Lázaro H. Cano: Una Cuba donde quepan cubanos como yo

La tramontana soplaba fuerte y terminó derribándole. El pino cayó de golpe cerca de la ventana de una casa de donde salió el dueño asustado. Al otro día sintió que lo levantaban y en vez de cortarlo para leña, Lázaro H. Cano (La Habana, 1972) empezó a lijar sus maderas, a observarle, a murmurarle.


Látigo: ¿Me hablas a mí?

LHC: Eres El látigo del viento y a partir de ahora serás tú quien lo azote, voy a levantarte con tus seis metros de altura y nada podrá volverte a tumbar. Sí, te hablo, y dialogo conmigo mismo, mientras gozo del proceso. A veces escucho voces que me dicen cosas que no siempre entiendo, hago muecas, tiendo a estar callado mientras voy imaginando las obras y cuando tengo la idea clara, empiezo a hacerlas tan concentrado que no veo a la gente a mi alrededor. 


Látigo: ¡Creerán que estás loco!

LHC: ¡Prefiero que me digan loco, desquiciado! ¡Me ofendería estar cuerdo o que me dijeran cuerdo! La Academia de la Lengua debería cambiar su definición: los cuerdos son los grandes hijos de puta, los que someten a la gente por tener más dinero y no les dejan volar, los que te aplastan por ser diferente, que quieren que seas como un ladrillo sin pensamientos, atado a estadísticas y moldes. Los locos hacen lo lindo del mundo. Lo verdaderamente artístico.


Látigo: ¿Y ese sombrero tan extravagante que traes? 

LHC:  Se llama Lord Fantasía y es una creación de mi Cucu_Cia. Ella sabe que me encantan los sombreros, adornarme, desfasar mi personalidad, llevarla a extremos. Sé que para la sociedad puede ser chocante, aunque me considero una persona introvertida y creo que el despunte de esta introversión es también un disfraz. Me gusta llevar sombreros, anillos, argollas, y pienso que adornarse es una protección, me caracteriza, lo disfruto igual que como lo hacían los indios. 


Látigo: Llevas casi dos años trabajando en esta finca, pintando, haciendo esculturas y performance. ¿Cómo llegaste hasta Menorca? 

LHC:  Lo que colmó la copa para que viniéramos a esta isla fueron mis vivencias en Madrid. Es una ciudad con una bella arquitectura, pero ofrece muy mala vida. Me harté de un lugar contaminado, que vende el paraíso español y en realidad es una esclavitud. No podía respirar por la contaminación y me dije: “¡Coño, esto está quemado! ¡No tiene sentido continuar en un lugar que te está llevando la salud!”.

Allí se valora muy poco el trabajo de las personas. Hagas lo que hagas estás sumergido en la esclavitud. ¡Vives y trabajas por sueldos miserables y a costa de tu salud! Y en el terreno del arte tienes que superar una mafia que no cede espacios. Muchos museos y galerías, pero aquello es arte para turistas, ¡cultura para turistas!

Decidí venirme a crear. ¡La vida se va!, ¡es una sola!, ¡y yo tenía que hacer mi arte y crecer y vivir en un lugar sano! ¡La salud de un ser humano es lo más importante! ¡Es de perdedores pensar al revés! 


Látigo: Estás construyendo Lázaro Leku y entiendo que se trata de tu espacio personal, de un sitio de encuentro contigo mismo. Cuéntame más.

LHC:  La idea de Lázaro Leku me viene dando vuelta desde que viví en Navarra, en Pamplona. Siempre fui un admirador de Chillida. Y cuando llegué aquí decidí hacerlo. “Leku” es lugar, el lugar de Lázaro. Es una parodia a Chillida desde mi perspectiva de artista cubano. El látigo del viento viene de El peine del viento, de Chillida. Me he ido involucrando en Lázaro Leku porque cuando salgo por las mañanas y respiro el Mediterráneo es como estar otra vez en Cuba. Ha sido también un reto trabajar con absolutamente todo el material que me da la naturaleza. Y cada día voy transformando mi entorno, un pequeño bosque que me inspira. Lázaro Leku es mi objetivo primordial, mi casa, mi espacio mental, mi estudio al aire libre.


Látigo: ¿Qué has experimentado en este intercambio con la naturaleza?

LHC: ¡Libertad! Ha sido pura libertad en medio de este aislamiento. Menorca tiene su peculiaridad porque es un lugar que conserva mucho de salvajismo en la naturaleza, aún quedan rincones que el hombre no ha tocado. Aquí la naturaleza es una fuente de inspiración ilimitada y a veces me quedo horas mirando plantas, insectos, animales, y eso me libera la mente del estrés humano que te impone la sociedad. Trabajo mucho, cada día, y la naturaleza me nutre. Por supuesto, excluyo de la naturaleza al hombre y por eso en mis obras el ser humano no está. Me incomoda el ser humano socialmente. Me parece un lastre. La naturaleza me hace conversar con el viento, puedo hacer cualquier cosa, zafarme del hombre, del modelo de hombre que se supone que debía seguir.


Látigo:  A pesar de ese disfrute con la naturaleza y de la espontaneidad casi primitiva que te caracteriza, en algunas de tus piezas es notable el comentario político hacia la actualidad cubana, desde un sentido crítico, mordaz, y un tanto humorístico. 

LHC: ¡No creo en partidos ni en políticos, tampoco idolatro banderas! Pero me afecta la situación en Cuba. Me afecta que cojan presos a artistas por pensar diferente a un régimen que gobierna desde hace 62 años. Es algo muy atrasado para este siglo y me duele muchísimo. No me interesa hacer obras relacionadas con la política porque no me gusta dedicarle tiempo, solo sentí la necesidad de pronunciarme ante algo tan injusto. 

En una de mis piezas, me apropio del logo de los CDR y parodio a una organización que se dedica a chivatear a los cubanos, a molestarlos en su vida privada, a delatar a sus vecinos. Es una broma y, en vez de “con la guardia en alto”, les puse “con la lengua en alto”, ¡por chivatones! No tendrían que suceder cosa así, con ese descaro, y hasta un logo tienen desde hace años. 

Por eso también en aquella exposición en White Lab, hice la bandera cubana llena de platos, por el hambre que le hacen pasar a los cubanos. No me identifico con símbolos patrios. La política siempre me ha parecido injusta, mierda, basura podrida y en Cuba ni te cuento. Y creo que la libertad de expresión no debe entenderse solo dentro del arte político, sino desde una amplia gama, y que el arte sea lindo, contestatario, lo que te salga de los cojones. ¡Ah! ¡Y no estoy de acuerdo con el gobierno cubano ni con ninguno, solo estoy con el gobierno de los artistas, y ya está! 


Látigo: A propósito de ideologías, supe que tienes un héroe favorito…

LHC: ¡Mi héroe es King Kong! Quise resaltar su vida para burlarme de toda la fábrica de héroes que es Cuba. ¡Si hay un lugar donde fabrican héroes, ese es Cuba! Y a mí eso no me gusta. No me representa ningún héroe que haya fabricado la involución cubana. ¡No me da la gana que ninguno de mis héroes sean los que ellos inventen y se acabó! Ninguno hizo nada de verdad por mi país, ni por la gente. Más hizo por mí King Kong, que me entretuvo en momentos duros de mi vida. Él estaba tranquilo en la selva y se lo llevaron preso a New York, y allí tuvo que luchar contra los aviones sobre el Empire State, mientras llevaba su rubia en la mano. 

¡Qué cosa esa! Si tú me estás imponiendo tus héroes en nombre de tu ideología, entonces hago mis propios héroes siguiendo la mía, que se llama Libertad. Y pensé en King Kong porque fue mi primera liberación en Cuba. A través del cine viajaba, cuando iba a ver las películas en La Rampa. Tanto machaque de niño con los héroes y luego te enteras de que eran unos asesinos. En eso consisten mis héroes, en hacer bromas con ellos porque hay que ser feliz. Es lo más importante de esta única vida que tiene un ser humano, y reírse con total libertad de hacerlo. Por eso dediqué la pieza de La Silla de King Kong a un héroe que me encontré en el camino, un héroe ecológico.


Látigo:  Háblame del performance Libertad de impresión

LHC: Esa performance la hice en específico para un taller, en un lugar donde entintan telas y tejidos de manera artística aquí en Menorca, y donde nos invitaron a Cucu_Cia y a mí. La primera idea que me vino a la mente fue bañarme en colores, que se me impregnaran. Luego empezaron a rondarme una cantidad de preguntas por lo de la libertad de expresión en Cuba, y jugué con eso. 

Como antes te comenté, para mí la libertad de expresión no es solo gritar “abajo fulanito”. Para mí la libertad de expresión es hacer lo que tú quieras y yo lo que más quería era bañarme con esos tres colores primarios: rojo, azul y amarillo. Me senté sobre una tela que decía la palabra “libertad” con cera y los colores me cayeron encima. Libertad, por la que falta en el mundo entero. Bueno, todavía no meten preso a nadie por bañarse en colores, pero tal y como van las cosas, hasta a lo mejor un día lo hacen. ¡Lo disfruté mucho!, ¡me liberó! 


Látigo: ¿Qué espacio ocupa lo místico en tu obra y en tu cotidianeidad?

LHC:  Para mí lo espiritual está en todas partes y todos somos espirituales en un grado mayor o menor. En mi caso, cuando voy a empezar una obra, a madurarla, noto que voy teniendo un comportamiento diferente. Voy cerrando esos círculos internos donde me concentro en lo que haré y escucho mi espiritualidad. Me cierro, dejo de hablar con la gente. Llego a un punto de sensibilidad tan grande que cuando se me acercan las personas que conviven conmigo, me asusto, las borro por completo. Borro a la humanidad por el grado de concentración que alcanzo. Me asusta todo y lo que no está dentro de la obra me puede violentar, siento que me interfieren. 

También la soledad contribuye a esa espiritualidad. Estás solo: tú y tus espíritus. Me encanta la soledad. Dios mío, ¿cómo pueden existir personas que vean la soledad de mala gana?, ¡y puede ser todo lo contrario!, puede ser paz y creatividad. La mía es una soledad sana que me permite crear. Cuando termino, veo esos espíritus que estaban ahí, de manera metafórica. No es que me esté volviendo loco, pero siento esas energías que están conmigo, impulsándome a trabajar y trabajar sin fin. Después me doy cuenta de que el público la siente y de ahí que sea importante cultivarla, para poderla compartir. Por eso prefiero seguir aislado, e invoco a muchos artistas cubanos ya muertos que me inspiraron, que fueron también mis héroes y siempre les agradezco.


Látigo: ¿Por qué los pinchos, las púas y los clavos en varias de tus obras?

LHC: Los utilizo por el hartazgo que me ha causado el descuido sobre la naturaleza. No soporto ver las playas sucias y los montes destruidos por la inmundicia humana. La banalidad de los seres humanos vestidos de Gucci destrozándolo todo. Los utilizo por la intolerancia a la sociedad, a la política machacona, la ignorancia, la insensibilidad hacia el arte y la cultura. Cada vez que me preguntaban: “¿y eso para que sirve?”, me quedaba como un erizo que saca sus púas para ponerse en guardia. Y dije: “bueno, voy a hacer un tipo de obra que moleste, con púas, con pinchos, para que joda”. 

La primera vez que lo hice fue en la Universidad de Navarra. Hice una habitación entera llena de clavos. Estoy harto de que las personas creativas no tengan el valor que debieran y es mi queja como artista. En la pieza Las chancletas de palo, las púas se las puse hacia abajo, en la suela. ¿Qué podía ser más humilde en Cuba que las chancletas de palo? Las usaban la gente de pocos recursos y mi padre las hacía. Siento que me defiendo de ese modo, me siento reconfortado. Ya el pincho afilado me parece redondo, me parece colchón y quiero que te moleste, que te saque tu propio dolor.


Látigo: ¿Qué es la libertad para ti y cómo la vives?

LHC: La libertad para mí es la mía. Solamente la que yo sea capaz de alcanzar. Infinita para cada cual. Y comienza respetando a los demás. Yo con mi libertad tengo que ocupar un espacio que es el mío, y cada uno el suyo. Si cada quien se dedicara a lo que mejor sabe hacer, este mundo sería maravilloso y pacífico. Una vez vi en Lavapiés un cartel que promocionaba una peli que decía: “si trabajas en los sueños de los demás, abandonas los tuyos”. Y eso me estuvo martillando durante un tiempo; temí abandonar los míos y me dije: “¡verdad, hay que lanzarse al piscinón, total, la vida del ser humano no es nada en la tierra, así que mejor te dedicas a tus sueños!”. 

Esa es la libertad, dedicarte a ellos y hacerlos realidad. ¡Cuesta, no es fácil! Mi libertad es crear, dedicarme a mi arte, ser yo mismo.


Látigo: Siendo un artista outsider con una acentuada pulsación hacia lo contemporáneo, ¿cuál es tu mayor preocupación con respecto al arte y el lugar de tu obra? 

LHC: En algún momento llegué a pensar que no tenía ninguna. Pero eso no era posible. Siempre el público fue mi mayor preocupación y todas las preguntas que se podían hacer sobre mi trabajo. Cuando hago las obras me libero y me desprejuicio un montón. Está hecha, y lo hecho, hecho está. Queda el mensaje y a veces las personas me dicen cosas de mi propia obra que no sabía, me hacen verla de otra manera. Así, vidas hay, mensajes hay. Me gustaría que ocuparan algún lugar en un museo importante, que quedaran; que no hubiera prejuicios hacia los artistas outsiders, aunque noto que ya la gente nos va aceptando tal y como somos, y les gusta ver cómo elaboramos nuestras obras con total libertad y a la vieja usanza. 


Látigo: ¿Y tu mayor ilusión? 

LHC: Mi mayor ilusión es ver una Cuba donde quepan también cubanos como yo, sin que nadie me caiga a palos por decir que no me interesan los símbolos patrios, ni donde metan presos a los que sí les interesen, y lo usen de una manera u otra en sus obras; donde haya respeto a todos los que seamos y pensemos diferentes. 

Sueño con que Cuba sea próspera y que los cubanos se sientan libres y felices, respetados y admirados por el mundo entero; encontrarme una Cuba como un lugar digno para el ciudadano de a pie. Que haya paz, armonía y siempre alegría y música. 

¡Sueño con volver un día a Cuba sin que nadie nos cuestione nada a los artistas! Y exponer allí, en la calle, ¡como si fuera un gran museo libre para el arte!


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Libertad de impresión, performance, Menorca, 2021. © Lázaro H. Cano






En la diana, performance, Menorca, 2021. © Lázaro H. Cano




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Yaysis Ojeda Becerra

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