Ana Albertina Delgado: restaurar el aura perdida de la imagen

Figura mayor de la mítica generación de artistas cubanos de los años ochenta, Ana Albertina Delgado siempre ha conciliado la herencia de antiguos y modernos, resistido a las polémicas y a los efectos de la moda para llevar a cabo, con toda independencia, su obra pictórica. Siempre ha sido una acérrima defensora de la voz inmemorial de la gran pintura, en un tiempo en que no dejan de pronosticar su obsolescencia o incluso su muerte. 

Hoy, cuando las últimas generaciones de artistas cubanos están rehabilitando esta práctica artística hasta hacernos olvidar sus epitafios mortuorios, muchos reconocen en su obra la influencia de pintores como Ana Albertina. 

Cuando el mundo está saturado de imágenes inútiles, reproducciones superficiales, iconos indigentes, Ana Albertina Delgado sigue actuando como el demiurgo de un mundo de resistencia, restaurando el aura perdida de la imagen visual. 

La década del ochenta trajo, en particular en Cuba, la emergencia de una nueva sensibilidad: una generación posmoderna caracterizada por la vuelta del subjetivismo, de cierta forma de expresionismo o neoexpresionismo, de un eclecticismo liberador respecto a las normas estrictas del formalismo y a las pautas estéticas y morales, rigurosas e inflexibles, establecidas por el régimen castrista

El cuerpo, la sexualidad, la sensualidad, lo orgánico, lo íntimo, lo sucio, lo vulgar, lo prosaico, empezaron a ser plasmados en las obras de los artistas de esta generación, en especial en las de Ana Albertina y el grupo Puré, del que fue una figura predominante. 

Liberada de las coacciones de la moda, del éxito, del mercado, Ana Albertina siempre ha podido trabajar para sí misma, por necesidad interna, sin concesiones, y entregarse por completo a la seducción de la ambigüedad de su pintura, este pensamiento visual. 

La necesidad de transformar la inquietud y la duda en potencias generativas, de plasmar lo secreto y enigmático constituye la única vía de esta artista, quien asume, no sin riesgos, su propia esencia en la subjetividad.      

La obra de Ana Albertina posee un poder de seducción muy singular por su ambigüedad, su complejidad, su virtuosismo, su rebeldía, su independencia, su iconoclasia. Es una obra que puede ser vista como una regresión freudiana, temática (sus temas proceden del interior de la psique individual), temporal (se refiere a una etapa anterior a la evolución psíquica), formal (sus formas y figuras son arquetipos primitivos). 

El imaginario de esta artista se apoya en una formación intelectual plural, literaria, histórica, filosófica, teológica, y en una reserva de imágenes y colores que atraviesan el tiempo y las categorías culturales, procedentes tanto de la pintura mural de la Antigüedad y del Renacimiento, como de la gran pintura clásica y académica, y las combina como las letras de un abecedario para hacer de ellas un territorio psicológico. 

En medio de una escena artística dominada y controlada por los hombres con un discurso dominante que no deja de producir modelos como modas (expresionismo, abstraccionismo, conceptualismo, informalismo, minimalismo, neofigurativismo…), Ana Albertina Delgado, discretamente, secretamente, soterradamente, elabora obras nuevas, luminosas (es una colorista inconfundible, el color constituye para ella, como para Matisse, un espacio especulativo, un mundo propio que responde dialécticamente al mundo real), polimorfas, provocadoras, sexuales, que se atreven a afrontar la figura humana o animal, los cuerpos, enteros o fragmentados, que se yerguen o se acuestan, reclaman la existencia habitando una forma, un color, irrisorios, frágiles y sublimes. 

Ahonda incansablemente en todo cuanto hace que el ser sea individualizado y exprese a la vez su universalidad, por su identidad sexual, su vivencia particular, la intensidad de sus emociones, las sensaciones internas de su cuerpo, su relación diaria con los otros, etc. Su búsqueda es a la vez mental y sensual, su visión traduce la esencial heterogeneidad del ser, su dualidad, su otredad y lo polimorfo de cada cosa para crear retahílas de alegorías visuales. 

La pintura de Ana Albertina Delgado constituye una forma de exorcismo, sabe que el origen de la creación en el hombre es la necesidad de redimir su existencia. Su credo estético es el de Louise Bourgeois: “el arte es garantía de salud mental”. 

Su poder de exorcismo le confiere virtudes terapéuticas, ya que el arte, para Ana Albertina, revela y cura un trauma, es una herida hecha luz, luz derramada sobre las cosas, claridad dentro de la vida. Para ella, un cuadro o un dibujo son simulacros. No son simples objetos que se cuelgan en una pared para adornar, son instrumentos de guerra, el lugar de una operación exorcizante; según sus propias reglas, simulan fantasmas obsesivos por invisibles e incomunicables. 

Mirar el trabajo de Ana Albertina, es hallarse en una zona fronteriza donde a menudo se difuminan las zonas liminales entre lo interior y lo exterior, la parte y el todo, la vigilia y el sueño, el hombre y el animal, el yo y el ello. Es un territorio de asociaciones fluctuantes y de metamorfosis visuales que nos hacen pasar de lo infinitamente pequeño a lo cósmico, de lo abyecto a lo sagrado. El dibujo, en particular, por su carácter impulsivo y espontáneo, es el medio de acceso más directo a las imágenes originales, a los lugares enterrados de la memoria y del inconsciente. 

Su obra explora el territorio corporal vulnerable, el inconsciente, los sueños. Sabe que somos más libres en el espacio onírico que en el estado consciente, dado que las obligaciones de la lógica dejan de aplicarse. Crear una obra es una forma de sueño consciente, el arte se nutre de la ausencia de fronteras, de las rupturas, de la fusión de las identidades, de las disyunciones entre el espacio y el tiempo, de las intensas emociones de nuestra vida inconsciente. Sus obras revelan las extrañas anatomías del universo onírico, sus dislocaciones y sus misteriosas fantasías. 

Las figuras de Ana Albertina reinventan los relatos míticos, cuestionan sin cesar la representación física de la mujer en particular, pero sin intención ideológica o paródica, plasman muchas veces los lazos umbilicales, el carácter germinativo, bulbar de las plantas proliferantes.  

En una carta dirigida a Picasso, Matisse escribió: “Algo debe venir después del terror y la pérdida, y este algo se llama la melancolía”. Ese algo llamado melancolía es el instrumento figural que a su vez Ana Albertina Delgado ha escogido para reconstruir un espacio propio a la pintura. Lo que nos propone es una melancolía activa, radiante, antes que una suave y negra elegía. 

La melancolía de Ana Albertina es el operador de una conciencia lúcida, una de las últimas experiencias místicas posibles, ya que sabe, como Diderot, que la melancolía constituye “el sentimiento habitual de nuestra imperfección”. 

Alegre y profunda, la melancolía en las pinturas de Ana Albertina Delgado aparece como el vector de un cuestionamiento existencial saludable del mundo y del hombre, constituye una fuerza de resistencia frente a un universo donde lo virtual se impone a lo real y donde la luz ya no es tiempo que se piensa. 




Galería





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