‘Apologetic art’ de Arturo Larrea Cárdenas

Once kilómetros de terraplén separan al caserío de Jiquiabo del poblado de Manacas, con tramos cubiertos por altas murallas de marabú. Lugar de escaso tránsito y sin otras edificaciones que viejas casas de madera; de solitarios parajes donde apenas se escuchan los ruidos del campo. Medio hostil para los propios campesinos que viven allí, pero no para Arturo Larrea Cárdenas (1980), quien necesita de la quietud de las mañanas para exteriorizar sus emociones.

De adolescente se sentía atraído por las artes visuales y, luego de intentar cursar estudios medios, decide aprender de manera autodidacta. De ahí que empezara a estudiar la anatomía del cuerpo humano, a copiar de libros los movimientos musculares y las expresiones faciales; pasaba horas en la biblioteca, leyendo sobre historia del arte. Pero empezaron repentinamente los primeros síntomas de la enfermedad: escuchaba voces y pasaba por cuadros depresivos, se molestaba con facilidad y tenía reacciones violentas que descargaba sobre objetos y familiares cercanos. Su madre determina llevarlo a un psiquiatra y le diagnostican esquizofrenia paranoide como causa de sus alucinaciones, seudoalucinaciones, ideas delirantes, estados psicóticos con ausencia de la crítica sobre su padecimiento, además de la pérdida del sentido de la realidad. 

Por esto fue sometido a ingresos que incluían dolorosos electrochoques. Entre la enfermedad y las reacciones adversas de los medicamentos no podía sostener el lápiz para dibujar ni mantener ideas coherentes. Fue entonces cuando lo conocí en el Hospital Psiquiátrico de Santa Clara. Buscaba pacientes con inclinaciones hacia las artes plásticas para empezar un taller de investigación a través de la Arteterapia y en sus dibujos encontré todo un potencial creativo.

Tu enfermedad…

De mi enfermedad los médicos no me dieron razones. Me dieron apoyo y me confirmaron que muchas de las cosas que decía eran ciertas. Mi enfermedad fue también por un choque con lo externo, entre las personas que me rodeaban y mi personalidad. Había cosas que me preguntaba, y nadie me las explicaba porque sencillamente no sabían que me las estaba preguntando. No era natural que me hiciera aquellas preguntas.




¿Cuáles?

Por ejemplo, ¿por qué existe la pobreza? Otra pregunta que me hice cuando empecé a enfermarme de verdad, cuando hice las primeras esculturas, fue por qué rayos ahora que hago esculturas se interesan tanto por mí. Las esculturas fueron las únicas que me dieron dinero; eran comerciales y no reflejé nunca mis sentidos en ellas. No llevaban las verdaderas razones de un artista. Sin embargo, la pintura… Luego, los síntomas empezaron con la adolescencia y empecé a preguntarme sobre el sexo, la masculinidad, lo que estaba bien o mal hecho, me cuestionaba si era machista. Tenía muchas dudas.

¿Te percataste que algo en ti no concordaba con los demás?

No, no me di cuenta. Empecé con un hastío de todo: dormía muchas horas, me levantaba y me acostaba de nuevo, no disfrutaba nada, las conversaciones me aburrían o por el contrario conversaba demasiado. Entonces mi mamá me aconsejó ir a un psicólogo. Decirme a mí que fuera a un psicólogo fue difícil de aceptar porque en aquel tiempo no había cultura sobre el tema. El psicólogo solo supo decirme que yo era muy inteligente. No detectó las fisuras en los sustratos de mi personalidad que estaban empezando y no encontré las respuestas que necesitaba. El psiquiatra tiene que darte palos en el momento que los llevas y después pasarte la mano. No hay forma de curarte sino es con dolor. Vas acumulando dolor a todo lo largo de la vida y no puedes llegar en cuestión de una semana o un mes a quitarte todo ese dolor acumulado. Leí una vez que un enfermo se va criando dentro de una especie de col y esas capas te van metiendo dentro y no te dejan salir; el psicólogo o el psiquiatra tiene que ir quitando una capa a la fuerza y la otra suavemente, ¡pero hay que quitártelas! 

Yo tenía problemas relacionales: había que explicarme cómo funcionaba mi entorno para poder moverme dentro de todos esos círculos tan complejos. Una persona con un cerebro complejo tiene que saber cómo moverse en una realidad que le es doblemente compleja.




¿Necesitabas una especie de mapa, una guía para cada situación?

Sí, por ejemplo: eres una muchacha inteligente de la cultura, ¿sabes cuántos guajiros hay allí?, ¿crees que podía hablar con ellos como cuando hablo contigo? Pero es que me he dado cuenta de que hasta con los guajiros puedes disfrutar. Tienes que aprender a vivir en los altos, medios y bajos niveles. La vida es una escuela muy grande en la que se entra y no se sale nunca, hasta el último respiro estás aprendiendo. El que crea que lo sabe todo está perdido.

¿Cómo fue que te diagnosticaron la enfermedad?

Recuerdo que mi madre me llevó a un psiquiatra en Corralillo y él le dijo que yo estaba enfermo. Recuerdo también que hubo una primera manifestación que fue desesperante, hasta me llevaron a la policía. De tanto tiempo en la ostra, el marisco se echó a perder. Ya era de ingreso y no había remedio.

¿En público tuviste alguna manifestación?

Sí. El paciente se va culpando, te hablo como paciente porque quizás termine mi vida como paciente; y esa culpa lo lleva a hacer lo mismo otra vez. Tuve impulsos de atacar a las personas. Los agredes, les caes a golpes, ellos te caen a ti, vienen, te agarran, te amarran y tú te arrepientes. Al otro día te sientes mal y empiezas a culparte por todo lo ocurrido, y de tanto culparte, vuelves a hacer lo mismo, vuelves a agredir. Los enfermos psiquiátricos vivimos en un círculo vicioso. Recuerdo que los trescientos sesenta y cinco días del año tenía que plantearme una estrategia distinta para poder pasar el día sin agredir a alguien. Era duro, recuerdo haber estado cuatro o cinco horas evadiendo mediante diálogos las ganas de agredir a una persona: creaba diálogos conmigo mismo. 




Empecé a hacerle caso al psiquiatra porque era el único que me podía ayudar. Él me decía: “Cuando te venga una mala idea de acabar con esa persona, de irle encima, de darle golpes, cambia la mirada”. Así lo hacía, cambiaba la cara, pero miraba al otro lado y había otra persona, y volvía a cambiar la cara y había otra más. ¡A buscar una nueva estrategia! 

¿También escuchabas voces, Arturo?

Sí. Para las voces la estrategia era otra. Todas eran estrategias de combate. Había que luchar espiritualmente y confiar en todo lo que existe y controla, y buscar lo que realmente a mí me controlaba. Yo oía, por ejemplo: “Soy una losa”. Y el psiquiatra me decía: “Cuando tú eres una losa, ¿a qué le tienes miedo? A que te pasen por encima. Ah, es que no te gusta que te pisoteen”. Sentía que la gente me pisoteaba. Las voces que escuchaba emergían de mis miedos.

¿Cómo te sentiste al saber que padecías de esquizofrenia?

Con ganas de morirme. Tuve varios intentos de suicidio e intenté sacarme un ojo. Tenía miedo a no ver la vida. El miedo controla al enfermo y al ser humano. El miedo no te deja vivir y eres tú mismo el que te estás matando. El principal enemigo del hombre en el aspecto espiritual es el miedo. Cuando tienes miedo a hacer algo que está mal, vas a sentir deseos de hacerlo. ¡El enfermo está controlado por el miedo! Esos diez primeros años de ingresos fueron congelados, pero veo la enfermedad como un vector con flechas dobles: me frenó la vida y en cambio me enseñó cosas que no hubiera aprendido de otra manera, me ayudó a vencer muchos miedos.




Después de varios tratamientos, Arturo empezó a participar en salones y exposiciones: en la Casa de Cultura de Santo Domingo y en la de Manacas hizo sus primeras incursiones, hasta lograr insertarse en el circuito de galerías municipales, con muestras personales en Ranchuelo[1] —luego de ser premiado en el salón Nuevo Espacio (2009)— y en la galería de Sagua la Grande (2010), tras haber participado también en el salón Wifredo Lam (2009), junto a creadores profesionales. Una de sus muestras personales más significativas fue Cuando la luz de la aurora (2008) en el Museo Provincial de Historia, de Villa Clara, al cual dona varias de sus obras. Integró el proyecto Entre Cipreses y Girasoles,[2] en el Hospital Psiquiátrico de Santa Clara, donde participó activamente en sus talleres.

Con un tono autorreferencial, Larrea expresaba sus preocupaciones y anhelos en escenas cargadas de simbolismo[3] que versaban sobre la amistad y el amor desde diversas facetas, en imágenes que podían incluir naturalezas muertas y paisajes de Jiquiabo. Se hacían evidentes durante el proceso de ejecución, la espontaneidad del trazo suelto y la delineación de leves siluetas que luego envolvía en aguadas de tonos sucios, con la intención de ocultar lo descifrable. Había una constante dualidad y movimiento entre esas figuras que aparecían y se disolvían en zonas abstractas que terminaban por prevalecer, dualidad continua que contribuía a la integración y coherencia visual de las obras. 

Transitó por dos etapas en su pintura: una primera que el propio Arturo denominó “Foco rosa”, por la notable insistencia en este color y el predominio del negro en las composiciones, para acentuar atmósferas que iban desde el retrato, bustos desnudos o grupos en escenas eróticas donde pretendía mostrar la belleza del cuerpo femenino y del acto sexual. 

En la segunda, el artista enfatiza el tema de la religión cristiana. En lo que llama su “fe redentora”, encuentra fuerzas para afrontar su enfermedad, autocontrolarse y volver con mayor constancia a la pintura. En la apologética descubre el motivo para exponer las pruebas y fundamentos de la verdad cristiana desde el arte, de ahí que empezara a clasificar sus pinturas como Apologetic art: teología que defiende la fe cristiana a través del arte.

Durante este período se aprecian notables cambios en cuanto al soporte —todo en lienzo—, el formato y las técnicas. Arturo opta por trabajar con óleo y acrílico sobre telas de gran formato y aplica el color con mayor osadía, sin abandonar el acostumbrado uso del negro. Emplea los empastes[4] y gruesas pinceladas para resaltar detalles de imágenes y áreas abstractas que evidencian el drama existencial del autor. Incorpora, además, frases bíblicas que refuerzan el sentido religioso en las piezas.




Hablemos de esa etapa de la pintura en tu vida y de lo que significó.

¡Subliminal! ¡Ponía las artes plásticas por encima de todo! Las artes plásticas y todo el mundo atrás. ¡Era bonito! ¡Era como en la adolescencia que crees que el amor lo puede todo!

Durante mi primer ingreso no pude pintar ni dibujar. Hacía pequeños garabatos que el doctor Eduardo los veía y me decía: “No sé lo que es esto”. Tampoco yo sabía lo que era, pero tenía muchas ganas de hacerlos. Además, allí adentro no había condiciones, aunque hubiera querido no hubiera podido. Luego vino una etapa de apenas crisis y pude pintar. Le llevé los cuadros al chino Ley[5] y me dijo: “¡Pero si te puedo hacer una exposición!”. Fue una etapa maravillosa que le agradezco porque me la pasaba pintando todo el día. Era disciplinado, dormía bien por las noches; mientras trabajaba por el día, mi mamá estaba en la cocina y yo, con saber que ella estaba cerca, me sentía tranquilo. 

Fue una etapa que me aportó tranquilidad. Pero no cura el simple hecho del arte, sino también vivir de él. En esos momentos tenía la tranquilidad; pero no tenía la solvencia económica para seguir con aquello. Lleva mucho esfuerzo y el doctor me recomendó buscar un camino más viable para mi salud. Las artes plásticas llevan constancia, seriedad. Cuando salí por primera vez del Psiquiátrico, que empecé a pintar, encontré sosiego, pero no se vive del espíritu nada más y llegó un momento en que era independiente espiritualmente, pero dependía de mis padres. Tuve que empezar a trabajar la mente, a quitarme la pintura de mis pensamientos: todos los cuadros que venían a la mente los borraba y, como era carpintero, fui metiendo muebles. Sacaba un cuadro y metía un mueble. No quería ser una carga.

La amistad, por la gran falta de amigos que tenía, y la mujer, son algunos de mis temas recurrentes. Siempre pintaba la misma mujer, con la misma fisonomía, parecida a mi mamá. Es un rasgo del enfermo: se le llama complejo de Edipo, aunque en mí no era tan marcado. De tanto estar con mi mamá, la única mujer que vas conociendo y en la que confías, termina siendo la que vas copiando en tu mente. Cuando iba a pintar veía sus rasgos. Eran mujeres lindas, para mí distintas unas de otras, no tenían nada que ver con mi mamá, pero en realidad tenían su fisonomía. Al final, las relaciones influyen en las formas de expresión del artista: ¿quién eres?, ¿qué has pensado?, ¿dónde has estado?, ¿te han maltratado o no?, ¿por qué pintar amigos? 




Algo que quiero transmitirles a los enfermos o a quienes estén saliendo de un trastorno es que todo es circunstancial, sobre todo la amistad y las relaciones con el medio, de ahí es de donde viene tu responsabilidad por manifestarte. La gente empieza a rodearte, a darte confianza, a apreciar tus valores morales y éticos. ¿Por qué vas a temer perderlos? ¡No deben tener miedo!

Coméntame de esa mezcla del rosa con el negro.

El color negro en mis pinturas siempre ha estado. El negro es difícil de evitar; es como evitar la verdad y el lado malo de la vida. Por mucho que quieras, no vas a evitar el dolor. La vida tiene rosas, pero tiene oscuridad también. Los mezclo porque me gustan los contrastes fuertes y como no pasé escuela, lo hago de manera intuitiva. Usaba el negro directo con una gama de rosas, amarillos y azules. Con el negro punteaba, era la nota discordante; todos los otros colores armonizaban, pero el negro no. Recuerdo que una vez la directora de la galería Wifredo Lam de Sagua me dijo: “¿Y por qué esos contrastes con el negro?”. Y yo, un poco morboso: “Porque mi vida ha sido negra”. 

¿Y las metáforas, los símbolos que utilizas?

Estaban dentro de mí, a veces tan divergentes. Me ayudaban a reflejar los estados de ánimo que había vivido. Todas esas metáforas, esos símbolos, esas lecciones que venían a mí, no había otra forma de utilizarlas que no fuera desde lo abstracto y sentía que era el modo de transmitirlas a otras personas. Era como un caldo que solo pasa a cucharadas, porque no se puede tomar de un solo sorbo, sino a golpe de pincel e ideas. Quería que pensaran en ellas tanto como pensé yo cuando las hice.




Hablemos del espacio de la religión en tu vida y de cómo ha influido en tus piezas.

La religión en mí empezó desde los 21 años, cuando leí la Biblia por primera vez. Antes enfrentaba a quienes me hablaban de ella. Pero no me quedó otro remedio que creer. Necesitaba una vía de escape y por ahí empecé. ¡Era interés! Necesitaba ponerme bien de cualquier manera. Pero el simple hecho de que quieras tener fe no te hace tenerla. La fe es real, potente, como una espada hiriente que te atraviesa, que te hace pensar que realmente estás haciendo las cosas mal. Te corta; pero por la otra parte de la herida, te está entrando la medicina. Ahora siento a Dios dentro de mí, estoy en diálogo con él en todo momento. Cristo dice que morir es nacer de nuevo, ¡pero se puede morir estando vivo y se puede nacer de nuevo! Yo nací de nuevo con la religión cristiana.

¿De ahí tu autorrepresentación en la imagen de Jesús?

Es Cristo y soy yo. El ser humano no entiende que en Cristo están todas las virtudes del mundo. Cristo es bueno, tiene santidad. Lo siento y creo que es real, que está dentro de nosotros. 

Con frecuencia pintas hombres avejentados de largas barbas que portan consigo una cruz o se acompañan de palomas blancas. La imagen pudiera parecer la de Cristo; en cambio, es la manera en que te representas luego de tus angustiosos períodos de crisis, donde se convierte en un cansado anciano que lleva encima toda la carga del universo.

Me veía como un anciano y me sentía como un niño. Los ancianos son los que se identifican con la sabiduría, con el saber. También algo que marcó la ancianidad en mis cuadros fue haber estado dentro de una iglesia protestante con tantos ancianos y casi ningún joven. Cuando se llega a la edad adulta se va pensando en lo básico, en lo real, en lo estable. En cosas grandes que a veces parecen sencillas, como salir de un hospital. Algo para la que se necesita sabiduría. Estando entre aquellos ancianos encontré compañerismo, apoyo; sin embargo, los veía llenos de problemas. Incluso, hay un poema que se repite en nuestra congregación, donde una anciana empieza a enumerar todos sus problemas de salud y termina diciendo: “Y aunque me duela el corazón, me siento como un cañón”. Esa alegría la da Cristo, por eso no tengo otro remedio que hablar de él; si no, no pudiera hablar de mí.




En otras telas vuelves a representarte mediante dos sujetos que comparten la misma composición; siendo esta la representación de tu yo desdoblado en dos personajes: tú y tu sombra, inmersos en ambientes caóticos, pero siempre acompañados por los símbolos cristianos de la cruz y la paloma. Esta última realizada con empastes que se destacan por la blancura y los toques de azul. Las palomas resultan un elemento fundamental en la composición, al ser —la mayoría de las veces— el único centro de luz; permanecen con las alas extendidas en llamativas posiciones de vuelo o escape, son la divinidad misma, la paz anhelada por ti, tu esperanza en mejores días.

Esos cuadros eran puramente evangélicos, quítale Cristo y se quedan en nada. Ahí afloraban las primeras ideas que empecé a madurar vectorialmente. En una había un guajiro que le arrancaba las hojas a la Biblia como diciendo: “esto es mentira”. Y al otro lado estaba el niño, que en la Biblia es símbolo de sabiduría. En la página yacía despojado el viejo hombre, lo que en mi contexto bíblico y de enfermo indica: “despójate de todos los miedos, de esas culpas, despójate de todo lo que pueda entorpecer tu bienestar, porque solo tú eres responsable de ti mismo”. 


Para Arturo resultaban esenciales las reacciones que experimentaba el espectador con su obra, sobre todo porque le interesaba trasmitir su contradictorio mundo interior y cómo este interactúa con su entorno. Logró definir una línea coherente en sus pinturas gracias al tratamiento cuidadoso de las imágenes y la insistencia en el uso de oscuros tonos en su paleta, que cedían ante la fuerza mística del negro. 

Esta evidente ausencia de colores brillantes y atmósferas alegres era una de las causas que propiciaban la incomprensión de sus obras. Ante ellas, el espectador permanecía desconcertado al no tener acceso a una descodificación íntegra, condicionada en ocasiones, por el uso de simbologías provenientes de su arsenal íntimo.

Con total naturalidad, trabajaba sobre la mancha de color mientras esta se convertía en forma y protagonista de su instinto. Se esforzaba por mejorar técnicamente. Era detallista e inconforme, por su obsesiva manera de exigirse. Resultaba curioso cómo, en algunas obras, aprovechaba la capa de polvo que con el pasar de los días se acumulaba sobre las pinturas, otorgándole un especial significado.




¿Hacías bocetos o veías la imagen y la anotabas?

Hablando pictóricamente, yo miraba hacia aquel árbol y en las hojas veía un cuadro. Era como un flash. De ahí la necesidad de escribirlo: “fondo azul, con algunas iluminaciones blancas, pintar de azul, dar iluminaciones blancas en las esquinas, sector uno, dos, tres, cuatro…; después dar una mano de pintura roja en lugares donde no haya pasado pintura blanca, oscurecer con negro para dar la sensación de profundidad, y poner iluminaciones amarrillas”. Era muy claro todo y, para que no se me fuera de la mente, lo iba escribiendo. Donde mismo lo anotaba hacía un cuadradito y un garabato que me daba la idea general. ¡Ah!, ¡y los números!

¿Los números por qué?

Eran las zonas donde iban a ir los colores. Cada número era una correlación de colores y sombras, o dejaba espacios en blanco, algo que aprovechaba. Dejar espacios en blanco te ayuda casi o más que a pintar. No quiere decir que hacía exactamente lo que escribía, era la idea básica.


En su incesante búsqueda emocional, Larrea sintió inclinaciones hacia la literatura, escribió poemas e intentó hacer una novela autobiográfica, que destruyó antes de terminar. Como también destruyó, en pleno proceso de finalización, una pretenciosa serie de gran formato, junto a sus apuntes, plegables y libros. 




¿Qué sucedió con aquella serie de gran formato que trabajabas, cuando te visité en Jiquiabo?

La frustración de no vender. Temí volver al momento desesperante del inicio de mi enfermedad, que no me reconocía. Fue la pintura la me sacó de aquel bache. Estaba haciendo mi obra mayor, monumental y ni siquiera la podía vender. Sentía que iba a volver al principio en que no podía expresarme. Empecé a aguantarme ¡y no podía expresarme!, hasta que no pude más y quemé mis cuadros. Me dije: “¡No, yo acabo la pintura, la pintura no va a acabar conmigo!”. 

Nunca me había sentido mal pintando. Desgraciadamente, en esta vida no solo hay que tener talento, hay que tener relaciones y cierta economía. El óleo es caro, el lienzo también. Quería trabajar en serio y no podía permitírmelo. Entonces empezó de nuevo la guerra: tenía todo para pintar, pero mis padres no tenían nada. Había invertido mucho dinero sin resultados, y yo soy una persona bastante considerada. Mis padres la estaban pasando mal por comprarme materiales. Era muy contradictorio. Era dinero que mi familia se quitaba de la boca para dármelo a mí. 




¿Cómo te sentiste después de destruir tus obras?

No sé ni cómo me sentí, fueron una cantidad de sentimientos encontrados. Los mejores cuadros de mi vida los quemé. Cuando me dio ese pronto, los lienzos buenos eran los que estaban por delante. La pintura me enseñó a ser consciente de mi diferencia y que mi talento era real. No tengo que demostrarlo a nadie, porque me lo probaron mis cuadros.


Galería



* Versión para “Art Brut Space”. Original publicado en El Aullido Infinito (Editorial La Memoria, La Habana, 2015).




Notas:
[1] Exposición Luz que destella en imágenes (Galería de Ranchuelo, Villa Clara, febrero de 2010).
[2] Este proyecto se realizó de 2008 a 2012 en el Hospital Psiquiátrico Provincial Docente Doctor Luis San Juan Pérez, e intentaba vincular la manifestación plástica a la propia cotidianidad del recinto hospitalario, ampliando el espectro de ejercicios de una Arteterapia tradicional con varias acciones plásticas que perseguían  incentivar el interés alrededor de las artes plásticas y contribuir a la formación del gusto estético y el mejoramiento de la calidad de vida de pacientes y doctores; valorar la capacidad creativa en una muestra determinada de pacientes esquizofrénicos y analizar expresiones plásticas significativas con el fin de apoyar su posterior desarrollo. 
[3] Es el caso de Destruyendo mi espera (2008), mixta sobre cartulina, 46,5 x 35 cm.
[4] Las espátulas que utiliza fueron elaboradas por él mismo, usando el plástico de una caja que cortaba a la medida deseada y moldeaba al vapor de una olla de presión.
[5] José Ramón Ley Hernández (1945), instructor de Artes Plásticas de la Casa de Cultura de Santo Domingo, Villa Clara.





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