Carlos García de la Nuez: travesía de las apariencias

En un arrebato de iluminación casi mística, Vasili Kandinski descubrió un lenguaje que se reconocía libre de cualquier sujeción y referencia a lo real. Una nueva poética del acto pictórico más allá de las imágenes y de lo inteligible; una poética situada en una tierra incógnita que —definiendo los elementos gramaticales de la pintura, las propiedades físicas de los colores, la materia— reanimó en la tela o en el papel lo inmemorial y lo sensible, para hacer de ellos un espacio mental. 

La obra de Carlos García de la Nuez participa de esta reanimación y defiende la abstracción natural de la pintura, esto es: la pintura en sí, la que desde las cuevas de Altamira hasta la obra de Picasso, pasando por Velázquez, siempre ha sido abstracción, o más bien concreción de sensaciones específicas. 

Para él, hacer una obra de arte es volver a los orígenes: el arte no puede ser moderno, regresa eternamente a su estado primario. En el acto de pintar radica el estadio primitivo de la mímesis. García de la Nuez se encuentra en la posición de los primeros artistas que vivían en las cavernas, confrontados con el misterio de la vida y empeñados en desvelar el asombro o el terror que este misterio les inspiraba, para dar cuerpo a la esencia secreta de las cosas.

En su objetivo de representación del mundo sustancial, de captación de lo sensible, su pintura nos lleva hasta los límites de lo invisible, dilucida las fronteras movedizas de una fenomenología práctica de la percepción. Carlos García de la Nuez nunca ha ocultado el propósito de dar lugar, por mediación de las líneas, el color y el volumen, a una manifestación demiúrgica de la materia y de las fuerzas primordiales, hasta hacer de un cuadro algo más que un objeto; es decir, la corporeidad de lo espiritual y de lo inaprensible, la expresión tangible de sus aspiraciones intangibles. 

Su materialidad, esta consistencia pletórica propia de la tierra, del agua, del aire, del fuego, constituye la cara visible, táctil, de una espiritualidad secreta; encierra una esperanza: la de trascender, sublimar incluso, el reino de lo visible. La abstracción, para García de la Nuez, no significa un rechazo de la realidad concreta, ni una pura búsqueda de la forma, ya que no se abstrae de lo real (como Paul Klee, es “abstracto con recuerdos”): interfiere en lo real pero inventando su propio registro interno, su lógica y sus leyes. 

Si Carlos García de la Nuez aleja de su horizonte mental, y por tanto de su expresión plástica, cualquier referencia al universo aprehensible de las cosas o de los seres, no es para confinar sus figuras en la experimentación o la explotación práctica de una geometría teórica, no es para ser inasible en la inmanencia, sino para reencarnar a través del color, de la línea y de la materia, la euritmia del mundo, la poiesis del Cosmos. 

Sus pinturas no interpretan el mundo, solo declaran que su energía, su alma secreta, son poesía. 

Poesía es la luz, la incandescencia colorada, la organización sinfónica del color que se hace claridad en las obras de Carlos García de la Nuez. Los colores son “los poderosos motores del alma”, como pensaba Kandinski, y García de la Nuez se dedica a fijar dichos motores en sus cuadros con un fervor admirable y con un dinamismo cromático inaudito, cercano al de sus maestros del color-luz: Monet, Bonnard, Matisse, Turner, Malevich…

Mirando las obras de Carlos García de la Nuez, no puedo menos de recordar una frase del Henri “El Aduanero” Rousseau que ilustra bien su acto de pintar e incluso su manera de ser humilde, única actitud digna que un ser humano puede tener frente a esta improvisación trágica que es cualquier individuo : “No soy yo el que pinta. Es algo situado más allá de mi mano”. 

Su mano lo guía, el deseo de su mano es casi automático, de ahí la importancia de la escritura en su obra (y, por supuesto, de la lectura, en particular la poesía de Lezama Lima y las novelas de Alejo Carpentier). Una tela de Carlos García de la Nuez constituye lo que podríamos llamar, con Roland Barthes, “un campo alusivo de la escritura”. 

Escribir equivale a dibujar, cada letra es tratada como un dibujo, cada signo es un motivo para dibujar. A semejanza de los griegos en la Antigüedad, que utilizaban los verbos “escribir” y “dibujar” como sinónimos, García de la Nuez trata la escritura, las letras en particular, como signos pictóricos: les atribuye el mismo valor, hasta tal punto que suelen perder su función alfabética. 

La escritura se transforma a su vez en una abstracción, su función de comunicación como signo gráfico se anula, solo queda el signo pictórico, el dibujo. García de la Nuez muestra, a imagen de Klee o de Twombly, que el acto de escribir no es solamente sinónimo del de dibujar, sino que son gestos idénticos. 

El ojo no es una simple máquina óptica: es una parte del cerebro. Ver es pensar. La mirada que dirigimos a una gran pintura no solo provoca en nosotros alguna emoción, perturbación o alteración (el arte no sosiega ni alivia): se modifica esta mirada. El arte es un signo antes de tener un sentido, es una sugestión de la realidad a nuestros espíritus, la construcción visual de un pensamiento, una aprehensión de las cosas en su esencia. 

La modulación del color y de la luz en las obras de Carlos García de la Nuez se despliega como dos ondas paralelas en las cuales la pintura da a las imágenes la importancia que tienen en los sueños y hace visible un mundo invisible, un mundo intermediario, “un entre-mundo”, como lo llamaba Paul Klee. 

Su pintura actúa como sublimación de la pura sensación visual y permite adentrarnos en un mundo más allá del tiempo. Su obra nos lleva al silencio y despierta en nuestro interior lo que Nabokov llamaba “el éxtasis”, uno de esos estados del espíritu que, junto con la curiosidad, la ternura y la bondad, constituyen la norma del arte. 

Carlos García de la Nuez sabe, con Lao-Tse, que “quien conoce lo blanco pero se mantiene en lo negro posee la medida del mundo”. A través de su obra, que es una suprema exaltación de la pintura, del acto de pintar, el cual es amor, entrega (“Amare amabamdecía San Agustín), invita a nuestros ojos a construir un mundo a partir de cada imagen: un mundo de pintura y de colores, esto es, un mundo de perfumes, sonidos, climas… Un mundo infinito, un poco de tiempo en estado puro. 





Ana Albertina Delgado: restaurar el aura perdida de la imagen

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François Vallée

Figura mayor de la mítica generación de artistas cubanos de los años ochenta, Ana Albertina Delgado siempre ha conciliado la herencia de antiguos y modernos, resistido a las polémicas y a los efectos de la moda para llevar a cabo, con toda independencia, su obra pictórica.


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