica. Los abstraccionistas piensan lo mismo de la figuración.

En mi opinión, también sucede que es un lenguaje complejo, es un arte en sí mismo, un lenguaje de difícil comprensión para muchos y, por lo tanto, un blanco perfecto.

¿Creas sin pensar en un público, sean amigos, coleccionistas,  galeristas…?

No concibo la creación sin pensar en un público. Creo que las obras cumplen una función en la sociedad. Los artistas tenemos, con un círculo de personas amplio o no, un compromiso: ya sea estético, político, religioso, social, artístico, etc.

Pienso en el tiempo en que solo existían las imágenes creadas por el hombre, cuando a un artista le encargaban pintar los frescos de una iglesia; pienso en los retratos de El Fayum, o en las pinturas de un monasterio en el Tíbet o la India. Era un gran compromiso, porque tenían que lograr que esas imágenes fueran capaces de encarnar el alma de un santo, de tener la energía suficiente para conectar a la gente y hacer que creyera en ellas. Estas imágenes eran la conexión de lo terrenal con lo divino, con lo inexplicable. Creo que de eso trata el arte.

¿Qué relación mantienes con las otras artes?

Me gusta mucho la música: escucharla, ver la reacción que suscita en todos nosotros. El vínculo entre la música y las emociones es inmediato, quizás por la inmaterialidad de ambas. Eso me llama mucho la atención. La música para mí es importante porque inquieta, en el buen sentido, mi lado creativo.

Mi esposa es actriz; gracias a ella he visto mucho teatro y he apreciado aún más la belleza del error en el arte. Es increíble cómo los actores conviven con el error. Después de varios meses montando una obra, tratando de lograr la perfección, al final, en el escenario, el error no deja de ser un protagonista.

¿Qué opinión te merece el mercado del arte y el lugar que ocupa el dinero en este mundo?

Tengo una buena relación con el mercado del arte. Si voy a tener una relación, que sea buena. Prefiero no tenerla antes que sea mala. Pero sí tengo claro que el mercado del arte es una herramienta para mí, y que yo no soy una herramienta del mercado.

¿Qué relación tienes con los galeristas?

Me parece que los galeristas brindan un buen canal para mostrar la obra y hacen un trabajo importante que muchos artistas no somos capaces de hacer. Sinceramente, trabajar con ellos ha sido muy importante para mí.

He tenido la oportunidad de trabajar con varios galeristas, y esto me ha dado la posibilidad de alcanzar un público más amplio y cada vez más riguroso; también me ha hecho ser más exigente con mi obra.

¿Qué papel le concedes al arte en nuestra sociedad actual?

En una sociedad como la actual, donde cada vez hay más tendencia a pensar las cosas de manera maniquea, en blanco y negro, el arte juega un papel importante porque es un refugio donde puedes convivir con un mundo lleno de matices, y cambiar esa percepción radical de las cosas.

¿Qué representa Cuba en tu vida y en tu arte?

Una relación de amor y odio. Cuba, en general, es un lugar muy inspirador.


Galería


Alejandro Campins – Galería.




Wilfredo Prieto: “No creo en las definiciones” - François Vallée

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François Vallée

En Cuba está de moda el efecto ‘Ai Weiweiʼ: algo muy parecido al realismo socialista, pero a la inversa. Es una ecuación fácil: si haces comentarios en contra del gobierno cubano, automáticamente estarás en todos los medios internacionales; esto quiere decir más fama, lo que se traduce en más mercado, más dinero”.


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